Camionero llevó su ciclo musical al Teatro Vorterix y se vivió una verdadera fiesta de rock and roll
✎ Gonzalo Penas y Pablo Díaz Marenghi
ph. Diego Homes
La esquina de Lacroze y Alvarez Thomas se llenó, el pasado sábado, de fanáticos, habitués y curiosos que fueron entrando de a poco al Teatro Vorterix para ver el “Tracción a Sangre vol. XVII”, ciclo mensual que lleva adelante Camionero, una de las bandas del rock local de mayor crecimiento en los últimos años. Algunas latas de cerveza que empezaban a calentarse, remeras rockeras y algunas motos que estacionaban iban conformando el prólogo de lo que se viviría aquella noche.
Después de agotar funciones en el Centro Cultural Matienzo —algunas ediciones tuvieron doble función por la gente que se quedaba afuera— mudaron el evento al barrio de Colegiales y, aun así, las entradas volaron. Incluso hasta horas antes del show muchas personas rogaban por un QR por redes sociales. De entrada, ya pintaba una velada muy especial: nadie se quería perder la consagración absoluta del dúo que forman Joan Manuel Pardo y Santiago Luis, guitarra y batería del grupo.
De Makena a Vorterix, el público de Camionero no paró de crecer. ¿La clave del éxito? Nunca dejar de tocar. No sólo en el circuito porteño (sostenido principalmente por Makena y el Matienzo) sino por el GBA y en eventos dentro de algunas facultades nacionales. Tocar, tocar y tocar: así la banda llegó a este Vorterix sold out.
Entre el público abundaban camperas de jeans y chalecos con el parche del “Club Camionero”, fans de la primera época que desde temprano llegaron al lugar para disfrutar de lo que tal vez sea la otra clave de este éxito: el acoplado, la feria de merch que llevan adelante distintos emprendedores que siguen a la banda en cada fecha. Allí encontramos puestos de remeras con diseños artesanales y exclusivos, serigrafías, postales de la fecha para personalizar a gusto con distintos sellos con diseños propios de la banda, tatuajes, grabados, bolsos, esculturas de metal caracterizados, pedales de guitarras hechos con latas, ceniceros y hasta un Guitar Hero con canciones de la banda para jugar antes del show. Pura autogestión de lo que pareciera ser una verdadera familia.
Luego de un breve pero atractivo setlist de Santi Moraes, ex Los Espíritus, crudo, despojado, compuesto de tan sólo su guitarra criolla y voz, les llegó el turno a Pardo y Luis de ocupar sus lugares tras las seis cuerdas y los parches, enfundados tras una estética VHS en los visuales que dialogaban con todo lo que habíamos observado en la previa. Una fibra analógica envolvía a esta dupla y, también, a su sonido: crudo, valvular, visceral. El inicio con “Un poco más de consideración” y “Latas vacías”, encendió un motor que no iba a detenerse en casi dos horas de show.
Mientras sonaban uno tras otro los temas de sus dos álbumes de estudio (Club Camionero, 2021; Todo lo sólido se desvanece en el aire, 2023), intentábamos descular su propuesta sonora y nos era inevitable retrotraerme a la primera línea del rock argentino más pesado: artistas como Manal, La Pesada del Rock and Roll, Vox Dei, Pappo y, por qué no, algo de Color Humano, Crucis o El Reloj. Por supuesto, la referencia internacional ineludible era The Black Keys, por lo blusero y el ensamble de guitarra/batería que, al igual que estos émulos del conurbano, conjugaban una potencia que genera la ilusión de que hubiera muchos más que dos músicos.
La guitarra de Pardo era, también, una demostración de que el rock no es sólo vértigo y velocidad sino también un notable manejo de la lentitud, la densidad y los silencios. Bajo el pulso de cada nota se esconde la profundidad pétrea de un pozo petrolífero.
También hay algunas cuerdas punks resonando y prueba de ello era como el público se mataba en el mosh mientras sonaba “Lo hago mal, me siento bien”, con un integrante de Motochorros como invitado y rasgueos de guitarra que parecían motosierras. Pero ojo, no cualquiera: otra cosa que sonó en reiteradas oportunidades fue el cántico “Y ya lo ve, y ya lo ve, el que no salta, votó a Milei” y, al ritmo de “El español”, uno de los hits de la banda, “Milei botón, Milei botón”. Todo una declaración de principios, también, desde abajo del escenario.
Hay algo de ese rock llamado “Post Punkdémico”, que muy bien rastreó y sistematizó Delfina Montagna en su notable libro Hacer bandas es gratis, flotando en el aire en este Vorterix cruzado por humo clandestino de marihuana y remeras de Fun People. Algo que los hace tirar paredes con bandas como Buenos Vampiros, Mujer Cebra, Dum Chica, Winona Riders y tantas otras. También podemos imaginar el maridaje con ciertos grupos de la escena independiente de la década pasada: no es difícil pensarla tocando en el viejo Zaguán Sur, junto a las bandas más rockeras de esa época, canciones como “Cuero negro” o “Guerrero Atípico”.
Algunos dirán, sonoridades y estéticas oscuras para tiempos oscuros. Otros lo vincularán con el rock devenido en tradición que nunca deja de volver más allá de los agoreros de siempre. Lo cierto es que Camionero, más allá de cualquier moda, ratificó su inmejorable presente, con una comunidad fiel que también se mostró receptiva a todo aquel que quisiese acercarse, regalándole ilustraciones y fanzines que brindaron una seducción visual propia de los tugurios de los ochenta. Por eso reúne en su público a rockeros, punks, metaleros, stones, indies: una fauna que en otra época era impensada, la banda logró juntarlas.
La edición XVII de este ciclo terminó con “Súbete a mi cama” y “Mañana suburbana”, el tema que cierra el primer EP de la banda. Tuercas, tachas, camperas de cuero y jean; sonido valvular, con la estridencia necesaria, para sacudir a cualquier Genio del Abasto adormilado en tiempos de QRs y algo-ritmos. Camionero son la demostración de que no hay que inventar la pólvora para hacer canciones que sacudan mentes. A veces basta con darle una vuelta de tuerca más a aquellos sonidos clásicos que tanto nos emocionaron desde tiempos inmemoriales. El inodoro en el baño y la mesa en la cocina. Tomar una birra bien fría, putear al Gobierno y a seguir rockeando que la tracción a sangre continúa bombeando a toda velocidad.