La cintura quebrada y un trago de agua

Iggy Pop volvió a nuestro país y dejó en claro lo que significa el rock en vivo

 Facundo Arroyo

En 2025 está mal hablar de los cuerpos ajenos por eso Iggy Pop lo primero que genera es que hablen de su cuerpo. Una patada, tres piñas y antes del segundo ya está en cuero sobre el escenario. Ajeno al nuestro, ajenos al de él. La disforia y el shock de electricidad también hacen que el cuerpo de Iggy tampoco le pertenezca tanto a él. Hay algo que dijo PK Bellas en se crónica del show que me pareció genial: “son colgajos salidos de una película de Cronenberg”. Iggy Pop no necesita tatuajes. Sus colgajos le hacen el amor a la gravedad de nuestro planeta tierra. 

También se habla mucho del cuerpo de Iggy porque, en esencia, es uno de los grandes performer de la historia de la cultura rock. Y como dijo el sociólogo Esteban Rodríguez Alzueta: “El rock, por definición, es performático”. No hubo muchos más como él. La destreza de Jagger y la electricidad de Ian Curtis, sí, pero nadie le vendió la cadera al diablo. Iggy firmó y ahora, como hace algunos años, el loco sigue acechando con su performance por más que casi ya no pueda caminar. Al diablo también le gustaban los Stooges, por eso le conservó la melena rubia e intacta. Siempre me quedé pensando que ese pacto, y toda la historia de vender características humanas, tuvo que ver con su estadía en Berlín junto al Bowie krautrockero. Sí, The idiot, entra al podio, aunque algunos lo dejen afuera. Los ojos corte mulholland drive al frente y las canciones inoxidables, ya habrán visto por setlist.fm que tocó nueve canciones de su gran banda.

Para hablar de su primer disco solista, hay que decir que ni bien suena “Nightclubbing” el aire tiende a suspenderse. Se me ocurren tres motivos: su voz está intacta, los espectros siguen ahí y su banda actual es muy ordenada en el caos. La hacen durar apenas unos segundos y después derivan en una situación instrumental donde evocan un free-jazz irreverente. Esos pocos segundos dan más certezas que todo el punk de los 90. Hay en ese caos ordenado un impulso vital real. Ordena la furia y le da al medio a cualquier rascacielo pretensioso. Está Iggy, están los vientos tan bien utilizados, está el emo de Yeah yeah yeahs en la guitarra más filosa y la chica con padre argentino que todo el mundo menciona en sus textos para la otra guitarra base. Son unos pocos segundos, insisto, donde al mundo del punk se le caen los pantalones, el garaje rock ríe por lo bajo y el pop trata de captar cómo es todo eso posible sin imágenes, sin vestuario, sin coreografía, sin nada más que una banda caótica y ordenada capitaneana por una iguana descaderada. 

Pasó el fin de semana y la anestesia en el cuerpo tiene la siguiente imagen: Iggy Pop toma agua en el escenario pero el último trago lo escupe. Sano e hidratado pero siguen las convulsiones, también, hasta el fin de los días. Hay algunos que lo soltaron por X: quizás haya sido la última vez que lo veamos en vivo en el país. La sensación de un show del compositor de Fun House es como cuando empezás a dejar de tomar Clonazepán: a la noche, cuando te acostás después del bardo, el cuerpo te tiembla, son unas pequeñas convulsiones que te descontrolan el sistema nervioso hasta que se acostumbra a la paz del silencio. Es un poco la imagen del performer haciéndole escuchar Sleaford mods a su cacatúa. Los colores sobre la oscuridad. El agua oxigenando los órganos pero con un último trago que no pasa, que se escupe, porque no todo termina cuando se apagan los motores.  

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Publicado el 29 enero, 2026

Publicado el 28 enero, 2026