Heavy metal, post-punk e industrial se fundieron en una noche de Jaz Coleman en el Club Malvinas
✎ Carlos Noro
Hay artistas que suben a un escenario para tocar canciones. Otros llegan para construir una atmósfera. Y después está Jaz Coleman, que parece aparecer sobre las tablas para abrir una grieta en la realidad. Su presencia no se explica sólo por lo musical: hay algo ritual, casi chamánico, en su manera de conducir un concierto, una mezcla de profeta urbano, director de orquesta y alquimista del ruido. Cada aparición suya en Argentina funciona como una ceremonia oscura donde el rock pesado, la electrónica y la teatralidad confluyen para crear un clima denso y absorbente. No se trata de un recital en el sentido clásico del término, sino de una experiencia donde la música se convierte en invocación, en una especie de lenguaje secreto capaz de poner en palabras —o en sonidos— las tensiones invisibles del presente. La quinta edición del Club Malvinas Underground Forum, realizada el 26 de febrero de 2026 en Club Lucille, volvió a demostrar que Coleman no concibe el escenario como un lugar de entretenimiento sino como un espacio de experimentación y de invocación simbólica: un laboratorio donde se mezclan sonido, política, intuición apocalíptica y una energía que remite directamente a la tradición incendiaria de KILLING JOKE, banda que desde finales de los setenta convirtió la ansiedad del mundo moderno en música.
El contexto de la noche ya anticipaba que no sería un encuentro cualquiera. El Club Malvinas Underground Forum V Edición celebraba los 47 años de la fundación de KILLING JOKE y al mismo tiempo el cumpleaños de Coleman, una coincidencia que transformaba la velada en una suerte de rito de aniversario, casi una conmemoración cultural antes que un simple evento musical. La propuesta del club es clara y ambiciosa: construir un espacio cultural donde la música conviva con el arte visual, las ideas y una comunidad que busca experiencias distintas a la lógica habitual del circuito nocturno. En tiempos donde todo se registra, se documenta y se consume a través de la pantalla de un teléfono, la organización incluso pidió algo cada vez más extraño en el presente digital: disfrutar la noche sin teléfonos celulares. La consigna, lejos de ser un capricho, funcionó como un manifiesto implícito. En un mundo saturado de imágenes instantáneas, el Club Malvinas proponía recuperar algo que el rock siempre supo ofrecer: la intensidad irrepetible del momento.
Ese detalle no fue menor. En un contexto donde el público suele vivir los recitales a través de la pantalla del teléfono, la invitación a dejar los dispositivos guardados generó algo poco habitual: una atención colectiva casi total, una forma de presencia física que hoy resulta casi radical. La sala de Club Lucille se fue llenando de a poco con una fauna muy particular de espectadores. Había viejos seguidores de KILLING JOKE, rostros curtidos por décadas de escena alternativa que reconocían en Coleman a una figura fundamental del post-punk y del industrial, músicos y melómanos que crecieron escuchando discos que parecían anunciar el clima político y emocional del mundo contemporáneo. Pero también aparecía una generación más joven, atraída por la dimensión experimental del proyecto y por el aura casi mítica que rodea este tipo de encuentros. Predominaban las estéticas oscuras —negro, cuero, botas, maquillaje gótico— pero el público era más heterogéneo de lo que podría suponerse: artistas visuales, productores musicales, seguidores del industrial, curiosos del underground porteño y personas que parecían acercarse al evento más como a una experiencia cultural que a un recital tradicional. Lo que se percibía en el aire era una mezcla de expectativa y de curiosidad: la sensación de que algo singular estaba a punto de ocurrir.
