Las cosas que perdimos

Cuando el terror de Mariana Enriquez se vuelve canción

✎ Carlos Noro

Hablamos con Hernán Montenegro, voz de Las Cosas que Perdimos en el Fuego, sobre la influencia de Mariana Enriquez, el cruce entre literatura y música pesada, y la forma en que la banda convierte la pérdida, la bronca y la oscuridad en canciones.

La literatura de Mariana Enriquez cambió la manera de pensar el terror argentino: lo arrancó del castillo lejano y lo hizo caminar por barrios, casas tomadas, cuerpos heridos, vínculos rotos y ciudades donde la violencia social también puede volverse fantasma. En ese territorio de belleza oscura, deseo, desamparo y amenaza encontró su reflejo Las Cosas que Perdimos en el Fuego, banda nacida en Mar del Plata a partir de un primer impulso creativo entre Hernán Montenegro y Muzzu, que luego fue tomando forma con el ingreso de nuevos integrantes, canciones propias y una identidad cada vez más definida. Con Hernán Montenegro en voz, Gus y Nahufix en guitarras, Muzzu en bajo y Gastoncito en batería, el grupo convierte ese imaginario literario en sonido: hardcore emocional, post-hardcore, screamo y música pesada atravesada por riffs que arden, voces que se quiebran y atmósferas donde la pérdida no aparece como final, sino como una materia viva que todavía reclama ser escuchada.

Después de Cinco Canciones (2023), primer gesto rápido y furioso de la banda, Cuatro Canciones de Invierno (2024), donde el proyecto empezó a mostrar otra densidad compositiva, los singles editados durante 2025 y el compilado 8 Canciones para ver morir el sol (2025), publicado por Luz Sobre Tinieblas, el grupo llegó a Hasta que el mar nos lleve (2026). El EP fue producido por Gori —músico, cantante, guitarrista y productor argentino, líder de Fantasmagoria y exintegrante de Fun People— y profundiza esa relación entre literatura, duelo, bronca y distorsión. Allí la obra de Enriquez deja de ser una referencia para convertirse en una forma de mirar: una sensibilidad que entiende que lo monstruoso no siempre viene de afuera, que a veces vive en el trabajo, en la ciudad, en el cansancio, en la memoria y en todo aquello que seguimos perdiendo en el fuego.

Tomaron el nombre de un libro de Mariana Enriquez, pero con el tiempo esa referencia dejó de ser apenas un homenaje. ¿En qué momento sintieron que su obra empezaba a formar parte de la identidad profunda de la banda?

Creo que a partir de Cuatro Canciones de Invierno, donde ya tomamos algunos fragmentos para las canciones, empecé a filtrar cada vez más el humor de sus personajes y su visión general de la vida. No se trataba solamente de una referencia estética o de una admiración literaria: había algo en ese mundo que empezaba a mezclarse naturalmente con nuestra forma de escribir, de cantar y de pensar la oscuridad. En ese sentido, Hasta que el mar nos lleve es el tributo definitivo. Mariana prestó su voz para una de las canciones y toda la obra gira en torno a la relación entre Juan y Gaspar. Ahí la influencia deja de estar en la superficie y pasa a formar parte del pulso íntimo de la banda.

En la escritura de Mariana Enriquez conviven belleza, violencia, deseo, oscuridad y desamparo sin necesidad de ordenarse del todo. ¿Qué encuentran en esa forma de mirar que dialogue de manera tan natural con sus canciones?

Nuestras canciones contienen esos mismos elementos desde lo instrumental. La belleza y la oscuridad habitan en las intros, el deseo se libera en los estribillos y la violencia estalla en los riffs y en la voz gritada. Mariana ha dicho muchas veces que de chica sentía más pasión por la música que por la literatura, y que su deseo original era aprender a tocar la guitarra. Creo que esa pulsión musical se filtró de forma visceral en sus textos. Nuestra canción Las lágrimas se secan solas, por ejemplo, toma su nombre de uno de sus artículos; en cuanto lo leí, supe que debía ser el título de un tema. Ella es una gran fan de la música extrema y tal vez jamás imaginó que podía influenciar de esa manera a alguien que hace esta música en Argentina. Mucho menos en lo que estamos gestando ahora, que explora sonidos todavía más oscuros y extremos.

Ustedes se definen como una banda de “hardcore emocional”. ¿Qué verdad sigue conteniendo hoy esa etiqueta sobre lo que hacen y qué zonas de la banda sienten que ya no termina de nombrar?

Qué linda pregunta. Aunque la respuesta final queda a cargo del oyente, para mí decir “hardcore emocional” fue una forma de darle a la gente una referencia posible en estos tiempos modernos. Bandas como Cursi No Muere, WRRN o Ileso son denominadas así y, si escuchás a las tres, vas a encontrar espectros musicales muy distintos. Si dijera que hacemos post-hardcore, tal vez la idea que todavía persiste de ese estilo es la de 2010, mucho más melódica que lo que hacemos nosotros. Entonces, si tengo que explicar lo que hacemos a alguien que no conoce la profundidad de ciertos géneros, sigo usando el término “hardcore emocional”. Pero lo nuevo que estamos gestando es diferente: es más oscuro.

Me sucede que la gente que nos escucha disfruta de que “sonamos enojados”, y lo entiendo, porque realmente estoy enojado. Pero mi bronca no es contra nosotros mismos ni se agota en un dogma político. Mi enojo tiene nombre y va más allá del sistema: apunta al humano que sostiene ese horror con orgullo; a ese que, desde su pequeña y miserable posición, si puede hacerle la vida más difícil al que tiene apenas un centímetro por debajo, lo hace sin dudarlo.

