Druida glam y pulso eterno del rock

Tras diez meses de internación y un trasplante de corazón realizado en 2024 a raíz del síndrome de Marfan, Carca convirtió la espera en un laboratorio sonoro

✎ Carlos Noro

Desde la habitación del Hospital Italiano, con una tablet, una guitarra y un pequeño controlador, compuso las canciones que darían forma a Exultante, su nuevo álbum. El regreso a La Trastienda —el primero tras su recuperación— no fue un simple concierto, sino la consagración de un artista que transformó la fragilidad en belleza y el encierro en una forma de libertad.

Carca no volvió: reencarnó. Y lo hizo en el mismo lugar donde siempre pareció habitar, ese territorio intermedio entre la psicodelia porteña, la parodia sagrada y el blues metafísico. Su regreso a La Trastienda fue más que un concierto: fue una relectura del linaje del rock pesado argentino, una ceremonia que invocó a los viejos espíritus del riff, los fantasmas de los setenta y la electricidad como fuerza vital.

Desde el inicio, con el sitar en la penumbra, Carca planteó su propio rito de invocación. Esa cuerda que vibra en lo grave, ese aire denso, parecía abrir un portal hacia una Buenos Aires que ya no existe: la de los bares donde Vox Dei convertía la Biblia en una ópera eléctrica, la de Pescado Rabioso buscando la trascendencia en el barro, la de Manal caminando entre el blues y la condena social. Carca es hijo de esa tradición, aunque la haya cruzado con la mística oriental, el absurdo pop y el brillo irónico del glam. Es, en su modo más puro, un druida que ha leído los libros sagrados del rock nacional y los reescribe con lentejuelas y fuzz, en un idioma que sólo él parece entender.

El concierto desplegó esa herencia sin nostalgia. Algo raro en el trago sonó como un puente entre el rock crudo y el surrealismo porteño; Qué preciosura esta locura y Qué suerte ser diferente combinaron groove con teatralidad, blues con ironía, el barro con el brillo. Y cuando aparecieron Los pueblos de Pedro y Ultratumba, el aire se espesó: las canciones parecían dictadas por un espíritu colectivo que recordaba a El Reloj o a los primeros discos de Pappo’s Blues, donde el riff era un mantra y la distorsión una forma de oración.

Carca no hace música “retro”, porque no mira hacia atrás: reinterpreta. En Nubes negras o No tenés un buen look asoma la ironía de Spinetta cruzada con el sarcasmo de Pappo, pero el resultado no suena a cita, sino a espejismo. Su voz, nasal y dulce, de timbre elástico, combina sensualidad y humor como si Marc Bolan hubiera crecido en San Telmo entre afiches de Luca Prodan y discos de Billy Bond, con un sintetizador de Melero orbitando a su alrededor.

Porque también está ahí la otra mitad del ADN: la que Babasónicos y Daniel Melero sembraron en los noventa, cuando el rock argentino decidió que el artificio también podía ser profundo. Carca toma ese legado estético, lo vuelve ritual y lo cruza con la veta espiritual del hard rock setentoso. Es como si el brillo de Jessico se fundiera con la oscuridad de Pappo’s Blues Vol. 3, y de ese choque naciera una criatura nueva: sensual, ácida, lúcida, libre.

La tríada Visiones del campo / La entidad / Huésped del delirio fue el punto de ebullición. Allí, el Carca chamánico tomó el control del Carca terrenal. El ritmo se volvió tribal, la guitarra reptó sobre un pedal de fuzz infinito y los teclados se abrieron como un viaje astral contenido dentro del cuerpo de un músico que conoce cada piedra del camino. No era psicodelia importada: era una lisergia criolla, contemporánea y sucia, una forma de trance urbano que podría definirse como proto-rock pesado contemporáneo, aunque esa combinación suene a oximoron.

