A una década de su partida, las encarnaciones de David Bowie siguen dialogando con el presente
✎ Carlos Noro
Diez años después, David Bowie no aparece como un recuerdo fijo sino como una sucesión de apariciones. No un rostro, sino un corredor de espejos. Cada encarnación fue una forma distinta de respirar dentro del mismo cuerpo, un modo de decir que la identidad no es un punto de llegada sino un estado transitorio, siempre a punto de mutar.
Bowie no se disfrazaba: se traducía. Convertía tensiones internas, climas culturales y obsesiones estéticas en figuras visibles. Por eso sus personajes no fueron máscaras para ocultar, sino lentes para ver el mundo desde otros ángulos. Cada uno traía su propio pulso rítmico, su manera de moverse, su ética emocional.
Con Ziggy Stardust, el cuerpo se volvió antena. Un mensajero glam llegado del espacio para anunciar que el rock también podía ser teatro, deseo ambiguo, tragedia pop. Ziggy es juventud ardiendo: belleza, exceso, final inevitable. Es el mito de la estrella que se consume en su propio resplandor. Cuando Bowie lo elimina, no mata un personaje: rompe con la idea de que el éxito debe congelar una identidad.
Aladdin Sane es el rayo que parte la cabeza: fama, velocidad, paranoia, los Estados Unidos como torbellino. Si Ziggy miraba al cielo, Aladdin mira el asfalto. La música se vuelve más nerviosa, el piano se vuelve casi violento. Es la encarnación del artista desbordado por su propio reflejo, del yo multiplicado por los flashes.
Con el Thin White Duke, el calor se apaga. Todo es control, líneas rectas, elegancia espectral. No hay épica, hay distancia. Es el personaje del vacío funcional, del sujeto que avanza sin emoción, como si el alma estuviera en pausa. Musicalmente, es el puente entre el soul y la máquina, entre el cuerpo y la geometría. Es brillante, sí, pero también peligroso: el arte caminando al borde de la deshumanización.
La etapa de Berlín es una disolución. Bowie ya no necesita personaje porque se vuelve atmósfera. Fragmentos, silencios, instrumentales que respiran como ciudades de madrugada. El yo se rompe en capas. La canción deja de ser confesión para convertirse en territorio. No se escucha una historia: se atraviesa un clima. Es la encarnación del artista que acepta perder el centro para encontrar nuevos bordes.
Y en Blackstar, el ciclo se cierra sin cerrarse. Ya no hay máscara externa: hay ritual de despedida. La voz es frágil, el cuerpo está presente, la muerte es tema pero no es grito, es susurro lúcido. Bowie convierte el final en forma, el silencio futuro en parte de la obra. No hay personaje: hay conciencia. Y esa, paradójicamente, es su última metamorfosis.
Analíticamente, las encarnaciones de Bowie funcionan como laboratorios de subjetividad. Cada una explora una relación distinta entre cuerpo, deseo, tecnología, fama, política y tiempo. No se trata solo de estética: se trata de cómo se puede habitar el mundo desde posiciones distintas. Bowie no propone respuestas; propone movimientos. Y en ese desplazamiento constante, funda una ética artística: quedarse quieto es, en el fondo, desaparecer.
Por eso Bowie no envejece. Porque no pertenece a una época, sino al cambio mismo. Cuando la cultura se vuelve repetitiva, su figura vuelve como recordatorio incómodo: el arte, si no se arriesga, se convierte en decoración. Bowie eligió siempre el temblor antes que la comodidad.
Cinco temas imprescindibles para entrar en el universo Bowie
1. Space Oddity
El nacimiento del aislamiento moderno: un astronauta flotando, pero también un sujeto desconectado del mundo. Melancolía futurista antes de que el futuro llegara.
2. Starman
El manifiesto glam en forma de canción. Esperanza extraterrestre, pop luminoso y el primer gran puente entre mito y emoción adolescente.
3. Heroes
El amor como acto mínimo de resistencia. Dos cuerpos frente al muro, por un instante invencibles. Épica íntima, política sin consignas.
4. Ashes to Ashes
Autorretrato fragmentado, memoria torcida, infancia, adicción y elegancia pop. Bowie dialogando con su propio pasado como si fuera otro personaje más.
5. Lazarus
La despedida hecha arte. Cuerpo herido, voz serena, mirada directa al abismo. No hay dramatismo: hay aceptación convertida en belleza incómoda.
Diez años después, Bowie sigue siendo menos un recuerdo que una fuerza en movimiento. Un archivo vivo de identidades posibles. Una invitación persistente a no quedarse en la forma que ya funciona, a cambiar de piel cuando el mundo —o uno mismo— lo exige. Porque, al final, esa fue siempre su lección más profunda: no hay que sostener el personaje. Hay que seguir mutando.