Relatos de un incendio

El festival Refresco volvió este viernes con una edición especial en Niceto Club

✎ Pablo Díaz Marenghi

Enero en Buenos Aires suena a angustia y desolación. Sin embargo, en este enero otoñal extraño, se había abierto una más que interesante oferta musical la noche del pasado viernes en Niceto Club.

El Festival Refresco unía a bandas indie emblemáticas con íconos del nuevo rock argentino y solistas inclasificables. Mientras tanto, a más de mil setecientos kilómetros, los bosques patagónicos se estaban prendiendo fuego y esto también se colaba aquella noche mientras algunos apuraban su cynar con pomelo y otros encendían el enésimo tabaco armado del día.

La primera banda es F9, un experimento a cargo de Shaman Herrera —uno de los protagonistas de la noche por varios motivos: no suele tocar muy seguido en Buenos Aires ya que hace varios años vive en Epuyen, Chubut y, además, se convertiría en el portavoz de los afectados por el incendio voraz— y Santi Adano (Julio y agosto, Perro pájaro). Su propuesta es bien punk, cruda. Tocan con máscaras extrañas, en una escena que parece salida de Ojos bien cerrados de Stanley Kubrick. Sobre el final, junto con la gente, cantan “unidad de los trabajadores y al que no le gusta, se jode”. 

Pibes que van y vienen, como en un boliche. A mí izquierda dos descorchan un champagne. ¿Estoy en caix y no me enteré? Mientras tanto Nina Suárez le da con toda a la distorsión de su viola y solea como el violero de Guided by voices en algún tugurio de Dayton, Ohio pero acá nomás, en Palermo. Mientras tanto, Manza Esain, con una remera negra de Bestia Bebé, toquetea perillas desde la cabina de sonido. ¿Quien mejor que él para tener todo bajo control?

El público por momentos, se muestra aletargado, como cannábico. En cámara lenta. Pocos agitan, poguean o cantan las canciones. Arriba se venden libros punks, de la editorial Piloto de tormentas. Hay un videojuego en una tele de tubo. Se venden remeras con mensajes veganos y medicinas artesanales. Hay mensajes ambiguos pero porque ambigua es la vida al fin y al cabo. Ese es el trago de refresco que se ofrece en este verano otoñal.

Promediando la noche, luego de un correcto y divertido setlist de los históricos Niños envueltos, Shaman sale vestido con una característica túnica blanca con inscripciones negras. Sale sólo con su guitarra criolla para decir algunas cosas. “Tenemos un Estado vendepatria, cipayo y eso hace lo que está pasando en el sur”, denunciaba y el público aplaudía en consonancia. “Todo fuego es político”, vuelve a subrayar cuando ya llevan quemadas cerca de 7.000 hectáreas de bosques, pastizales, plantaciones y viviendas en la Patagonia, incluso en Parques Nacionales y al menos 700 personas evacuadas.

Shaman habla del fuego pero Shaman es el fuego. El fuego del sur patagónico reposa en su garganta como el descanso de un dragón.

A todo esto, la música es la reina madre y ya no se hable más. Silencio que ha llegado ella con sus balas y flores. Así que es el turno del repertorio de los Pilares de la creación, cuyo disco de portada gris, de culto, se vendía en vinilo en la tienda al lado de la barra principal. Los caños suenan tremendos, le dan un porte a cada canción estentóreo y fatal (por ejemplo en canciones como “Perdemos la piel” o “Sur de ayer”, en donde los vientos arremeten a toda máquina).

Si ya uno ha visto varias veces a Shaman en vivo lamentablemente ha naturalizado en parte las locuras que hace con la voz. Digo en parte porque hay una dimensión desconocida indiscernible. Que pueda hacer ese canto mongol misterioso que suena al afilador más entusiasta surcando el conurbano bonaerense hecho tan sólo de la vibración de sus cuerdas vocales. Es una lástima porque realmente es un prodigio digno de vivir cada vez como si fuese un acontecimiento nuevo en cada show. Los shows de Shaman son una invitación para vivir en la película El día de la marmota y vivirlos una y otra vez como si siempre fueran novedosos.

Un pibe con la remera de Pet Sematary. Otro con la de Nazareno cruz y el lobo. Dos jóvenes se reencuentran después de mucho tiempo y se esconden al costado del escenario principal, en el lado B, en donde está ocurriendo una suerte de rave. Al mismo tiempo, los históricos Tobogán andaluz, con sus melodías indie pegajosas, desatan un pogo nostálgico y rabiosamente adolescente. Facu Tobogán despliega un cartel: es un alias para donar a las brigadas que están combatiendo al fuego en el sur. De nuevo otra vez, los relatos de un incendio se vuelven carne y uña con las propuestas artísticas. Sobre el final, los históricos Peligrosos gorriones con el querido Francisco Bochatón a la cabeza serían los encargados de darle el broche de oro a este refresco de verano sin calor. 

El festival, como suele pasar en las escenas contemporáneas, reúne tribus, amistades, procedencias y miradas eclécticas. Pero lo cierto es que, como decía un célebre himno que ya pertenece a los barrios y las calles, “cuando el fuego crezca, quiero estar allí”. La pasión por la música crece a la par de las llamas. También crecen los intentos por apagarlas. A las llamas pero también a las pasiones ¿Crece la conciencia de clase? Mientras tanto, seguimos practicando la danza de la lluvia, cantando y bailando con la música como aquella trinchera que nadie nos podrá arrebatar.

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