Los Antiguos celebran diez años del disco que no solo sedujo a oyentes del stoner sino que recibió halagos de muchos otros más
✎ Carlos Noro
Diez años después de su lanzamiento, Madera Prohibida sigue sonando como un disco que nació con la urgencia de lo inevitable. No fue solamente el segundo trabajo de Los Antiguos: fue el momento en que la escena pesada argentina entendió que había una banda capaz de unir dos corrientes que hasta entonces parecían distantes. Por un lado, la tribu stoner, una de las escenas más prolíficas y originales de la historia de nuestra música pesada. Por el otro, los metaleros y metaleras huérfanos de representación, aquellos que después de V8, Hermética y la primera época de Almafuerte buscaban un nuevo linaje al cual aferrarse.
Los Antiguos aparecieron en el cruce de esas aguas y lo hicieron con un disco que no dejaba dudas. Ocho canciones en poco más de treinta minutos bastaron para levantar un altar propio. Desde la apertura instrumental de“C.O.C”, que funciona como un conjuro hipnótico, hasta la densidad de “El hombre que no se puede ir”, el álbum es un recorrido que nunca baja la intensidad. “Te lo vengo diciendo” y “H.P.V.” corren como perros desbocados; “La culpa al viento” y “El inventor del mal” muestran el costado más rockero y ganchero, con estribillos hechos para ser coreados en masa; “Eslayer te va a matar” y “La gran campana” se plantan como medio tiempos demoledores, donde cada riff es un martillazo en la sien. Cada tema es un ladrillo, un golpe certero, un fragmento de ese universo que Pato Larralde fue construyendo con obsesión y visión propia.
Ese universo estaba habitado por hombres que no podían irse, inventores del mal, fuerzas oscuras y paisajes infinitos. No era un catálogo arbitrario: Pato era un lector voraz de Poe, Lovecraft, Tolkien y los malditos, y al mismo tiempo un heredero tangencial de Yupanqui y de su propio tío José Larralde. En sus letras convivían lo mítico y lo barrial, lo ancestral y lo urbano. Hablaba de la Pachamama, de los alienógenas y de las montañas de la Patagonia con la misma fuerza con la que hablaba de la crudeza del barrio porteño. En eso estaba su originalidad: en hacer que la música pesada argentina hablara con su propia lengua, sin necesidad de traducciones.
La voz de Pato fue el corazón de todo. Rasposa, furiosa, con un filo que parecía desgarrar el aire, transformaba cada canción en invocación. Era un chamán urbano que en cada show convertía el escenario en un rito, mitad brujo y mitad vecino, mitad mito y mitad realidad. Pero no estaba solo. David Iapalucci, guitarrista, fue el artífice de muchos de los riffs que definieron el disco. Su Gibson confiscada por el FBI, hecha con madera de un árbol en extinción, dio origen al título de la obra y al mito que la rodea. Esa “madera prohibida” era metáfora perfecta: música que no debía existir según las reglas del mercado, pero que se abrió camino con violencia y belleza. A su lado, Sergio Conforti completó una dupla guitarrera que mezcló densidad y claridad, riffs espesos con solos que abrían grietas de luz.
El bajo de Mow Houdin fue otra columna del sonido: grave, gordo, constante, capaz de llenar cada espacio como si una tormenta estuviera retumbando bajo tierra. Pablo “Huija” Andrés, en batería, fue el pulso tribal, la certeza rítmica que convirtió cada riff en ceremonia. Los cuatro más Pato fueron una maquinaria dispuesta a todo: a defender la autogestión, a sonar como una aplanadora en vivo, a demostrar que no había medias tintas. Madera Prohibida debía sonar con la energía arrasadora de la banda en vivo, y lo lograron.
El impacto fue inmediato. El disco no solo sedujo a los seguidores del stoner: también convocó a esa multitud de metaleros y metaleras que extrañaban la representación de un linaje combativo y popular. Ahí estaba la clave: Los Antiguos no copiaban, no imitaban, pero su propuesta conectaba con el espíritu de lo que habían sembrado Iorio y sus bandas en décadas anteriores. En Pato encontraron un heredero distinto, pero igualmente auténtico, alguien capaz de darle voz a la bronca, a la furia y al sentido de pertenencia que define al heavy argentino.
Con el tiempo, Madera Prohibida se convirtió en clásico. Un clásico no por nostalgia, sino por vigencia. Cada tema sigue sonando fresco, poderoso, necesario. Y cada escucha trae de nuevo la figura de Pato, que murió en 2021 a los 55 años, dejando a la escena sumida en una tristeza profunda. Su muerte fue un golpe, pero también una confirmación: su voz había quedado grabada en ese disco como testamento como un hombre que no se puede ir. En cada palabra, en cada grito, en cada silencio, sigue estando él.
Hoy, a una década de su lanzamiento, Madera Prohibidano se escucha como un recuerdo: se escucha como una herida que sigue ardiendo. Fue un álbum breve pero feroz, un puente entre escenas, un refugio para huérfanos, un altar para iniciados. Pato puso la voz y la ética; Iapalucci y Conforti tallaron la madera con riffs filosos; Mow la hizo retumbar desde las entrañas; Huija le dio el pulso de tambor de guerra. Juntos hicieron más que un disco: levantaron un templo en medio del desierto.
Esa madera sigue prohibida, sí, pero también sigue ardiendo. Y en sus llamas vive todavía la figura de Pato Larralde, el profeta que nos recordó que el metal argentino no necesita traducción: habla con nuestra furia, con nuestra tierra y con nuestra memoria.

“Madera Prohibida” tiene una edición aniversario a cargo de Animals Records