Christopher Cross y TOTO tocaron en el Campo de Polo de Buenos Aires
✎ Carlos Noro
El sábado por la noche, el Campo Argentino de Polo fue escenario de una celebración que escapó deliberadamente al golpe bajo de la nostalgia y eligió otro camino, más adulto y menos efectista: el del oficio musical entendido como valor en sí mismo. Christopher Cross y TOTO pasaron por Buenos Aires con propuestas distintas pero profundamente emparentadas, unidas por una misma concepción estética donde la canción ocupa el centro, la técnica se subordina al sentido y la elegancia funciona como una forma de resistencia frente a la inmediatez, el ruido y la ansiedad de época.
No es casual que el clima de la noche se haya construido desde ese lugar. Christopher Cross es una de las figuras fundamentales del soft rock y del A.O.R. norteamericano de fines de los años setenta y comienzos de los ochenta. Su irrupción fue tan fulminante como singular: su álbum debut Christopher Cross (1979) obtuvo cinco premios Grammy y lo instaló de inmediato como referente de un sonido melódico, pulido y emocionalmente contenido, donde la canción y el clima importaban más que la exhibición. Obras como “Sailing”, “Ride Like the Wind” o “Arthur’s Theme (Best That You Can Do)” definieron una época en la que la radio privilegiaba la armonía, la producción cuidada y una sensibilidad adulta que hoy parece casi un gesto contracultural. Con el paso del tiempo, Cross dejó de ser solo un nombre asociado al éxito masivo para consolidarse como artista de culto para oyentes formados, aquellos que siguen encontrando en su música una forma refinada y atemporal de entender el pop rock.
Esa lógica se hizo evidente desde el inicio de su set. Lejos de cumplir el rol de simple antesala, Cross construyó un bloque sólido, coherente y emocionalmente efectivo, que funcionó como una declaración de principios. Desde “All Right”, el tono fue claro: sonido prolijo, banda ajustada y una interpretación que privilegió el clima por sobre el impacto inmediato. “Never Be the Same” e “I Really Don’t Know Anymore” profundizaron ese registro introspectivo donde la melancolía aparece sin dramatismo, sostenida por una voz que ya no busca demostrar nada sino transmitir desde la experiencia. Con “Sailing”, uno de los puntos más altos del set, el público respondió desde un lugar poco habitual en grandes predios: el recogimiento atento. No hubo euforia desbordada sino escucha. La sección media, con “Walking in Avalon”, “You” y “Arthur’s Theme”, amplió el recorrido sin romper el clima, hasta cerrar con “Ride Like the Wind” y “Think of Laura”, combinando pulso, sensibilidad y una narrativa cuidadosamente administrada.
Ese primer tramo dejó planteado el marco estético de toda la noche. Lo que se escuchó en el Campo de Polo dialoga directamente con el A.O.R. (Adult Oriented Rock) como género y como lenguaje generacional: un rock pop radiable, prolijo y cuidadosamente producido, donde la melodía, la armonía y el arreglo pesan tanto como la interpretación. En Argentina, ese sonido encontró durante décadas su refugio natural en la FM, con Aspen como referencia cultural de una audiencia adulta que sigue buscando canciones bien tocadas, sin estridencias ni excesos, sin la necesidad de validación inmediata. No es un rock que grite para existir, sino uno que se afirma desde la permanencia y el buen gusto.
Minutos después, el clima cambió de escala sin romper esa lógica. Con “Child’s Anthem”, la guitarra de Steve Lukather irrumpió cortando el viento y el cantante empujó al público a ponerse de pie. Ahí, recién ahí, el rock dijo presente en Palermo. TOTO entró en escena con un sonido impecable y ajustado desde el primer segundo, y ese impacto se entiende mejor al revisar su origen. La banda nació a fines de los años setenta en Los Ángeles a partir de un núcleo de músicos de sesión de elite —Steve Lukather, David Paich, Jeff Porcaro, Steve Porcaro— que ya eran protagonistas silenciosos de incontables grabaciones para otros artistas. TOTO no surgió desde la imagen ni desde el marketing, sino desde el oficio: músicos técnicamente brillantes que decidieron volcar su talento en canciones propias, combinando virtuosismo, sensibilidad pop y estructura rock.
