Atrás Hay Truenos se presentó en La Tangente y si bien nos dejó varias postales, ésta es nuestra preferida.
✎ Pablo Díaz Marenghi
Lo primero que me impactó del track 1 de Coire, el nuevo disco de los Truenos, no fue el inicio con acordes sutiles y leves vibratos. No fue el repiqueteo de la batería ni la voz melodiosa de Roberto Aleandri la cual conozco hace ya tiempo. Fue la lírica. “Voy a ponerme a trabajar en el amor, como un obrero de la construcción (…) porque amar y trabajar es lo mismo, me despierto en la fábrica el domingo”, canta en Empleado. Me interesó este paralelismo entre el trabajo y el amor. Porque me interesa el amor en particular y, por fortuna, soy uno de tantos enamorados que sobreviven a este mundo doliente.
El amor, y no estoy descubriendo nada, puede confundirse muchas veces con un flechazo, una chispa, un estallido. Un choque de cometas. Sin embargo se parece más a la paciencia con la cual un jardinero riega su jardín, cuida de que haya una importante cantidad de aromáticas que espanten las plagas, respeta las plantas hospederas y registra los diferentes tipos de mariposas que las rodean y se fija que sus cultivos poseen cantidades equilibradas de perlita, abono y tierra fértil para no morir en el invierno.
Es decir, el amor es constancia, temple, orfebrería. Es, también, fuego que te quema pero te gusta. ¿Es igual al trabajo de un obrero, alienado, con su capacidad creativa liquidada ante el robo de su plusvalor por parte de su patrón? ¿Amar y trabajar es lo mismo en esos términos? La metáfora me quedó resonando mientras caminaba rumbo a la Tangente y seguía escuchándola en mis auriculares. Pienso que, además, amar también puede ser un trueno.
Suelo renegar de los análisis musicales que ponderan sólo la letra como si se tratase de un mero análisis de discurso y no mucho más. Siento que descuidan lo estrictamente musical en sí, lo instrumental, lo técnico. Habla de cierta pereza intelectual por parte de un sector de la crítica. Sin embargo, sentí que acá había algo desde un primer momento. Los nueve años de silencio entre este disco y su antecesor más el sacudón que me provocó el resto de estas ocho nuevas canciones me impulsaron a La Tangente a escucharlas en vivo. Si bien no era la presentación oficial, se trataba de algo parecido. Allí estarían acompañados por la interesante banda brasileña Atalhos, una suerte de cruce entre Jesus and Mary Chain y Sonic Youth con letras en portugués.
Con un bajo alla Simon Gallup, los cuatro integrantes de Atalhos tiñeron de oscuridad bajo una pátina de tropicalismo una noche peculiarmente gélida para tratarse del mes en donde la primavera aterriza. Tocaron gran parte del repertorio de su último disco que lanzaron este año, A Força das Coisas. Mientras el público cabeceaba como hipnotizado y movía el piecito acompañando la guitarra distorsionada, el bajo frenético y la batería que marcaba un patrón rítmico bien motorik, de nuevo me atacó la reflexión discursiva. Pienso que La fuerza de las cosas (1964) es el nombre de un texto de Simone de Beauvoir, tercera parte de su tetralogía de memorias que comenzó con su ya célebre Memorias de una joven formal (1958). También pienso: ¿Cómo sonaría Joy Division cantando en portugués? Tal vez algo como esto. Seguramente ya lo había hecho una inteligencia artificial.
El cantante de Atalhos agradeció varias veces al público presente mientras comentaba que ha vivido tres años en Argentina y que ama este país. Al mismo tiempo, a poco más de seis kilómetros, Lionel Andrés Messi, en su último partido por Eliminatorias en la Selección Argentina, metía el tercer gol que coronaba una goleada contra Venezuela, el segundo de su cuenta personal, y hacía estallar a un país que ya lo comenzaba a extrañar.
Cerca de las 23, Roberto Aleandri, Ignacio Mases, Diego Martínez y Héctor Zúñiga aparecieron al escenario y empezaron a tocar un track tras otro, casi sin interrupciones, envueltos en un juego de luces azul eléctrico que conformaba una suerte de bruma. Mientras Roberto, guitarra y voz líder, hacía el gesto típico de ametralladora patentado por Skay Beilinson en los Redondos, nos sumergíamos en ese mantra “Se va, lo dejo ir”, que cantan en “Frutas Secas”, tema de Encanto (2013) , su segundo disco. Nos invadió la psicodelia, texturas electrónicas que complejizan la armonía y el ritmo propuesto en cada tema. Eran sonoridades que se empapan de shoegaze e indie noise bien expansivo.
Así contaba Roberto Aleandri, en un fragmento de entrevista citada en mi libro Códex, Música Contemporánea (Maten al mensajero, 2016), los comienzos de la banda. Un poco ahí ya se resumía todo lo que vendría después: “Nos conocemos desde muy chicos. Recuerdo un verano que nos fuimos de mochileros en 2005 y nos habíamos llevado un walkman con un solo casette. De un lado tenía el Surfer Rosa de Pixies y del otro Fun House, de los Stooges. Durante el viaje le dimos masa y flasheamos que al regreso íbamos a juntarnos a ensayar y tocar y tocar y ver que podía ocurrir de eso. Volvimos y le enchufamos un teclado de juguete a un amigo que jamás había tocado nada y empezamos a ensayar en nuestras habitaciones. De ahí en adelante fueron muchos meses de probar, fumar y tocar. Momentos musicales increíbles y definitivos. Al año salimos a tocar y eso terminó de formar el grupo”. Con aire fresco y patagónico, se ensamblaron al gris de la ciudad diseñando una nueva paleta de colores con su propio encanto.
Mientras el show estallaba en aplausos, bises y brindis de los músicos al público pensaba en aquellas diferencias rítmicas, vertiginosas. Como muchas veces la presión de la época nos confunde, nos sacude y creemos que debemos producir novedades per sé. ¿El tiempo de la época colisiona con el tiempo del arte? Al comienzo de su carrera lanzaron tres discos en cuatro años. Luego vino una extensa pausa. ¿Qué pasó en el medio? Lo que queda claro es que los oriundos de Neuquén no corren una carrera. Se toman su tiempo para que el fruto de la canción madure. Y nunca dejaron de trabajar. Al igual que ocurre con el amor.