El fin de la inocencia

¿55 años del lanzamiento del segundo álbum del grupo Almendra? Claramente… ESTO ES NOTA

✎ Hernani Natale

Casi en simultáneo a la tajante sentencia “el sueño se terminó” que cantaba John Lennon en “God”, con la que sintetizaba el estallido por el aire de Los Beatles y, con ello, de las utopías que marcaron los `60; Almendra tallaba su propio epitafio y comenzaba a cerrar el primer ciclo del rock argentino con el lanzamiento de su segundo disco.

No había pasado más de un año desde aquella primera producción, que llevaba el nombre de la banda y que popularmente se lo reconocía por su tapa con la ilustración del “payaso triste”. Es más, este segundo trabajo también había sido bautizado con el nombre del grupo acompañado del número dos en romano para diferenciarlo. Sin embargo, la distancia entre uno y otro era abismal, del mismo modo que lo era la vida en el seno del cuarteto y hasta el panorama del movimiento local.

Corrían los últimos días de diciembre de 1970 y el cambio de década en el panorama del rock vernáculo no era solo nominal. Los Gatos empezaba a ser historia, a Manal le quedaba pocos meses de vida y Almendra se despedía con un disco que hacía volar por los aires el encantado mundo interior en el que había nacido y crecido, y del que había dejado constancia en la placa de la portada del “payaso triste”.

En enero de ese mismo año, el primer larga duración de la sociedad conformada por Luis Alberto Spinetta, Emilio del Guercio, Edelmiro Molinari y Rodolfo García presentaba un universo lírico y musical de ensueño, plagado de una poética prístina y canciones que rozaban la perfección.

Eran nueve composiciones de unos inocentes muchachos de firmes convicciones, que soñaban con cambiar el mundo a través del ataque del arte. Una cosmovisión que tomó su forma ideal entre ensayos y charlas en meriendas de café con leche en la casa familiar de los Spinetta, en los que incluso los padres del anfitrión participaban. Casi nada de eso quedaba en diciembre de 1970, para cuando veía la luz pública “Almendra II”. 

La genialidad que en el primer disco se había hecho presente en términos canónicos, ahora se expresaba a través del caos, la dispersión, los riffs de guitarra encendidos y las líricas lisérgicas. Siguiendo la lógica de trazar un paralelo con Los Beatles, el trabajo final de Almendra bien podría compararse con el “Álbum Blanco” de sus colegas de Liverpool. Un compendio expresado no por la síntesis surgida de la comunión, sino por la multiplicidad dada por cada uno de sus integrantes.

Precisamente, “lisérgico” sería el mejor adjetivo para calificar el grito final del grupo moldeado en el Bajo Belgrano. Una definición nacida de la literalidad y plasmada conceptualmente, acaso sin proponérselo, en los 21 cortes que conforman el álbum. Es que el alucinógeno descubierto accidentalmente por Albert Hofmann había ingresado en la vida de Spinetta y marcaba el pulso de sus creaciones.

Años más tarde, el inolvidable “Flaco” reconoció que esos hábitos lo habían alejado de sus históricos camaradas, quienes se mantenían al margen de esos consumos; pero la impronta creativa del genial músico era de tal fuerza que resultó inevitable que sacara a pasear en bicicleta a todo el grupo.

Entonces, el corazón de tiza de la muchacha ojos de papel, el Fermín que daba mil vueltas, la Ana que no dormía y jugaba con nada esperando despertar sobre el mar o la Laura que iba lentamente y guardaba en su valija gris el final de una vida de penas cedían ante visiones deformes que coqueteaban con la locura y golpeaban las puertas de la percepción.

También se diluían los vestigios “piazzolianos”, los rasgos tangueros, los atisbos jazzeros y los sonidos de la beatlemanía, para dar paso a la psicodelia hendrixiana y la fuerza hardorockera de Led Zeppelin.  

“Deberás, ave salón de turno. Ven a mí. Quiero ver tus pantallas. O cualquier cosa que me digas” o “Parvas ¿En qué parva naceré?. Parva tu hermana tan descalza. Parvas, denme tiempo para huir. Pues yo no vivo ni consisto” rezaban las líricas en esta nueva etapa. Y si “Color humano” sonaba a delirio cósmico en el primer disco; con la irrupción de “Agnus Dei” en el segundo disco –que se daba la mano con el “Revolution 9” de Lennon-, quedaba casi a la par de una canción infantil de María Elena Walsh.

Edelmiro Molinari parecía seguirle el ritmo a Spinetta cuando, por ejemplo, entonaba: “Si el cielo me envuelve, yo sé que nada me va a pasar. Pues es cielo inocente y no me podrá apresar, pero inocentemente me lo empecé a tragar. Vertientes que empiezan en mí jamás van a terminar. Dando la vuelta al mundo, volando en una mosca infernal. Y yo necesitando que empujen un poco más”. Por su parte, Emilio del Guercio anticipaba lo que se venía en materia política y, sin ambages, proponía: “Compañero. Toma mi fusil, ven y abraza a tu general”.

Una entrevista de la época en la que se anunciaba el final del grupo permite ver a Spinetta y Edelmiro afirmando que “no era una separación” sino que Almendra “se multiplicaba”. Pues bien, el disco era una muestra cabal del rumbo que iba a tomar en el futuro inmediato cada uno de sus integrantes.

Spinetta daba cuenta de su cercanía artística y humana con Pappo, Pomo y toda la corriente de rock duro que empezaba a mostrar las cartas. Pescado Rabioso iba a ser la resultante de esas influencias. Edelmiro anticipaba el proto rock stoner que iba a transitar con Color Humano; y la base rítmica Del Guercio-García proyectaba los sonidos de Aquelarre.

En “Almendra II” solo quedaba “Para ir” como un efecto residual de aquel universo construido alrededor de “Muchacha ojos de papel”. Demasiado poco para una banda cuyo líder empezaba a escribir una historia de quema de naves para dar un paso hacia lo nuevo. Un visionario si se tiene en cuenta que el mundo había cambiado tanto o más que el propio Spinetta.

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Publicado el 28 enero, 2026

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