Después de brindar un gran concierto en esa misma sala, Divididos invitó a escuchar su nuevo disco en el Movistar Arena
✎ Carlos Noro
La presentación del nuevo disco de Divididos en el Movistar Arena tuvo una dinámica tan inusual para un estadio como profundamente coherente con la identidad del trío: un encuentro en tres movimientos —documental, escucha completa y entrevista en vivo— separados apenas por un intervalo estrictísimo de diez minutos, casi quirúrgicos, que funcionaron más como un cambio de respiración que como una pausa real. Fueron cerca de tres horas que se deslizaron sin fricción, sin la percepción del tiempo lineal, como si el reloj hubiera quedado suspendido en la puerta y lo que ocurriera adentro obedeciera a una lógica emocional, íntima y expansiva. El Movistar estuvo lleno, con el campo diagramado íntegramente con sillas —una disposición insólita para la escala del lugar— que convertía al estadio en una especie de teatro inmenso, predispuesto más al silencio compartido que al estallido típico del rock.
Antes de esa secuencia formal, hubo un encuentro previo para prensa que ya insinuaba el clima de proximidad que atravesaría toda la noche: mientras la gente comía, bebía y retomaba conversaciones que el ritmo cotidiano suele achicar, la banda apareció a saludar con una naturalidad casi doméstica, sin protocolos ni distancias, provocando ese pequeño sacudón de realidad que se siente cuando lo extraordinario decide mostrarse sin maquillaje. Ese gesto inicial —tan simple como fundante— fue la llave que abrió todo lo que vino después: una experiencia concebida no como un show sino como un territorio común de sensibilidad, donde miles de personas aceptaron, sin estridencias y sin apuros, sentarse a escuchar, pensar y sentir juntas.
El documental: un nuevo comienzo, una vieja intuición
“Sonidos, barro y piel” se abre con una escena que funciona como declaración estética y emocional: el estudio La Calandria, ese espacio íntimo donde Divididos construyó la dedicación que se aleja de la mera prolijidad y se acerca más a una forma de purificación, como si la banda necesitara sacudir el polvo emocional acumulado durante quince años sin arquitectura sonora del nuevo disco, aparece siendo pintado, revocado y preparado con una un álbum nuevo, para permitir que algo esencial, primitivo y todavía informe pudiera emerger sin interferencias ni ruinas simbólicas del pasado. Ese acto, aparentemente pequeño, instala desde el comienzo la idea de que ninguna creación significativa puede brotar sin antes desmontar las estructuras que la limitan, y convierte el espacio físico en un protagonista dramático que vibra, se transforma y respira junto a los músicos, recordando que toda obra nace tanto de un territorio concreto como del estado espiritual de quienes lo habitan.
A partir de ahí, el documental se despliega como un transcurrir de capas —sensoriales, afectivas, estéticas— que combinan imágenes inéditas del trío en pleno proceso creativo con un discurso fragmentado donde cada integrante revela una sensibilidad distinta, permitiendo que la obra se entienda no como un producto terminado sino como una entidad viva, en permanente mutación. Ricardo Mollo, con su manera de hablar que oscila entre la introspección casi mística y la lucidez de quien lleva décadas observándose a sí mismo mientras observa al mundo, introduce la noción de trance como condición necesaria para tocar, evocando aquel gesto infantil de apretarse los ojos “bien fuerte hasta ver colores” para describir cómo la música, en su experiencia, no proviene de un razonamiento metódico sino de un estado alterado que desarma las barreras de la percepción racional y permite que el cuerpo acceda a una zona donde la emoción se vuelve materia sonora. Esa imagen de los colores internos —que aparecen cuando se clausura la mirada externa— se encadena con su confesión de que, en vivo, a veces no puede mirar al público porque la emoción que recibe lo conmueve hasta la vulnerabilidad, obligándolo a levantar la mirada hacia un punto neutro donde pueda sostener el trance sin quebrarse, y esa desnudez emocional convierte al documental en una pieza donde el mito de la aplanadora se resquebraja para dejar aparecer al hombre que la sostiene.