Antes de que la música terminara de desplegarse, Coleman ya había instalado el marco conceptual de la velada. Su diagnóstico del presente fue directo y sin rodeos: la humanidad avanza hacia una forma de esclavitud digital cada vez más sofisticada, una red invisible de control donde la tecnología organiza nuestras vidas mientras vacía los espacios de encuentro real. Frente a ese panorama, la propuesta del Club Malvinas aparece casi como una provocación cultural: expandir la idea de este club a todas las ciudades del país, convertirlo en una red cultural que funcione como resistencia simbólica frente a la homogeneización tecnológica. En medio del discurso también apareció una reivindicación apasionada de Argentina: un país maravilloso, insistía Coleman, que merece mucho más de lo que recibe de su clase política. En su boca esas frases no suenan como slogans improvisados de un músico de gira; forman parte de una cosmovisión más amplia donde la cultura —y especialmente la música— puede funcionar como una forma de conciencia colectiva. El discurso no era una interrupción del concierto: era el prólogo conceptual de la experiencia.
La noche comenzó temprano, con una puntualidad poco frecuente en el circuito local. La apertura musical quedó en manos de los beats de CARNALIA, que instaló un clima electrónico oscuro que funcionó como portal hacia lo que vendría después. Su set operó como un paisaje preparatorio: ritmos mecánicos, texturas densas, pulsaciones graves que iban preparando el terreno emocional de la sala. Luego llegó el turno de TOMATES EN VERANO, banda proveniente de Mar del Plata que aportó su lectura del post-punk con una estética que dialoga naturalmente con el universo sonoro de KILLING JOKE. Mientras tanto, la sala se iba poblando de elementos que reforzaban el carácter interdisciplinario del encuentro: las obras del artista J. A. REDO se exhibían en el espacio como parte de una galería improvisada, mientras los visuales de Visual Brewer comenzaban a vestir las paredes con proyecciones que ampliaban el paisaje sensorial de la noche. El resultado era más cercano a una instalación artística que a un recital tradicional, una especie de territorio híbrido donde la música, la imagen y el ambiente construían una experiencia inmersiva.
Cuando finalmente llegó el momento central, la formación que acompañó a Coleman dejó en claro que este proyecto no es un simple side project sino un verdadero ensamble experimental de alto nivel. La dirección musical y los teclados estuvieron a cargo de Nico Sorín, referente de OCTAFONIC, cuyo rol fue decisivo para sostener la arquitectura sonora del concierto. En guitarras aparecieron Chowy Fernández y Gorisey, generando un diálogo permanente entre riffs pesados, texturas industriales y pasajes más atmosféricos. El bajo de Franco Fontanarrosa, integrante también del proyecto Nico Sorín Piazzolla, sostuvo gran parte del groove hipnótico del set, mientras que la batería electrónica de Proyecto Gómez Casa aportó una base rítmica precisa, mecánica, casi maquinal, que reforzaba el carácter industrial del repertorio. No se trataba simplemente de acompañar a Coleman: cada músico funcionaba como una pieza dentro de un mecanismo sonoro mayor, como engranajes de una máquina que Coleman activaba desde el centro del escenario.
No por nada este proyecto lleva el nombre de Dr Jaz Coleman and the Orchestra of Death. El título parece salido de un viejo laboratorio literario y condensa varias tradiciones culturales que atraviesan la obra de Coleman. Hay algo del Doctor Fausto, ese sabio que decide ir demasiado lejos en su búsqueda de conocimiento y termina enfrentándose con las consecuencias de su propia creación. También aparece inevitable la sombra del Doctor Frankenstein, el científico que logra dar vida a su criatura para descubrir luego que aquello que ha creado posee una voluntad propia. Esa dimensión prometeica —el artista como alquimista que manipula fuerzas que quizá no pueda controlar— conecta además con la estética del expresionismo alemán, donde la ciencia, la oscuridad y el desborde emocional construyen paisajes de inquietud permanente. Durante varios pasajes del concierto esa sensación se volvió casi literal: Coleman parecía abstraerse por momentos y observar el sonido que emergía del escenario con una mezcla de fascinación y horror, como si contemplara el monstruo que él mismo había convocado.