Porque ahí está la clave: Carca es el puente imposible entre la densidad espiritual del rock pesado de los 70 y la ligereza glam del siglo XXI. Un predicador del riff que no necesita solemnidad, un brujo que sabe que el humor también puede ser un modo de revelación. Bailarín, Todas tus vidas y El mejor viaje fluyeron con ese espíritu: canciones de celebración y deseo, pero atravesadas por una conciencia casi mística del presente. Cuando llegó Príncipe oscuro la sala entera se volvió un templo, y Brillando en la vereda sonó como una bendición.

El sonido de la noche fue sostenido por una formación precisa y sensible. Tuta Torres en el bajo y Panky Malissia en batería construyeron una base sólida, cambiante, de una elegancia técnica que permitió llevar la música de Carca hacia distintos estados: lo terrenal, lo cósmico, lo ritual. En el aire se notaba su complicidad, ese pulso compartido entre la gravedad del groove y la liviandad del trance. Y sobre ellos flotaron las voces de Emma Pardo y Micky Gaudino, dos coristas de enorme presencia que aportaron una labor de contrastes finísima: luminosidad y sombra, susurro y desgarro, lo femenino y lo andrógino como extensiones de una misma energía.

El cierre con Subite (esta noche), solo y con la guitarra, fue un gesto de humildad, pero también de poder. Y los estrenos —Exultante, Velo, Lodo— confirmaron que el renacimiento no es un acto simbólico, sino físico: un nuevo corazón latiendo al ritmo de una vieja verdad. Pero, sobre todo, fueron la puerta hacia un Carca distinto. En esas tres canciones se intuye el futuro: un artista más onírico, más interior, moldeado por los meses de internación y por el tiempo suspendido entre la vida y la muerte.

Las piezas nacidas en la habitación del hospital tienen una textura distinta, un pulso más lento, casi líquido. Exultante parece el amanecer después del coma; Velo es un sueño dentro del sueño, una reflexión sobre lo que se pierde cuando se atraviesa el límite; Lodo, en cambio, es la aceptación terrenal, el regreso al cuerpo. Son canciones que no buscan épica ni redención, sino una extraña serenidad, como si la enfermedad le hubiera enseñado que el ruido también puede ser silencio y que la distorsión puede tener alma. Ese nuevo Carca, más contemplativo y etéreo, no abandona el humor ni el fulgor glam, pero los convierte en herramientas de otra búsqueda: ya no la del impacto, sino la de la comunión. Lo que antes era excentricidad, ahora es lenguaje místico. Lo que antes era juego, hoy es visión. Su futuro parece asentarse en ese equilibrio frágil entre lo físico y lo espectral, entre el riff que pisa el suelo y la melodía que flota más allá de todo.

Hay algo profundamente argentino en este regreso, aunque suene a viaje psicodélico. No sólo por las referencias al ADN del rock fundacional —Vox Dei, Pappo’s Blues, Manal, Pescado Rabioso, El Reloj— sino también por el hilo que lo conecta con la vanguardia de los noventa —Melero, Babasónicos, Juana La Loca, Santos Inocentes—, esa corriente que entendió que el sonido podía ser sensual y cerebral al mismo tiempo. Carca condensa todo eso: es espiritual y sensual, solemne y burlón, pesado y glamoroso. Su música suena como si el riff de “Tema de Pototo” se cruzara con un sampler de Travesti, como si “El Hombre Suburbano” bailara bajo una bola de espejos. En ese choque, en ese equilibrio inestable, está su milagro.

Carca volvió como un druida glam del conurbano místico: una figura entre el profeta y el alquimista, entre el chamán y el trovador. En La Trastienda no sólo mostró que sobrevivió: demostró que el rock argentino todavía puede ser una experiencia de transformación. No un género, sino una religión secreta, y Carca —con su humor, su delirio y su corazón recién estrenado— su sacerdote más improbable.

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Publicado el 29 enero, 2026

Publicado el 28 enero, 2026