En contraste, aunque no en oposición, Diego Arnedo aporta una densidad conceptual asociada a la profundidad y la gravedad, condensada en la metáfora del “fondo del mar”, ese lugar donde los sonidos se desplazan con otra lógica, donde las vibraciones adquieren un grosor que no puede lograrse en la superficie, donde todo se mueve con un tempo más lento y primario, como si cada nota debiera atravesar capas de agua, presión y memoria antes de llegar a su destino. Esa relación con la música, entendida como inmersión más que como ejecución, permite comprender por qué el disco se sostiene en un estrato emocional tan hondo, por qué cada línea de bajo parece más una corriente subterránea que un mero elemento rítmico, y por qué el álbum respira de un modo que confunde lo acústico con lo líquido, lo íntimo con lo tectónico.
En ese entramado emocional aparece Catriel Ciavarella, cuya intervención, aparentemente más sencilla en su formulación, introduce sin embargo la idea que completa el triángulo conceptual del documental: tocar es “dejar el corazón”, es decir, desprenderse de cualquier artificio intelectual para permitir que el gesto musical surja desde un centro vulnerable que no puede impostarse, porque en él no manda la técnica sino la honestidad. Su visión funciona como la bisagra que une el trance de Mollo y la profundidad de Arnedo, reforzando la idea de que este disco se construyó desde una sensibilidad expuesta, sin blindajes, sin capas de distorsión que escondan la fragilidad que lo atraviesa.
Las imágenes de naturaleza —cortezas cuyas grietas parecen mapas, piedras que guardan siglos de erosión, hojas que se balancean apenas, sombras que se pliegan como respiraciones— no operan como un alivio visual sino como una traducción estética del proceso creativo: así como la naturaleza no se explica a sí misma ni se justifica, el disco parece surgir desde una intuición que antecede a la razón y que recupera esa lógica infantil donde el mundo se comprende sin intermediarios conceptuales. El documental sugiere que la banda intentó grabar desde ese estado, desde una escucha más atenta a lo que sucede en lo minúsculo que a lo que se impone en lo espectacular, y que esa forma de trabajar se convirtió en la clave para que el disco tuviera textura, piel, respiración propia.
En un momento que resuena como una epifanía y que podría ser fácilmente ignorado por quienes buscan explicaciones lineales, Mollo pronuncia la frase que sintetiza toda la filosofía estética de “Sonidos, barro y piel”: “La creatividad no te pertenece. Sos simplemente un canal.” Esa idea, lejos de ser un gesto de modestia, representa una manera de entender la creación artística no como acumulación de destrezas sino como disponibilidad para que algo pase a través de uno, para permitir que lo desconocido se manifieste sin interferencias. En ese marco, el documental deja de ser un registro del proceso y se convierte en una suerte de manifiesto emocional, donde el barro simboliza la materia prima —imperfecta, caótica, nutritiva— y la piel representa la sensibilidad que permite moldear ese barro sin perder la humanidad en el intento.
“Sonidos, barro y piel”, entonces, no explica el disco: lo revela, lo decodifica desde adentro, lo expone en su origen antes de solidificarse en canción, mostrando que lo que Divididos presentó en el Movistar Arena no fue simplemente un álbum nuevo, sino el resultado de un estado colectivo donde trance, profundidad, entrega, intuición y vulnerabilidad se convierten en la verdadera materia compositiva.

La escucha: un estadio en silencio
La escucha del disco —concebida por la banda como un núcleo casi sagrado dentro de la noche— convirtió al Movistar Arena en un espacio que dejó de ser su propia arquitectura para transformarse en un territorio de percepción intensificada, donde las canciones, las imágenes proyectadas y las palabras en pantalla formaron una atmósfera de suspensión tan inusual en un ámbito masivo que, por momentos, resultaba evidente que el público había decidido abandonar toda expectativa de espectáculo para entregarse a una forma de contemplación colectiva. Ese silencio —denso, vibrante, sensible— no se vivió como contención, sino como la condición necesaria para que el disco se revelara en la forma en que había sido concebido: como un tránsito interior. Pero incluso dentro de ese clima casi meditativo, ocurrieron irrupciones espontáneas, momentos donde el estadio recordó quién era y de dónde venía; entre algunos temas, sin romper la ceremonia, estalló ese canto eterno —“La aplanadora del rock and roll, es Divididos, la puta que lo parió”— que ascendía desde las butacas como una declaración de pertenencia, una forma de decir estamos acá, no para exigir volumen sino para acompañar el riesgo emocional que la banda había decidido tomar. Ese canto, breve pero firme, operó como respiración colectiva entre estaciones del viaje.
