Bailar entre la bronca y el deseo

Domingo 21 de septiembre. Día de la primavera. Una parte de la juventud no se reúne en los bosques de Palermo sino en el Festival Mutante.

✎ Carlos Noro

La cuarta edición del Festival Mutante volvió a instalarse en el C Art Media con un espíritu que desborda lo estrictamente musical. Aunque el calendario marcaba el inicio de la primavera, el clima se empecinó en otra cosa: nublado, fresco, todavía más cercano al otoño que parecía no querer retirarse. Sin embargo, adentro del predio, la temperatura la puso la gente, las bandas y las propuestas artísticas que hicieron de la jornada un encuentro singular.

 Hubo un sector auspiciado por Futurock con un colectivo 39 como simple decorado —sin demasiado protagonismo más allá de la foto—, además de un espacio VIP cuya presencia se sintió algo disonante respecto al espíritu general del festival y de la radio. En el primer piso, la feria desplegó propuestas variadas y desafiantes, aunque un tanto aisladas de la música en sí. La gran apuesta estética, en cambio, estuvo en manos de Nite Lite, que se apropió del espacio con una curaduría transdisciplinaria: experiencias de realidad virtual, visuales de psicodelia digital y también gestos más tradicionales, como la serigrafía gratuita del afiche o la pintura en vivo. Un cruce de lenguajes que convirtió al C Art Media en un entorno hipersensorial, habitado por un público joven y diverso que se movió entre la música y las instalaciones.

 El festival, fiel a su nombre, volvió a mutar. Y en esa transformación, cada banda dejó su huella con un discurso propio: desde la furia punk hasta la introspección indie, pasando por la vulnerabilidad hecha canción, la crudeza post-punk y la catarsis total del pogo.


Lagrimitas: juventud feroz y teatralidad provocadora

Las más jóvenes de la grilla irrumpieron con una energía que desbordó teatralidad y provocación. Lagrimitas, banda formada en 2023, llevó al Mutante un show donde el post-punk con arranques hardcore se combinó con la fuerza de un bajo penetrante y una batería incisiva. Desde la apertura con “Me pervertiste”, con invitados de Ultrasombra, la propuesta quedó clara: desbordar los límites del escenario con actitud y crudeza.

 El repertorio —“Tu tumba”, con riffs cercanos al heavy clásico; “Murciélagos”, con sus aires densos; y la visceral “Brutal”— construyó un relato de rebeldía juvenil en clave de urgencia. Fina, cantante y frontwoman, fue el eje del show: bailó, se contorsionó y se entregó al público con una mezcla de sensualidad y aplomo que sostuvo con seguridad cada momento. Su performance fue la encarnación física de lo que la banda transmite en lo sonoro: crudeza, riesgo y un pulso teatral que desafía convenciones.

 Pero Lagrimitas no se limitó a lo musical. Hubo un momento de pausa para lanzar un mensaje político: “Aguante la universidad pública y la salud pública. Que desastre todo, pero en comunidad somos más fuertes”. Ese gesto, celebrado por el público, conectó la potencia de sus canciones con una generación que entiende el escenario como espacio de resistencia.

Con apenas dos años de recorrido, mostraron por qué son una de las revelaciones de la escena: en ellas conviven la frescura juvenil, el desenfado y un filo que transforma cada canción en un grito colectivo.

Máze: amistad, diversidad y música como gesto político

Con Santiago Mazzeo (voz y guitarra), Paloma Prime (bajo y voces), Tomás Palen (guitarra) y Augusto César (batería), Máze se presentó como un grupo de amigos que encontró en la música un lenguaje común. Su propuesta navegó entre canciones diferentes entre sí pero unidas por un mismo espíritu: el de una banda que, arriba y abajo del escenario, respira complicidad.

 El set repasó temas como “Raro”, “La distancia es fundamental”, “Antes de dormir”, “Distracción instantánea” y “No van a volver”. Cada uno, con particularidades bien marcadas, mostró un abanico sonoro que pasó de lo introspectivo a lo urgente, de lo íntimo a lo expansivo. La voz grave y algo distorsionada de Santi recordó por momentos a referentes del indie rock internacional, pero siempre con un sello propio y una emocionalidad directa.

Entre canciones, hubo espacio para un mensaje político claro. Antes de “Oficial” una canción que problematiza la acción injusta de la policía, Mazzeo lanzó: “Dicen que la música no es política. Les tengo una mala noticia: todo es político. Este tema quiero dedicarlo a los que sufrieron represión de las fuerzas armadas”. Ese momento tiñó el show de un tono más grave, reforzando la idea de que lo que estaba en juego no era solo entretenimiento, sino también memoria y resistencia.

