El hombre de las estrellas

Diez años atrás, uno de los artistas más inclasificables de la historia volvió a su lugar de origen. Y así lo recordamos.

✎ Hernani Natale

El arte y la muerte. El 8 de enero de 2016, en el día de su cumpleaños 69, David Bowie lanzó “Blackstar”, esa producción que contenía “Lazarus” como corte de difusión; una canción en la que rescataba la leyenda bíblica del hombre que volvió de la muerte. Apenas 48 horas después, el mundo quedó perplejo ante la noticia del sorpresivo fallecimiento del artista.  

Algunos entendieron que el disco que había sido lanzado apenas dos días antes era la silenciosa despedida de un condenado que prefirió mantener el secreto en su círculo íntimo. Los estudiosos de su obra, en cambio, creyeron que se trataba de una performance –de esas a las que nos tenía acostumbrados- con la que cerraba el concepto artístico que sobrevolaba el flamante álbum. 

Al fin y al cabo, a lo largo de su trayectoria, había creado diversos alter-egos a los que inevitablemente asesinaba a la vista del público para dar vida a nuevos proyectos. No hubiera sido extraño que optara por llevar a cabo un último y definitivo acto de despedida para entregarse a un tranquilo retiro.

A finales de los `60, había dejado perdido en el espacio al astronauta que intentaba tomar contacto con el Major Tom de “Space Oddity” para luego dar vida a Ziggy Stardust, la estrella andrógina que venía a salvar al mundo, pero era traicionado por sus compañeros. 

A la estrella intergaláctica que se convirtió en un ícono para las diversidades sexuales la asesinó en escena para que aflorara Aladdin Sane, que a su vez también iba a tener una corta vida hasta la llegada del “Duque Blanco”. Y así, cada personaje que se le hacía carne iba dando paso a distintas etapas sonoras de su carrera. 

No puedo dar todo. Ver más y sentirse menos. Decir que no, pero que significa sí. Esto es todo lo que siempre quise decir. Ese es el mensaje que envié”, confesaba Bowie en “I Can´t Give Everything Away”, la canción con la que cerraba su último trabajo. Cuando se volvía a escuchar el tema ya con las cartas echadas, hubo entonces que aceptar que “el hombre de las estrellas” había vuelto a su planeta.

Hace diez años perdíamos al artista más inasible, integral y multidisciplinario como probablemente no hubo ni habrá nunca. Cantante, mimo, actor, performer, collagista, poeta oscuro…y se podrían seguir sumando maneras de definirlo sin llegar nunca a una descripción absoluta.

La primera aparición pública de Bowie precisamente fue detrás de una máscara. En 1964, con tan solo 17 años, brindó una entrevista bajo su nombre de nacimiento, David Jones, en su carácter de representante de una ficticia “Sociedad para la Prevención de la Crueldad contra los Hombres de Pelo Largo”. Tan adelantado a su tiempo que los espectadores no entendieron el chiste y creyeron que no se trataba más que de un jovencito pretencioso con demandas ridículas.

No pasó mucho tiempo hasta que renunció a su nombre real, por ser exactamente igual al de uno de los miembros de The Monkees, y se rebautizó con el apellido de un famoso cuchillero de otro siglo, para iniciar su recorrido musical.

Luego de un fallido debut discográfico en 1967, la fascinación de la sociedad por la conquista del espacio le dio un marco ideal para “Space Oddity”, su primer gran éxito en 1969, que ofrecía una mirada menos optimista que la que dejaba la llegada del hombre a la luna en ese mismo año.

Pero la verdadera revolución la iba a provocar en 1972 con Ziggy Stardust, su primer alter-ego con el que presentó un mundo de sexualidad andrógina que dio voz a las diversidades. La purpurina del glam-rock lo catapultó a un estrellato del que se iba a aprovechar para exponer distintos universos estéticos y sonoros.

En tal sentido, su formación como mimo de la mano de Lindsay Kemp le dio herramientas para enriquecer sus ideas musicales. O, tal vez –difícil determinarlo-, la música fue una excusa para desarrollar en profundidad sus inquietudes artísticas

En constante movimiento, a lo largo de los `70, Bowie abrazó el soul -`plastic soul´ lo renombraría consciente de que era un territorio exclusivo para negros-; se intoxicó de cocaína y coqueteó con la locura como el “duque blanco”; buscó sanar en Berlín en donde se empapó de krautrock y experimentó una nueva forma de composición alejada de convencionalismos, basada en la técnica del collage sonoro; y cerró la década visibilizando el estilo new romantic que se bailaba en discotecas alternativas.

Pero además de establecerse como una figura insoslayable dentro del rock, también comenzó a explorar en esos años su faceta actoral en diversos filmes, como “El hombre que cayó a la Tierra” y “Feliz Navidad, Mr. Laurence, por citar algunos; y en obras de teatro como “El hombre elefante”. De hecho, su presencia en la pantalla grande se mantendría en el tiempo y sumaría títulos tan eclécticos como “El ansia y “Laberinto”, entre tantos.

Los años `80 mostraron a un Bowie más convencional, reposado en un pop radial digerible, aunque nunca exento de majestuosidad, y paseando por el mundo una imagen de rockero de estadios. “Necesitaba estar en un lugar seguro”, se iba a justificar años más tarde, al lanzar una autocrítica mirada retrospectiva a aquellas épocas.

Sin embargo, ya insertado en los `90, el artista volvió a ser indescifrable para quienes se sentían cómodos con etiquetas, al desplegar un arsenal estilístico con fuerte raigambre en el rock industrial y el drum `n´ bass.

Pareció una temprana jubilación cuando a mediados de la primera década de este siglo se alejó de la escena, luego de sufrir un infarto, pero en 2013, cuando nadie lo esperaba, sorprendió con “The Next Day”, un soberbio álbum en el que lanzaba un guiño a su pasado berlinés, a la vez que, como de costumbre, visualizaba el futuro con su mirada bicolor.

Es por todo esto que, cuando se puso en la piel de Lázaro en un videoclip promocional de “Blackstar”, todos creyeron estar en presencia de un nuevo personaje portador de un mensaje a descifrar. No hizo falta mucho tiempo para comprender cuál era finalmente ese mensaje.

Ciertamente, ya no habrá más Bowie. No tendremos más esa guía que nos anticipaba el futuro o ese refugio al que se acudía cuando la vorágine social nos cacheteaba y nos hacía sentir que éramos especímenes extraños. Pero es tan inagotable el universo que puso frente nuestro que no alcanza una vida para vivenciarlo. 

Desde hace diez años, una estrella negra guía nuestro camino y nos recuerda que todos podemos ser héroes solo por un día. 

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Publicado el 28 enero, 2026

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