Dos voces en Galpón B (y Batman)

La delicadeza de un cantautor nostálgico, el estertor de un volcán patagónico y el desconcierto de un hombre disfrazado de superhéroe. Tres posibles quiebres del tedio cotidiano.

✎ Pablo Díaz Marenghi
La música es, según los que saben, melodía, armonía y ritmo. También es silencio. Pero, sobre todo bajo el complejo paraguas de la música pop, muchas veces es la voz la que se sitúa debajo de los reflectores. Al escuchar una canción, lo primero que te queda resonando es la voz. “Está buena la música pero no me cierra la voz del cantante”. O, al revés, la voz a veces es esa flor que crece en el pantano. 

La voz es, muchas veces, elegancia, otras veces tranquilidad y, unas cuantas, perturbación.

Más agudas, más graves, dos voces arremetieron en Galpón B durante esta semana y arremetieron contra el pecho, la sensibilidad y las neuronas de este cronista que intenta en estas líneas transmutar sus sensaciones en algunas palabritas ligeramente acomodadas a toda velocidad. 

Por último, un bonus track. Una voz disonante en el desierto de la vida cotidiana.

1- Buenos recuerdos

Año 2010. ¿Qué pasaba en aquel entonces?

El dólar no era una preocupación. El trabajo comenzaba de manera incipiente. Empezaba la facultad. Me ponía de novio por primera vez. Y descubría a Coiffeur. 

Aquella voz aguda y esos arreglos de guitarra me convocaron, como me había convocado en su momento Nick Drake. Con la misma pregnancia magnética. De estar seguro de no haber escuchado antes nada igual. 

Aquellos primeros discos de Coiffeur, guitarra y voz, se sentaron durante varios años en el banco de suplentes ya que el artista oriundo del oeste del conurbano bonaerense había decidido pegar el salto al electropop. 

Pero ahí estaba el anuncio de su regreso a ese formato y muchos nos amontonamos en Galpón B una noche fría de lunes, comienzo de semana, para revivirlo.

Por ahí andaba Zabo, aquel de Yo Adolescente, algo que también se leía mucho por aquel 2010. También Manza Esaín, quien había grabado esos discos icónicos, se encontraba entre los presentes.

Como siempre, hay hojas pegadas en su guitarra que indican la lista de temas. “Los del otro día estaban más cantones”, arroja ante su público y despierta algunas quejas. Es interesante que el artista proponga cierta incomodidad (Flashforward: unos días después se generaría toda una polémica al respecto de un show de Fito Páez). 

La voz de Coiffeur es como un colibrí que atraviesa un cielo de colores pasteles en vuelo rasante. Sus letras contienen una mirada inteligente sobre el amor, adelantada, que trasciende las identidades de género. Son no binarias. Es por ello que pueden interpelar a múltiples identidades. Y tal vez por eso su show se disfruta tanto. Una dosis justa de nostalgia, ternura y elucubración puesta al servicio de la canción. 

2- Desde el horizonte se acerca otro barco

Es un hombre, pero podría ser otra cosa: una tempestad, un estallido, el huracán. De pie sobre un escenario despojado, rodeado de sus músicos —los hombres en llamas—, viste un pantalón gris y una remera con capucha que parece una especie de túnica. A su diestra un piano y a su siniestra un ensamble de vientos que impone respeto y conmoción. Después, el público, las manos que se chocan, los pies que bailan, los celulares que encienden sus flashes como los anzuelos de peces submarinos exóticos.

Es un hombre, pero podría ser un centauro, el estertor de un geiser, la tensión que antecede a un sismo.

Shaman Herrera. Nacido el 23 de agosto de 1981 en Comodoro Rivadavia, Chubut, Argentina. Engendrado a partir de la fuerza de los bramidos patagónicos que dieron a su voz matices únicos entre el bramido y el canto mongol. Cada ocasión para escuchar sus canciones en vivo, con sus diferentes proyectos, se vuelve única e irrepetible. Galpón B no fue la excepción.

Allí llegamos una parva de curiosos e inquietos aquella fría noche de jueves. Una introducción más que interesante con el grupo La Sed, encendió las brasas de una noche que prometía desplegarse en toda su magnitud de la mano del cantautor emblema de la escena indie platense, que brilla con sello propio y distintivo.

Sus canciones encienden el baile. Finalizado el show, un viejo amigo me envía una foto que me permite repasar de una mejor manera lo acontecido. “No sé si vas a sacar una crónica pero ayer me llevé la lista de temas”.

La lista está escrita con fibrón negro sobre un cartón que parece haber sido en algún momento una caja. “Escape” y “Los ojos del león” abrieron el convite. “Fentanilo”, una desopilante y psicotrópica melodía nueva sorprendió al público. Sonaron clásicos del disco plateado de los hombres… como “La niebla” o “Perdemos la piel”. “Desde el horizonte se acerca otro barco”, cantamos todos sobre el final de este tema como un mantra.

Al otro día me levanto muy temprano para ir al trabajo. Duermo poco. No me importa. Las canciones de Shaman, su potencia, el ardor astringente de la cerveza en mi paladar, el velo febril que recubrió al público sumergido en una especie de ritual colectivo hizo olvidar por unos segundos a todos los allí presentes de la rutina, el tiempo y sus infortunios. Como escribió el poeta W. H. Auden: “Detengan los relojes, descuelguen el teléfono, con un hueso jugoso eviten que el perro ladre, silencien los pianos y con un sordo timbal traigan el ataúd, dejen que los dolientes vengan”.

3- “¡¿Qué carajo es esto?!”

Ya varias veces lo había visto. Con su capa, su traje negro ajustado y su cinturón. Sus inconfundibles orejas de murciélago. Su máscara. Su inconfundible símbolo (un murciélago negro dibujado sobre un óvalo amarillo) ideado por el dibujante Bob Kane y el guionista Bill Finger en 1939. 

Si estuviésemos en California, en un estudio de grabación o en una convención de comics, no sería una rareza. Pero estamos en El Talar, localidad del partido de Tigre, al norte del conurbano bonaerense, y un hombre vestido de Batman camina por el medio de la calle Chile, en sentido inverso al tránsito, con un pantalón con los colores de Boca Juniors en la mano y grita. Grita y repite lo mismo. Grita: ¡¿Qué carajo es esto?!”.

La voz como disonancia. Como conmoción. 

Lo observo. Dormí poco. Estoy en ese ritmo de cuatro horas de sueño encima: párpados pesados, una lentitud mayor a la habitual, la percepción alterada. Pero disponible a escuchar esa pregunta que me lanza aquel encapuchado del conurbano bonaerense: ¡¿Qué carajo es esto?! Yo también me lo pregunto. Muchas veces. Es la pregunta que muchas veces todos queremos hacer y nunca nos animamos. Me quedo pensando en la pregunta del embajador de Ciudad Gótica. No sé qué contestar.  

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