El público acompañó con entusiasmo: saltos, algunos pogos tímidos y hasta un pequeño mosh en ciertos pasajes. La efusividad colectiva reforzó lo que la propia banda transmite: una música que no se refugia en la evasión, sino que busca compartir y transformar. En Máze, cada canción es un gol en sí mismo, pero la victoria final está en esa comunión con quienes escuchan

El Nota: canciones como arterias abiertas

Si algo distingue a El Nota es la crudeza con la que convierte lo íntimo en himno colectivo. Desde Rafael Castillo al escenario del C Art Media, Nazareno Nota cargó con sus canciones la densidad de una generación atravesada por la desigualdad, la angustia y la represión. Apenas arrancaron los primeros acordes de “No cesará”, el público se adueñó del estribillo, confirmando que esas letras —que hablan de salud mental, precariedad y un dolor que no se borra con trabajo ni con amor— ya son patrimonio común.

En vivo, El Nota no busca ser un frontman carismático: más bien se sostiene del pie del micrófono, como si necesitara aferrarse a algo mientras canta. Su voz, quebrada y a veces al borde del grito, transmite la urgencia de quien no ficcionaliza su dolor sino que lo comparte. Canciones como “Los colectivos llenos” o “Le conté a mi psicólogo de vos” se escucharon con una devoción particular, coreadas como si fueran verdades propias de quienes estaban abajo. Y en el tramo de “Inundado en su sangre”, la tensión llegó a un punto tal que algunos ojos en la multitud se llenaron de lágrimas: la vulnerabilidad se volvió catarsis.

 El set tuvo también su momento inesperado: cuando sonó “Rap”, un mash-up improbable entre cultura urbana y la canción católica “Tú has venido a la orilla”. Lo que podría haber quedado en gesto bizarro se transformó en complicidad: el público acompañó entre risas y sorpresa, entendiendo que ahí estaba la esencia del Nota, capaz de unir lo religioso y lo barrial, lo solemne y lo callejero, sin pedir permiso. Fue un instante que desarmó solemnidades y reforzó la idea de que lo popular también se construye con humor y contradicciones.

 A diferencia de otros proyectos de la escena indie, en El Nota la vulnerabilidad no se esconde detrás de la ironía: se expone de frente. Él mismo lo había dicho alguna vez: “Los locos hay en todos lados, y lo que yo escribo es para que no pensemos que estamos solos”. Esa sinceridad esquiva pero contundente se palpó en cada tema. La banda que lo acompaña no busca virtuosismos, pero sostiene con firmeza el peso emocional de cada canción, generando un colchón que permite que la voz de Nota se desangre sin miedo.

El público respondió con cantos espontáneos, pogo suave en los temas más rápidos y un coreo colectivo que convertía cada frase en declaración de principios. En esa comunión, El Nota dejó de ser un músico emergente para volverse símbolo: un cancionista popular que habla de las heridas de muchos y las transforma en canciones que abrazan.

 Al final del set, quedó flotando una certeza: escuchar a El Nota no es asistir a un recital, sino compartir una herida abierta que, en el contacto con otros, empieza a cicatrizar.

Buenos Vampiros: crudeza sonora y discurso colectivo

De Mar del Plata al Mutante, Buenos Vampiros llegaron con un recorrido que ya los ubica como uno de los nombres fuertes de la nueva camada alternativa. Formados en 2018, el cuarteto integrado por Irina Tuma (guitarra y voz), Ignacio Perrotta (guitarra y voz), Luana Giobellina (bajo y coros) y Mora Murguet (batería) desplegó un set largo y enérgico, que reafirmó una diferencia clave con respecto a sus grabaciones: en vivo son mucho más crudos, filosos y desprolijos. Esa aspereza, lejos de restarles, potenció la experiencia.

 El inicio con “Paranormal” y “Caminamos” abrió el clima sombrío característico de su propuesta, entre post-punk, new wave y dream pop teñido de oscuridad. Sin embargo, a medida que avanzaban los temas —“Tengo frío”, “Todo el mal”, “14 de febrero”— lo que en disco suena más melancólico aquí se transformó en enojo. Guitarras chirriantes, bajos graves y una batería incansable de Mora hicieron que cada canción creciera en tensión dramática, como si se tratara de capítulos de una misma narración de furia contenida.

 La dinámica vocal alternada entre Irina e Ignacio fue clave: una canción conducida por ella, otra por él, hasta llegar a momentos de fusión como en “Puedo ver el mar en tus ojos”, donde ambos cantaron juntos, entrelazando dramatismo y aspereza. Esa alternancia construyó un clima de dramatismo que fue escalando hacia la desazón y la rabia.

 El punto álgido llegó cuando Ignacio se mostró contrariado: alguien había quitado una bandera que había colocado sobre su equipo, y ese hecho lo descolocó visiblemente, potenciando la violencia de su interpretación. Lo que siguió fue un discurso compartido entre todos los integrantes: Irina e Ignacio sumaron frases contra la represión y los autoritarismos, hasta que Mora se acercó al micrófono para sentenciar con contundencia: “Odiamos a Milei y a todo lo que tiene que ver con ese pensamiento”. Fue un instante de comunión política con el público, que respondió con saltos y cantos de aprobación.