El recorrido comenzó con “Aliados en un viaje”, pieza que avanza con el vértigo de un motor encendido y que, en lugar de lanzarse hacia la épica exterior, se dirige hacia un aprendizaje íntimo que funciona como apertura emocional del disco: las palabras proyectadas parecían flotar sobre imágenes de cortezas, nubes y agua que se movían apenas, reforzando la idea de que aquello que se estaba por escuchar no era un regreso espectacular sino un desplazamiento hacia adentro. El paisaje se volvió más áspero con “Monte de olvidos”, donde las rocas, grietas y texturas geológicas ampliaban la sensación de que la memoria —lejana, enterrada, erosionada— se convertía en el terreno fértil de una nueva forma de sensibilidad.
La deriva se volvió más onírica en “Bafles en el mar”, tema que encontró en las imágenes acuáticas su complemento perfecto: agua vibrando como si llevara sonido en su interior, burbujas ascendiendo desde profundidades imaginarias y palabras que parecían flotar en un medio distinto al del aire. Esa imagen de parlantes sumergidos funcionaba como metáfora del disco entero: la música insistiendo incluso en los territorios donde la lógica dicta que debería extinguirse. En “Doña Red”, las imágenes urbanas —cables, estructuras, ritmo nocturno— tejían un contrapunto más terrenal que recordaba que el universo sensible del álbum no niega el mundo: lo incorpora.
El punto de mayor intensidad emocional llegó con “El faro”, donde la luz proyectada en la pantalla funcionaba como una presencia ambigua, capaz de guiar y herir al mismo tiempo. El ADN hendrixiano de la canción reforzaba la sensación de trance que Mollo había narrado en el documental y la pantalla, con sus destellos mínimos, expandía ese estado. La tensión social reapareció con fuerza en “Mundo ganado”, donde la frase “un banquete de hoy con hambre a futuro” —tipografiada como una herida luminosa— encontraba eco en las imágenes de gente caminando, clara referencia visual al universo de Us and Them, y revelaba la urgencia emocional que atraviesa al disco.
A esa densidad le siguió el impulso vital de “San Saltarín”, donde la pantalla se volvió más juguetona, y a su vez un momento breve de distensión colectiva dio paso a una de las entregas más íntimas del álbum: “Vos ya sabrás”, balada donde la frase “te acerco un poco de mí” aparecía como una confesión expandida en el aire. La electricidad regresó con “Revienta el Mi Mayor”, donde la pantalla vibraba como si fuese el interior de un amplificador respirando; luego, en “Insomnio”, la noche se volvió más veloz, más inquieta, más urbana, acompañada por sombras y luces intermitentes.
La ironía urbana de “Cabalgata deportiva” trajo imágenes de movimiento, tránsito, arquitectura exhausta, retratando un mundo que avanza sin dirección clara, antes de que el cierre emocional del álbum llegara con “Grillo”, una pieza donde la acústica delicadísima dialogaba con imágenes de naturaleza mínima —hojas, insectos, brisas—, recordando que la humildad de lo pequeño puede ser más reveladora que cualquier estruendo. La frase final, “quiero ser un grillo más”, proyectada en la pantalla, cayó sobre el estadio como un susurro compartido.
Durante toda esta travesía de doce canciones, el silencio del público actuó como el cuarto instrumento del grupo, pero ese silencio nunca fue absoluto: era un silencio habitado, respirante, orgánico, que en ciertos momentos se quebraba no para interrumpir sino para afirmar una identidad colectiva. Cada vez que la multitud estallaba con “La aplanadora del rock and roll, es Divididos la puta que lo parió”, no se rompía el clima: se lo completaba. Era el recordatorio de que el viaje interior que propone el disco convive con una memoria fectiva que ningún silencio puede borrar.

