Del colapso al kintsugi

Linkin Park presentó su “From Zero World Tour” en Buenos Aires con una puesta monumental y un mensaje claro: reparar con oro lo roto

✎ Carlos Rodríguez Puente


I. La ciudad y la espera

Villa Soldati, un sábado de aire pesado y luces húmedas. El Parque de la Ciudad parecía una criatura dormida que alguien había despertado después de años. Desde temprano, miles de personas fueron llegando como quien entra a un templo. Remeras negras, tatuajes con el logo de LP, adolescentes con glitter y padres cuarentones con el mismo brillo en la mirada: todos respirando la misma ansiedad. Yo estaba ahí, cronista entre el polvo y el ruido, intentando adivinar qué tipo de rito se abriría frente a mis ojos. No era sólo el regreso de una banda. Era la vuelta de una historia compartida. Y, para mí, tenía un brillo particular: era el primer concierto grande de Mía, mi sobrina de veintitrés. Su bautismo de fuego en la escala de los estadios. En un momento la perdí: se fue entre el pogo, a bailar con los más jóvenes. Y eso también fue hermoso, verla ser parte de esa marea que la absorbía y la devolvía distinta. Las luces bajaron. El rugido del público se volvió masa viva. Y cuando empezó “Somewhere I Belong”, el suelo tembló.

II. La invocación

El set arrancó con precisión quirúrgica: “Lying From You”, “Up From the Bottom”, “New Divide”, “The Emptiness Machine”. La estética Cryo —columnas de humo helado, pantallas en blanco y azul— envolvía al público en un clima glacial. Parecía que la banda emergía del hielo, literal: un renacimiento. Mike Shinoda lideraba con ese equilibrio entre control y temblor. Dave “Phoenix” Farrell sostenía el pulso, Rob Bourdon golpeaba como si cada batería fuera una invocación. Y Emily Armstrong —la nueva voz que se atreve a dialogar con la sombra de Chester Bennington— irrumpió sin miedo: firme, presente, luminosa. Subió al escenario con una peluca de rulos negra que evocaba al gran Diego y con la camiseta azul de la Selección del Mundial 94. El público estalló. Era un guiño maradoniano inesperado, una manera de rendir tributo al espíritu argentino dentro del ritual californiano. Ahí entendí que este show no era un homenaje. Era un acto de vida.

III. La creación

“The Catalyst”, “Burn It Down”, “Cut the Bridge”, “Waiting for the End”, “Castle of Glass”. El bloque de la creación, el momento donde la oscuridad empieza a romperse. En las pantallas, fragmentos de código, ruinas que se reordenan, el rostro de Chester proyectado por segundos como si el sistema lo recordara. Emily y Mike compartieron micrófono en “Castle of Glass”, y el silencio del público fue un gesto de reverencia. No hubo lágrima fácil: hubo respeto. Chester estaba ahí, flotando entre los acordes, en el aire que la banda dejó abierto. Y en el final de “One Step Closer”, la banda se congeló mientras un cañón de CO₂ cubría el escenario. Una pausa para respirar dentro del vértigo.

IV. El colapso

El tramo del derrumbe: “Lost”, “Good Things Go”, “What I’ve Done”. El sonido se volvió más terroso, más físico. Mike gritaba, casi exorcizando, mientras las luces se apagaban en sincronía. La multitud lo acompañaba como si fuera un rezo colectivo. Vi a Mía entre el mar de cuerpos, saltando, gritando, abrazada a desconocidos. Una postal generacional perfecta: la música que une lo que el tiempo separa. Y entendí que Linkin Park siempre fue eso: un espejo emocional. Un lugar donde las heridas se reconocen y se transforman en ritmo.

V. El kintsugi

“Kintsugi”, la palabra japonesa para reparar con oro lo roto, marcó el espíritu del bloque final. “Overflow”, “Numb”, “In the End”, “Faint”: cada tema una sutura brillante sobre una grieta antigua. Cuando empezó “Numb”, el estadio entero se volvió una sola voz. Chester Bennington —que partió rumbo a las esferas celestes en 2017— estaba en todas partes: en los coros, en las lágrimas, en ese canto unísono que lo invocaba sin tristeza. “In the End” selló el pacto. Ya no había generaciones, ni diferencias, ni fronteras. Sólo una multitud cantando como quien se reencuentra con algo sagrado.

VI. El renacer

El encore fue puro fuego. “Papercut”, “Heavy Is the Crown”, “Bleed It Out”. Confetti, luces cruzadas, la banda dándolo todo. Mike sonreía, Emily gritaba “¡Gracias, Buenos Aires!” y el Parque se volvía un océano de cuerpos en éxtasis. Por un instante, la torre oxidada del sur se transformó en faro. Un punto de comunión entre generaciones, entre pérdidas y reencuentros.

VII. El eco

Cuando la multitud comenzó a dispersarse, el viento del sur trajo un silencio extraño. No era el final: era una calma luminosa. Mía reapareció entre el humo, riendo, transpirada, con esa energía intacta que sólo deja la juventud. Y pensé que tal vez de eso se trata la música: de cómo un sonido que nació hace veinte años puede seguir abriéndose paso entre los cuerpos, transformándose, curando. Lo que Linkin Park hizo en Buenos Aires fue, literalmente, reparar con oro lo roto. No fue un show de nostalgia. Fue un acto de reconstrucción. Y mientras las luces se apagaban sobre el Parque de la Ciudad, entendí que lo que habíamos vivido —ella, yo, todos— no era sólo un concierto. Era la certeza de que el dolor puede transformarse en belleza, y que la música, cuando es verdadera, sabe volver del silencio.

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Publicado el 29 enero, 2026

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