Más allá de las palabras, fue la batería de Mora la que terminó de sellar la intensidad del set. En un género donde lo percusivo es central para generar groove, su actuación fue descollante, empujando cada canción hacia adelante y dándole una potencia inusitada al cierre del recital.

Winona Riders: catarsis final en un domingo que se resistía a morir

El cierre de la noche estuvo a cargo de Winona Riders, banda que confirmó en el Mutante su rol protagónico dentro de la escena independiente actual. La formación integrada por Ariel Mirabal Nigrelli (voz y guitarra), Ricardo Morales (guitarra y coros), Mauro Arenas (sintetizadores y teclado), Santiago Vidiri (bajo), Gabriel Torres Carabajal (percusión) y Francisco Cirillo (batería), desplegó un show en el que la intensidad nunca decayó.

Desde los primeros compases de la versión extendida de “D.I.E (Dance in Ecstasy)”, el pogo estalló con fuerza y no se detuvo hasta el final. La entrada fue marcada por un gesto inolvidable: Gabriel, en la percusión, arrancó el show moviéndose y contorneándose como una serpiente, mientras los spots tornasolados iluminaban a la banda desde atrás, dibujando sus siluetas en contraste. Ese inicio visual y performático marcó la pauta de un concierto que fue puro desborde físico y emocional.

El setlist fue amplio y variado: “V.V.”, “Hondart”, “Viajando en el asiento de atrás”, la extendida “Bailando al compás de las armas enemigas”, “Penetrame”, “Sucios para jugar”, “Catalán”, “¿Así que te gusta hacerte el Lou Reed?”, más un par de temas fuera de lista como “No hay nada más en mí” y “Joel” en versión extendida. Cada canción alternó crudeza, humor, ironía y vulnerabilidad, construyendo un set que nunca dejó caer la intensidad.

En vivo, Winona Riders fueron mucho más que una banda: fueron una maquinaria de descontrol cuidadosamente desatada. Ariel, al frente, cantó con una mezcla de insolencia y dramatismo que llevó a la multitud a responderle con gritos, saltos y un pogo salvaje que por momentos ocupó casi toda la sala. Hubo empujones, risas, caídas y brazos levantados, un desborde que el propio público sostuvo como un ritual compartido.

La química entre músicos y asistentes fue inmediata. Cada estrofa parecía devuelta con furia redoblada desde abajo: la gente no solo coreaba, sino que se apropiaba de las frases como si fueran propias, un espejo entre el escenario y el piso que amplificaba la intensidad. En canciones como “Sucios para jugar” o “Catalán”, la respuesta fue tan visceral que las paredes del C Art Media parecieron vibrar, mientras en los rostros se mezclaban la sonrisa y la bronca.

Lo que en disco suena más medido, en vivo se volvió visceral y desprolijo. La provocación sexual de algunos temas convivió con el dramatismo existencial de otros, en un juego que hizo del pogo un rito colectivo. El tramo final con “Dr. Faim”, la extensa “A.P.T (American Pro Trucker)” y “Riders” fue un torbellino de sudor y saltos, hasta desembocar en “Joel”, que cerró la jornada en un clima de desenfreno absoluto, con la gente exhausta pero sonriente, abrazándose entre desconocidos como si fueran cómplices de un mismo secreto.

Winona Riders confirmaron que hoy no son solo una banda emergente, sino un símbolo generacional. Convirtieron la bronca en baile, el hartazgo en pogo y la oscuridad en celebración. El Mutante se despidió con ellos, recordando que lo alternativo también puede ser masivo sin perder identidad.

Un festival que muta con la época

El Festival Mutante volvió a demostrar que no se trata solo de un encuentro musical: es un espacio de resistencia cultural y política, una celebración comunitaria en tiempos de hostilidad y fragmentación. Cada banda dejó su marca desde un lugar distinto: la ferocidad juvenil y teatral de Lagrimitas, la introspección politizada de Máze, la vulnerabilidad transformada en himno de El Nota, la crudeza rabiosa de Buenos Vampiros y la catarsis colectiva de Winona Riders.

 La experiencia se completó con la curaduría transdisciplinaria de Nite Lite, los espacios paralelos, las ferias, los visuales y hasta las contradicciones propias de una propuesta que se atreve a experimentar, aun a riesgo de mostrar fisuras. Esa es, en definitiva, la esencia del Mutante: no es un festival que se conforme con un guión, sino un territorio donde se cruzan generaciones, discursos y estéticas, produciendo choques, tensiones y revelaciones.

 Aunque la primavera todavía no había llegado al clima porteño, en el interior del C Art Media se adelantó: rugió en el pogo, se expresó en los discursos políticos, vibró en las instalaciones digitales y se filtró en la diversidad del público. Mutante, fiel a su nombre, volvió a mutar, confirmando que lo alternativo no es un género, sino una forma de construir comunidad frente a un presente incierto.

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