El Emperador

El ex líder de una banda de rock experimental debutó en Buenos Aires con su jazz rock

✎ Daniel Bajarlía

Geordie Greep es un personaje muy particular. Lo habíamos descubierto en 2023 cuando vino al Primavera Sound con Black Midi, que también hizo un sideshow en La Trastienda. La banda británica convulsionó la escena en 2019 con su álbum debut, Schlagenheim, donde recuperó el rock experimental ruidoso y pesado desarrollado por bandas como Swans y el movimiento No Wave neoyorquino de los ‘80, pero abría el juego a otros géneros como el jazz avant-garde y bajaba los decibeles cuando era necesario. En esos discos, la voz gruesa del cantante hacían imaginar a una persona oscura y pesada, de esos que quizás uno no quería cruzarse en la calle, como un hooligan dispuesto a romper todo. 

Sin embargo, Greep está muy alejado de eso. Con ambo, camisa y pantalón de vestir de tiro alto, parece un tipo tan normal que luce como un oficinista. De hecho, el aura que transmitió en Niceto en su show en solitario es el de alguien que está encerrado todo el día en un cubículo frente a la computadora y que se sube a un escenario por la noche para despuntar el vicio y liberarse y romper las cadenas de la rutina.

Tras la separación de Black Midi, el vocalista sacó su primer álbum, The New Sound, donde mostró otras influencias que se hacen más evidentes en vivo. Cuando vino a la Argentina, pidió en Twitter que alguien le llevara un vinilo de Peperina de Serú Girán o alguno de Dino Saluzzi. “Una de mis más grandes influencias ahora es el tango, con gente como Astor Piazzolla, como Dino Saluzzi, por la pasión de la música que tocan, el drama”, explicó en una entrevista en 2021. Con su banda de apoyo, Greep expande su sonido e incursiona en géneros como la salsa y, en especial, el jazz fusión de artistas como Chick Corea y Weather Report. En vivo, su banda suena a un pasado glorioso que quedó atrás, casi olvidado y bastardeado por buena parte del público, la prensa y los historiadores del pop que prefirieron venerar la simpleza del punk e ignorar por completo el período de los ‘70 en el que el rock tuvo su máxima expansión y se acercó a música considerada erudita, como la clásica, la concreta y, por supuesto, el jazz. 

La obra en solitario de Greep se nutre de todos esos subgéneros del rock olvidados, complejos y (quizá con razón) pretenciosos. Hay cierta ironía en el título del disco que vino a presentar (cuya canción homónima es un instrumental) porque no hay una intención de traerlos al presente, sino de reformularlos para dar una experiencia lisérgica y poco habitual, como hacían los Grateful Dead, pero más pesada y ruidosa, aunque también llena de matices, producto de la influencia de artistas brasileros como Hermeto Pascoal, Naná Vasconcelos y Egberto Gismonti, que el músico escuchó durante la grabación de The New Sound en San Pablo. 

Geordie y sus músicos iniciaron el concierto “Walk Up” y se sumergieron en una jam constante en la que las canciones se extienden y en varias ocasiones se hilvanan casi sin pausa. Los bongos que suenan en medio del caos remiten inevitablemente a Santana y, más acá, a The Mars Volta, mientras que el pulso jazzero tiene reminiscencias de Return To Forever y Mahavishnu Orchestra. Se trata de un puzzle musical impresionante para alguien que tiene apenas 26 años.

Greep tiene un gran sentido del humor que recuerda al de Mike Patton. Por ejemplo, destina un segmento de “Blues” para hacer sonidos guturales distorsionados y en “Holy, Holy” incita al público a corear el “Heigh-Ho” que cantan los enanitos de Blancanieves. Aunque parezca un chiste, es uno de los momentos más altos del show, donde el cantante se transforma por unos instantes en un predicador al grito de “sagrado, sagrado”. Si lo hubiese querido, podría haber creado su religión en ese instante, con el público rindiéndole pleitesía completamente a sus pies.

Al igual que el líder de Faith No More y Me. Bungle, también comparte su pasión por los ritmos extremos y la world music. En su banda hay un percusionista que es el responsable de dotar de aires latinos al grupo y que tiene su momento estelar en “Bongo Season”, donde se bate a duelo de batucada con el baterista. El ex Black Midi deja en claro que tiene la cabeza bien abierta, tanto que opta por ignorar casi por completo a su antigua banda para meterse de lleno en su “nuevo sonido”.

Tras poco más de una hora y media de intensidad, Geordie Greep adoptó el papel de crooner y cerró con la balada “The Magician”, no sin antes despacharse con una larga zapada que incluyó un fragmento de “Seminare” de Serú Girán, banda que conoce bien. Fue una forma discreta de mandar al público a descansar. Ya le había dado una dosis de música atronadora interpretada con un virtuosismo de alto nivel. Ni siquiera tocó su único álbum completo, pero tocó el doble que Weezer, que tiene quince discos y más de treinta años de carrera. Simplemente impresionante.

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Publicado el 29 enero, 2026

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