Parafraseando a la reina del pop cualquiera podría preguntarse Who are those guys? y la respuesta está en Esto Es Nota
✎ Pablo Díaz Marenghi
“La gente trata de menospreciarnos, sólo porque nos movemos, las cosas que hacen se ven horribles f-f-frías, espero morir antes de envejecer, esta es mi generación”, cantaba Roger Daltrey con The Who en 1965. Una melodía proto punk abrigaba uno de los primeros gritos de rebeldía juvenil lanzados como un escupitajo a la frente del inglés más bienpensante desde la cultura rock. Pasaron sesenta años: ¿Qué pasó en el medio?
Como suele ocurrir, el propio sistema capitalista suele fagocitar sus propios intentos de resistencia transformándolos en bellos productos empaquetados prestos a ser digeridos desde el más absoluto confort. Como esos chicles redondos de colores brillantes que solían verse dentro de una máquina y uno podía adquirir a cambio de una moneda.
Pasaron seis décadas de aquella canción que Pete Townshend compuso en un viaje en tren pensando en la Reina Madre y sin embargo parecería ser que aún seguimos haciéndonos las mismas preguntas: ¿Cuál es el grito enfurecido de la generación actual?
Aquellos pibes y pibas bombardeados por pantallas, algoritmos y selfies, entreverados entre un amor libre que se ofrece como espejitos de colores, apuestas online e hiper sexualización. ¿Cuáles son las canciones de la generación cultora del humor brainrot? ¿A qué le cantan?
En medio de un hedonismo vacío, donde cada vez parece importar más la pose, la obsesión por el cuerpo hegemónico y la mejor adecuación posible al filtro de Instagram, por estos días decidí dejar atrás las plataformas y buscar aquellas canciones que tanto había escuchado en Spotify en sus presentaciones en vivo. Quería comprobar de forma empírica cómo sonaban estos cantautores que me estaban partiendo la cabeza porque encontraba en ellos algo que, al menos en mi caso, no me había interpelado aún de este modo.
El trap nunca fue lo mío. El indie rock sigue siendo mi primer amor y el pop siempre tiene algo nuevo que ofrecer pero necesitaba algo más. Aquello que decía Luca Prodan: denle a alguien una guitarra criolla y que se toque un tema que me parta. Eso encontré en las composiciones de Nazareno Nota y de la banda Máze. Todo esto sumado a que ambas propuestas son de mi querida zona oeste natal, me impulsaron a acercarme un poco más.
El odio como cura de la anhedonia
Así llegué a sus presentaciones en la Capital Federal donde pude comprobar varias cosas. Primero esto que escribió el querido Walter Lezcano en una nota que publicó hace unos días en La Agenda en donde analiza a estos dos artistas junto al patagónico Gaby Caniza, el otro puntal de esta triada de la honestidad en el under post pandémico: “ser rockero es tomar consciencia de todo lo que duele”.
Lo que más me impactó de Nota y Máze al escucharlos fue su lírica. Letras despojadas, descarnadas que tenían, al mismo tiempo, un cuidado por el lenguaje y tomaban problemáticas cotidianas que interpelan a su generación y también a los de treintis, como mi caso, y un poco más allá también. Hablan del amor roto, de la salud mental, del clonazepan y de los vínculos emocionales.
Pero también hay calles, veredas, suciedad, botellas rotas y Dios. Eso lo cuenta Nota en la gran entrevista que le hizo Paz Azkárate para la Rolling Stone. Eso también me interpela ya que también pasé por la educación católica. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Eso está en las canciones del Nota.
Hasta allí llegué el pasado miércoles en la presentación oficial de Subidos al pony, para mí el disco nacional del año. Quise ver el show lo más cerca posible del escenario. Se vivió como una consagración. Nota es una suerte de amalgama entre Pity Álvarez, Dillom y Adrián Outeda. Mixtura el rock barrial, la mal llamada música urbana y el hardcore a la vez que se mezcla con cierto dejo folklórico.
Es un trovador de las barriadas que se caga en cualquier impostura. Como bien señaló otro querido colega de este medio, Facu Arroyo, hay otra referencia clave: los Gardelitos. Nota es fan, no se cansa de reivindicarlos y esto aparece en todo lo que hace.
Alguien que nos salve
El sábado llegó el turno de conocer a los Máze, banda que la venía pegando al haber tocado en el Festival Nuevo Día y el Quilmes Rock. Me llamaban la atención las tapas de sus EPs: billetes arrugados de $2, $5 y $10 de esos que ya no circulan. Sus letras también maridan bárbaro con las del Nota y Gaby Caniza –de hecho cantan los tres juntos en “No Llores Más”, una suerte de velada Avenger del under– al hablar de desamor, histeriqueo, cierta nostalgia por la juventud que se va a toda velocidad y algo de angustia existencial de la Generación Z. Y ansiedad, por supuesto. Tal vez la fibra que más nos atraviesa a todos en estos momentos. El sonido era un émulo entre Hojas por el barrio, Strokes y cierta reminiscencia ricotera.
En ambos shows se percibió una calidez del pogo, mosh y slam en donde se entremezclaban los fieles con los recién llegados, como mi caso. Pero que, al mismo tiempo, parecía que todos formábamos parte de lo mismo. Pibes y pibas en cuya educación sentimental se perciben las mismas influencias –Intoxicados, Gardelitos, Guasones pasando por Flema, Fun People y Eterna Inocencia– y que celebraban a sus amigos del barrio copándole la parada a los porteños.
“Hola, soy Santi, tengo 27 años y toda la vida por delante”, decía el cantante de Máze promediando el show que abrió la jornada de Sonido Konex donde luego tocarían Mora y los metegoles y Mi Amigo Invencible. Sonreía mientras cantaba y sus ojos brillaban. Se notaba una mezcla de felicidad, desparpajo pero, al mismo tiempo, humildad. Algo que en estos tiempos digitales escasea y se termina convirtiendo en un soplo de aire fresco.
Una pregunta que aparece también en aquel texto de Lezcano es: ¿De dónde salieron estos pibes? En tiempos en donde parecía ser que los únicos horizontes para los nuevos artistas iban hacia el trap o el pop, surgen voces que se embeben de aquella canción más sincera y cruda que intenta convertir en canción a sus dilemas existenciales.
Hay algo magnético en lo que lograron y algo misterioso que se le escapa a esta crítica, imposible de ser cifrado en un texto y que, más bien, se convierte en una invitación al lector a que suelte la pantalla por un rato y se acerque al lugar que sea donde toquen estos músicos. De igual modo, como canta Máze en “Tiempo Necesario”: pensar, pensar, pensar, pensar, no me sirve de mucho.