Musicalmente, el concierto se desarrolló como una arquitectura sonora cuidadosamente construida. No hubo sensación de temas aislados sino de una secuencia que avanzaba como una corriente subterránea, casi narrativa. Cada canción funcionó como un capítulo que abría un paisaje particular pero al mismo tiempo empujaba al siguiente. Heavy metal, post-punk, electrónica industrial y pulsos bailables se combinaron en un flujo continuo donde el clima se transformaba gradualmente, como si el concierto estuviera diseñado para conducir al público a través de diferentes estados de intensidad y percepción.
La apertura con Smash Up My Mobile funcionó como una declaración estética inmediata. El riff inicial instaló una densidad oscura que definió el tono general del show: guitarras ásperas, bajo profundo marcando el pulso y una voz grave que emergía al frente con una autoridad casi litúrgica. Desde el primer minuto quedó claro que el objetivo no era el impacto inmediato sino la construcción de un clima que se iría profundizando tema tras tema. La canción operó como un portal: un primer descenso hacia ese universo industrial donde la repetición del groove empieza a hipnotizar al público y a reorganizar el pulso de la sala.
Ese clima se profundizó con Catalyst, que tomó la oscuridad inicial del show y la llevó hacia una zona aún más densa. Si el primer tema abría la puerta, este segundo parecía cerrar el círculo alrededor del público. El riff se volvió más pesado y la atmósfera más compacta, como si la banda estuviera hundiéndose deliberadamente en el mismo paisaje sonoro, explorando la gravedad de sus propios sonidos.
La transición hacia Guess Again marcó el primer gran giro del set. Sin abandonar la oscuridad, el groove empezó a desplazarse hacia un terreno más retorcido y bailable. El pulso industrial se volvió más evidente y el concierto adquirió una dimensión física muy marcada: el público empezó a moverse lentamente siguiendo ese ritmo mecánico que parecía arrastrar a la sala completa.
Con Long Winter llegó uno de los momentos más hipnóticos de la noche. Construido sobre un riff heavy entrecortado y obsesivo, el tema transformó la sala en un espacio casi trance. El motivo central giraba sobre sí mismo mientras la base electrónica sostenía un pulso constante que envolvía al público.
La transición hacia Resonance fue prácticamente imperceptible. Allí apareció con fuerza el trabajo de sintetizadores de Nico Sorín, que introdujo un synth distorsionado capaz de transformar el paisaje sonoro. En varios pasajes la atmósfera recordó a la densidad hipnótica de TYPE O NEGATIVE, con esa mezcla de oscuridad y groove que convierte el riff en una especie de mantra.
Si hasta ese momento el concierto había construido una espiral hipnótica, Escalation introdujo un nuevo nivel de intensidad. El tema desplegó un carácter claramente industrial, casi cinematográfico, donde las capas electrónicas convivían con una energía punk subterránea.
El cierre llegó con Club Malvinas, una pieza extensa que comenzó con Coleman de espaldas al público junto a Sorín, como si ambos estuvieran activando una maquinaria invisible antes de que la música terminara de desplegarse. El groove inicial era sorprendentemente bailable y fue creciendo lentamente hasta convertirse en el momento más expansivo de la noche.
El sonido general reforzó esa idea de trance urbano que atravesó todo el recital: guitarras alternando distorsión y limpieza, batería electrónica marcando una pulsación constante, bajo rítmico muy presente y la voz grave de Coleman dominando el frente del escenario. Y por momentos, mientras observaba a los músicos desplegar esas capas sonoras cada vez más intensas, daba la impresión de que el propio Coleman contemplaba con una mezcla de orgullo y temor el alcance de su experimento.
Más que un recital convencional, el Club Malvinas Underground Forum volvió a funcionar como una experiencia estética total. Música, arte visual, performance, comunidad. Una pequeña sociedad nocturna que por unas horas suspende las reglas del mundo exterior.
Y mientras el DJ set dark de Hadr.ian —referente de Gothic BA— cerraba la velada, quedaba flotando una idea que atravesó toda la noche: si el futuro parece cada vez más digital, más vigilado y más homogéneo, espacios como este funcionan como refugios momentáneos donde la música vuelve a ser lo que siempre fue en sus mejores momentos: un ritual colectivo.