Mi Amigo Invencible celebró los 10 años de “La Danza de los Principiantes” con una noche especial en Deseo.
✎ Pablo Díaz Marenghi
Comienzo por una breve digresión personal. En 2014, con amigos, hicimos un digno y humilde programa de televisión. Se llamaba Hoy es el futuro, en homenaje al disco de La Polla Records. Gonzalo Penas —alma mater, compañero de aventuras, amigo entrañable— Jésica Giacobbe y Esteban Vij completaron el equipo. Nuestra misión: hacer las veces del radar de novedades de Spotify en tiempos de Bandcamp. Eran épocas donde la palabra indie estaba por todas partes. Los Festipulenta copaban el Zaguán Sur. Radio Nacional Rock aún era atrevida y emergente. La palabra indie estaba por todas partes y nos debatimos si se refería más bien a un modus operandi, una escena, un sonido o una simple etiqueta más entre tantas otras.
Lo cierto es que Mi Amigo Invencible (MAI) era por aquellos años una de nuestras bandas favoritas. Vinieron al programa, tocaron en vivo y los entrevistamos. Me sentía una suerte de Jimy Fallon del conurbano o, mejor dicho, para ganar cercanía y rock, Tom Lupo (me encantaría pero no le llego ni a la sombra).
Un año después lanzaron La danza de los principiantes (2015), disco que el pasado fin de semana tuvo su celebración durante dos noches en Deseo, Villa Ortúzar. Haciendo memoria y archivo digital, veo que había cubierto el show de presentación por aquellos años para la revista digital ArteZeta. En 2016 publicaba Códex, Música contemporánea, mi primer y hasta ahora único libro que recorre las bandas e influencias de dicha escena emergente a través de perfiles. Incluí uno de MAI. Allí escribía: “ellos se mantienen frescos y cambiantes, polimorfos y activos. Como un cubo rubik, con múltiples caras que ensambla a pesar de todo”.
Lo cierto es que no veía a la banda en vivo desde aquellos años y vaya si mutó. Luego de Dutsiland (2019), lo que empezó como una idea de Mariano Di Cesare y devino en banda siguió mutando, cambios de formación mediante, y se transformó. Otra estética y sonido pueblan sus últimos dos álbumes (Isla de oro, 2022, Arco y flecha, 2024). Pero ese sábado por la noche gran parte del público, que había agotado las entradas, estaba allí por otra cosa. Tal como se encargaron de pensarlo a través de sus primeras canciones, el motor de aquel público era la nostalgia.
Los MAI cumplieron con la promesa tan anhelada: tocar el disco homenajeado entero, en orden y sin interrupciones.
Se materializaron los cambios y transformaciones del grupo: Leo Gudiño, histórico encargado de las percusiones, fue en varios momentos casi una segunda batería que aportó potencia; Arturo Martín, baterista socio fundador, mantuvo su desparpajo polirítmico en los parches que lo encontró por momentos tocando con una maraca en la mano derecha; los teclados de Pablo Di Nardo, de las últimas incorporaciones, brindaron destellos eclécticos a canciones de por sí evanescentes y climáticas; el bajo de la multi instrumentista Lucila Pivetta fue un reloj suizo que brindó el necesario sostén rítmico a la banda; Nicolás Voloschin, histórico primera guitarra, con el pelo más largo se luce con la pedalera moldeando texturas entre riffs y punteos; Mariano Di Cesare, el príncipe idiota, conserva su histrionismo digno de un frontman con todas las letras y mantiene el cuelge necesario de aquel flash titulado manso indie.
“La única fuerza que me guía es la oscuridad” es una de las frases que resalta. Una de las más coreadas. Al terminar el tema y el disco la gente aún la sigue cantando. Las luces estroboscópicas se prenden y se apagan en diferentes colores y ritmos mientras le dan pie a la segunda parte del show. Aquí es donde el motor nostálgico, que había impulsado a muchos, se detuvo por unos instantes.
Una seguidilla de temas de sus últimos dos discos mostraron su otra cara. Más pop, elegante, menos limada. En aquella cobertura de hace diez años describía de este modo el sonido de la banda: “El imaginario invencible le habla a la audiencia de ruinas, amores truncos, desesperación y ruegos de auxilio. Todo eso en clave folk psicodélica y por momentos bordeando a Echo and The Bunnymen”.
En este presente entrecruzado por algoritmos, bits y baits, los invencibles parecerían haberse alejado de la nostalgia para embeberse de la época y mirar al futuro de frente. Su sonido es más pop pero no por eso suena a empaquetado. Mantienen a flote la belleza de la canción. Y, en todo caso, generan nuevas amalgamas que incluso pueden llegar a ser más potentes y rupturistas: por ejemplo en el momento en que, out of the blue, nada menos que Juliana Gattas apareció vestida de negro sobre el escenario para cantar “Beso relámpago”, su feat en el track siete del último disco de la banda. El público ovacionó a la reina madre del pop del Siglo XXI.
“Nada ha cambiado aquí”, canta Di Cesare y parece estar hablando de su propia historia. Con una máscara de Jason de Martes XIII aprieta dos aerosoles de espuma de carnaval y luego se lanza a nadar sobre el público. Está extasiado.
El sonido más lounge, como de uno de los últimos discos de los Arctic Monkeys, se fusiona con el delirio innato de la banda. Ese que les permite enganchar un tema con un riff de los Redondos o con un cover de Gustavo Pena “El Príncipe”. La banda cosechó muchos seguidores en los últimos años y, como cantan en una de sus letras, ya no somos extraños. Di Cesare cierra el concierto regalando algunos temas viejos a pedido y le dedica el show a Mariano Castro y Juan Pablo Quatrini, invencibles fundadores que dejaron el grupo. Pasado, presente y porvenir se funden en otra cosa que aún estamos descifrando. “Nos gusta tocar los temas nuevos, perdón”, arroja al público y deja atrás aquella predilección por la nostalgia que supo ser su marca registrada. La banda, con nuevos ropajes, aún es un hombre caminando que en el fondo sigue siendo un principiante que no conoce ningún bar.