Esa herencia sigue viva en la formación actual. Lukather, guitarra, voz y eje creativo, se mantiene como motor artístico indiscutido; Joseph Williams sostiene el rol de vocalista principal con una afinación envidiable, rango amplio y una entrega física sorprendente; y la banda de gira funciona como un organismo compacto y consciente de su identidad. Aunque David Paich continúa siendo miembro oficial, su ausencia en el tour no se sintió como vacío sino como parte de una transición natural hacia una estructura más funcional.
“Carmen” y “Rosanna” consolidaron el arranque, con esta última cantada de punta a punta por el público como un ritual colectivo. “99” llegó temprano y marcó uno de los primeros grandes momentos de Lukather, que incluso tomó el micrófono para demostrar que tampoco se queda corto desde lo vocal. Cada canción pareció tener su instrumento protagónico, una lógica interna que atravesó todo el set. La base rítmica fue uno de los pilares: Shannon Forrest en batería mostró swing, pegada y lectura musical, mientras John Pierce desde el bajo construyó una base sólida, elegante y con mucho groove. Warren Ham aportó color desde los vientos y las voces, ampliando el espectro sonoro sin saturarlo.
El tramo medio combinó intensidad y distensión. “Pamela” fue presentada con humor, “I Won’t Hold You Back” abrió un momento de power ballad romántica con un solo emotivo y medido, y “Angel Don’t Cry” devolvió el pulso rockero con un riff ochentoso de espíritu cinematográfico. En “I’ll Be Over You”, las luces de los celulares construyeron una postal simple y conmovedora. También se destacó Dennis Atlas, reciente incorporación en teclados y voces, con un registro vocal potente y agudo que aportó carácter propio.
Visualmente, la propuesta fue austera: siete músicos, un telón negro y el logo de la banda. Sin pantallas ni artificios. La música por delante de todo. Los bises, con “I’ll Supply the Love”, “Hold the Line” y “Africa”, cerraron la noche sin necesidad de sorpresa: clásicos ejecutados con precisión y convicción.
Más allá de los nombres propios y de la solvencia individual de cada músico, la noche terminó confirmando algo más profundo. Steve Lukather es, sin dudas, el eje visible de TOTO, pero lo que verdaderamente sostiene al proyecto no es una figura aislada sino una ética musical que atraviesa generaciones: tocar bien, sonar bien y poner la canción por delante de cualquier ego. Su guitarra no busca imponerse ni deslumbrar por acumulación de recursos; busca decir. La destreza no se exhibe, se administra. En ese equilibrio preciso entre oficio y emoción reside una vigencia que no depende de la moda ni del contexto.
Ese mismo principio se reflejó debajo del escenario. El público que colmó el Campo Argentino de Polo no respondió desde la ansiedad por la novedad ni desde la nostalgia acrítica, sino desde un lugar de escucha consciente. Gente grande, sí, pero no resignada: oyentes formados, exigentes, que valoran la melodía, el arreglo y la interpretación como partes inseparables de una misma experiencia. El A.O.R., tantas veces subestimado, volvió a mostrarse como un lenguaje sólido, adulto y honesto, capaz de llenar un predio grande sin resignar identidad. Un rock pop radiable, prolijo y bien tocado, el mismo que durante décadas encontró refugio en la FM y que hoy sigue funcionando como punto de encuentro para quienes entienden la música como permanencia y no como consumo veloz.
En el cruce entre Christopher Cross y TOTO no hubo contraste sino continuidad. Dos trayectorias distintas que confluyen en una misma concepción estética: canciones pensadas para durar, estructuras que envejecen bien porque fueron construidas con criterio, sensibilidad y respeto por el oyente. El cierre con clásicos inevitables no operó como un gesto de nostalgia, sino como una reafirmación. Cuando la música está bien escrita, bien tocada y bien interpretada, no necesita contexto ni excusas para seguir diciendo algo en el presente.
Lo que se celebró el sábado en el Campo Argentino de Polo no fue un pasado glorioso congelado en el tiempo, sino una vigencia activa. Una forma de entender el rock donde la técnica no compite con la emoción, donde la radio no es sinónimo de superficialidad y donde el paso del tiempo no es un enemigo a combatir, sino una capa más del sonido. Un recordatorio necesario de que, a veces, el verdadero gesto contracultural no es romper con todo, sino hacer las cosas bien y sostenerlas en el tiempo.