La entrevista, el público y las canciones finales: un mismo latido compartido
Cuando terminó la escucha del disco, el filósofo Darío “Z” Sztajnszrajber tomó el micrófono y, sin fracturar el clima introspectivo que había permeado cada rincón del estadio, comenzó a desplegar una serie de reflexiones que tensaron la noche hacia un territorio donde la filosofía se volvió una extensión natural de la música. Habló de la vieja disputa entre Apolo y Dionisio, entre la claridad que ordena y el impulso que desborda, subrayando que nuestros cuerpos viven hoy bajo el triunfo absoluto de lo apolíneo: eficiencia, forma, productividad, velocidad, nitidez. En contraposición, lo dionisíaco —esa zona donde el mundo se siente más que se piensa— quedó relegado a un margen que ya ni siquiera sabemos cómo habitar. Luego ingresó el trío que después de los aplausos de rigor se acomodó en una especie de living armado sobre el escenario. Y en ese instante, casi sin proponérselo, sus palabras empezaron a dialogar de manera directa con todo lo que el documental había mostrado y con todo lo que el disco acababa de sugerir: la intuición entendida como método creativo, la niñez como un modo primordial de percepción, la música que baja sin dueño ni control, el trance como un estado en el que tocar se vuelve un modo de existir y no una acción técnica. Mollo habló de apretarse los ojos hasta ver colores cuando era chico, como si ese gesto volviera ahora para explicar por qué tocar sigue siendo para él una forma de entrar en un territorio emocional anterior al lenguaje. Arnedo, con su calma habitual, describió el acto musical como la sensación de sumergirse en el fondo del mar, un lugar donde la gravedad cambia y el tiempo deja de tener la tiranía que tiene en la superficie. Catriel apuntó hacia lo manual, lo físico, la vibración real de la madera y los parches como si lo orgánico fuera una forma de resistencia frente a un mundo que insiste en emularlo todo. Así, entre los cuatro, construyeron una conversación donde la filosofía y la música se anudaron en un mismo gesto: el intento de recuperar la profundidad frente a un presente que parece empeñado en triturarla.
Cuando el micrófono pasó al público, aquella densidad inicial no se diluyó sino que se expandió hacia un registro más emocional, más biográfico, más corporal. No hubo preguntas frías ni intervenciones rutinarias: hubo historias de infancia, padres y madres que transmitieron canciones como si fueran herencias afectivas; hubo personas que contaron cómo descubrieron a la banda en momentos de crisis y encontraron en sus letras un modo de seguir adelante; hubo niños pidiendo abrazos, voces jóvenes hablando de identidad, adultos reflexionando sobre la memoria y la transmisión. También surgieron preguntas sobre la vigencia de lo analógico, sobre el modo en que Divididos interpreta un rock que para muchos ya pertenece a otro siglo, sobre cómo explicar su música a quienes no comparten lengua ni cultura. La banda respondió a todo con un grado de apertura que desarmó cualquier idea de distancia: hablaron del zapatero que fue Mollo y de cómo ese oficio convive con la creatividad; hablaron de los ensayos eternos en quinchos cuando todavía no tocaban para nadie; hablaron de la pasión como una fuerza que no sabe de relojes; hablaron de las texturas reales que ofrecen los instrumentos analógicos; hablaron del orgullo que sienten por un público intergeneracional que llega en familia sin que nadie lo proponga explícitamente. Y en ese vaivén entre preguntas, testimonios y reflexiones, el Movistar Arena dejó de parecer un estadio y se convirtió en un gigantesco comedor comunitario donde miles de personas hablaban en voz baja, asentían, se emocionaban, se reconocían en lo que el otro decía. Ese clima, imposible de repetir artificialmente, reveló algo esencial: Divididos funciona como una especie de articulación entre generaciones, un puente donde cada uno encuentra un lugar propio sin necesidad de renunciar a nada.
Cuando la conversación llegó a su punto más cálido, el trío se desplazó hacia el living improvisado en el escenario, una escenografía mínima que reforzó el espíritu doméstico que dominó la noche: sillas bajas, luces tibias, guitarras apoyadas contra el sillón como si fuera la casa de un amigo al que uno visita seguido. Allí, sin amplificaciones excesivas ni artificios, ofrecieron dos canciones acústicas que terminaron de cerrar la atmósfera que se había instalado desde el comienzo. Primero tocaron “Mundo ganado”, en una versión tan despojada que permitió escuchar la respiración entre frase y frase, como si el tema revelara su estructura secreta cuando se le retira todo adorno. Después llegó “Pepe Lui”, que apareció como una despedida íntima, casi confidencial, un modo de agradecer y a la vez de liberar todo lo acumulado en las horas previas. No hubo épica, no hubo estruendo, no hubo brillo superficial: hubo un acto mínimo, delicado, donde la música volvió a ser lo que siempre debería ser —una forma de vincularse con otros, de reconocerse, de abrazar sin tocar, de respirar en la misma frecuencia durante un instante que, aunque breve, se vuelve inolvidable.