Un petardo cerca de la refinería

Andrés Calamaro volvió a La Plata después de mucho tiempo. “Hermosa ciudad, la del juicio por el porrito”, dijo

 Facundo Arroyo

La difícil, la que usa el salmón. Nadie comparte la música de Calamaro en redes pero en sus Wrapped´s sale, y cómo sale. Te quiero pero te llevaste la flor y me dejaste el florero. Nadie había sacado la entrada para venir a verlo pero el Hipódromo estaba lleno. Es verdad, cuando no canta, todos temen que el salmón diga alguna barbaridad. Pero hace un tiempo, más o menos desde que dejó de hinchar en X, Andrés está dedicado a hacer buenos shows. A compartir con amigos; en este caso con Santi Motorizado, Juanchi Baleirón y Manuel Moretti. A que su banda suene lo mejor posible. Por eso no habló mucho en esta tan cálida noche de verano platense, salvo cosas como “Vamos Laprida” y el respeto, una historia sobre Mariano Mores y Edmundo Rivero (“hacían canciones hermosas y machistas”, yendo al fleje) y dejó en claro, a raíz del coro masivo e interminable, que sus canciones siguen estando en el centro de esa llama que se ve en el horizonte. 

Me queda servida la imagen: en esta noche Calamaro es como una refinería controlada. Mientras no escupa demasiado fuego puede estar entre nosotros generando el combustible de todo lo que nos lleva por los caminos, hacia adelante, carguemos otra vez el termo en alguna estación de servicio en Ruta 2. No tengo ni idea quién va a escribir la historia de lo que pudiera haber sido, si ya casi nadie sueña dormido. Calamaro también se pasó la noche vinculándose a la Ciudad de La Plata. Estaba encantado con el marco y con volver después de tanto tiempo. Inmortalizó a La Cofradía, a Los Redondos (“es una linda coincidencia que esta noche toquen los Fundamentalistas porque la última vez que vine a La Plata fue para cantar El salmón con el Indio”), El Mató, Guasones, Estelares y dijo sobre Federico Moura que siempre será un talismán. En ese mismo instante, la periodista Sofía Olivera miró la hora en su celular, eran las 11:11 y de fondo de pantalla estaba el cantante de Virus.

En la trastienda de este show, decíamos con mis amigos que teníamos que ir con termos de mate bajo el brazo. Un peligro para la seguridad del show, una oportunidad de paz para la neurosis actual y de fin de año. Nunca no me acuerdo de esa nota en La Mano que está dividida por número de termos. Son los que se fueron tomando con Andrés mientras charlaban. Primer termo de mate: que linda noche para fumarse un porrito (dijo varias veces pensando otra vez en La Plata: “el juicio del porrito”). Segundo termo de mate: me aplastó ver al gigante. Y así. Me fascina cuando canta un tango y se mueve como si fuera el Indio. A La Plata le tocó “Cafetín de Buenos Aires”. Pone en juego dos de sus condiciones trascendentes: el bohemio instruido y el intérprete fenomenal.

Pastillas, la última esperanza, podés pedirle pastillas a tu suegra dice en “Clonazepán y circo”, una canción que estuvo ausente del tremendo listado de la gira. Calamaro tiene, como dice una poeta, la delicadeza del suburbio. Un hombre capaz de volver a su oficio y darle la espalda a la persona más hermosa del mundo. Un encantador maldito que seduce, primero a los hombres de las cuatro décadas y después a las mujeres sin mayores enrosques. Es un artista incómodo para la cultura actual pero que se desliza entre nosotros. Va entre la memoria emotiva y las grandes canciones, entre la historia del cordón y el cinismo cosmopolita, entre la tradición más dura al verso más revelador. “Puede desaparecer en cualquier momento, siempre lo hace, y por eso hay que disfrutarlo”, dijo alguien entre la tribuna mientras ese loco lindo se hacía el torero con su campera de cuerpo. No sé si estoy despierto o tengo los ojos abiertos. Sé que te quiero igual, Andrés. Se lo dijo Santiago y se lo dijimos todos.

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Publicado el 28 enero, 2026

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