En sus canciones hay una tensión muy fuerte entre lo que explota y lo que queda latiendo por debajo. ¿Cómo piensan esa convivencia entre furia, fragilidad, melodía y atmósfera a la hora de construir una identidad propia?

Pienso mucho en el black metal y en esos momentos atmosféricos que lo caracterizan. Es lo que más estoy escuchando últimamente. Mi idea es trasladar esos recursos a nuestro estilo y ver qué surge de esa mezcla. No se trata de copiar una forma, sino de tomar ciertas sensaciones: esa manera de hacer que algo parezca suspendido, amenazante, casi ritual. La banda construyó gran parte de su identidad gracias a las composiciones de Gus, quien ya no forma parte del proyecto. Ahora nos toca a quienes seguimos acá continuar ese camino y expandirlo, encontrar una nueva forma de sostener esa tensión entre lo que golpea de frente y lo que permanece vibrando debajo.

Muchas de sus canciones parecen menos interesadas en contar una historia cerrada que en abrir un clima o dejar una sensación persistente. ¿Qué lugar ocupa esa búsqueda de atmósfera frente a la necesidad de decir algo de manera más directa?

Me gustan las letras que pueden albergar más de un significado. Me ha pasado de intercambiar opiniones con oyentes que me dicen: “Esta canción habla de esto”, y aunque para mí no sea exactamente así, entiendo perfectamente cómo llegaron a esa conclusión. Me gusta que las canciones funcionen como un hechizo, que dejen una huella en el espíritu. Prefiero eso antes que lo mundano. Vivimos rodeados de frases cada vez más repetidas y “directas” que terminan vaciando el significado de las palabras. ¿Cuántas veces escuchamos la palabra “libertad” durante estos últimos años? ¿Acaso somos más libres por el solo hecho de repetirla?

Si alguien más joven escucha “Cansado de mi laburo de mierda” puede pensar: “Uh, sí, yo también, pero no quiero escuchar esto en una canción”. En cambio, si escucha “Atrapado en una realidad que repite el mismo infierno una y otra y otra vez”, aparece otra dimensión. La idea se vuelve más grande. No queda encerrada en una queja puntual, sino que abre una imagen. Y para mí la música tiene que hacer eso: abrir algo que siga trabajando adentro después de que la canción termina.

En las letras aparece lo íntimo, pero también una incomodidad con el mundo, una bronca que no se agota en lo personal. ¿Cómo trabajan para que esa experiencia individual pueda transformarse en una forma de leer el presente?

Siempre me gusta aclarar esto, tal como lo hice en una charla sobre literatura y rock: mi presente, considerando el país en el que vivimos, es de dicha. Tengo una pareja a la que amo, un techo, trabajo, proyectos artísticos y dos gatos que me desarman de ternura. Si yo me quedara solamente en lo mío, no haría esta música. Pero sigo siendo el hijo de un laburante y, exceptuando estos últimos seis años, mi vida siempre fue un infierno. Nunca me sentí cómodo con el mundo que me rodea.

Esa incomodidad genera una bronca que se nota en frases como “Renunciar es tan fácil cuando se tiene mucho, y yo nunca tuve nada” o “Sé muy bien que hay que sangrar para lograr lo deseado”. Incluso en nuestras primeras canciones cantaba: “Mis esperanzas siempre tienden a romperse”. Esa bronca jamás se va a agotar porque está ahí desde el principio y continúa hasta el día de hoy. Creo que es el signo del presente que habitamos. El problema es que mucha gente tiene esa bronca adormecida con memes. ¿Me molesta que un político robó? Hago un meme y listo. Puedo irme a laburar doce horas, total ya hice un meme. Me parece ridículo que estemos viviendo una época donde la clase trabajadora se pelea más entre sí en los comentarios de las redes sociales que atacando a los verdaderos responsables de este presente impresentable.

Hasta que el mar nos lleve parece atravesado por distintas formas de pérdida: la de un vínculo, la de un sueño, la de una expectativa sobre la realidad. ¿Qué los llevó a hacer de ese desgaste emocional el centro del EP?

La vida de un laburante está marcada por la pérdida; al menos la mía lo estuvo. Es resignarse a abandonar ciertos sueños porque no naciste en una familia que pudiera invertir en ellos. Es perder a un padre por una enfermedad; un padre con el cual mi relación, si bien fue linda, también estuvo marcada por el hecho de que se la pasó trabajando. Uno cree que al crecer va a poder acceder a aquello que no tuvo de chico, solo para darse cuenta de que ese futuro que nos cansamos de escuchar no existe. El mundo está en ruinas y lo único que nos queda es aprender a lidiar con eso. Hasta que el mar nos lleve nace de ese desgaste, de esa certeza amarga: no siempre se pierde algo de golpe; a veces la vida te va quitando lentamente las cosas que alguna vez imaginaste posibles.

Cuando escriben sobre duelo, desencanto o rabia, ¿cómo hacen para que esas emociones no queden reducidas a una descarga personal y encuentren una forma artística que también pueda interpelar a otros?

Esto tiene que ver con lo que comentaba antes sobre mis intereses a la hora de escribir. Si utilizo simbolismos, es más probable que alguien pueda conectar con la obra. Si digo “Tu partida es un cuchillo atravesado y encadenado a mi corazón”, logro una conexión más amplia que si digo “La pérdida de mi padre fue un puñal”. Si tenés a tu padre vivo, esa segunda frase tal vez no te interpele; pero si hablo de “tu partida”, todos hemos perdido a alguien. Ahí la experiencia deja de ser únicamente mía y puede transformarse en una imagen compartida. Además, si somos francos, la gente que se siente atraída por este tipo de sonidos ya ha experimentado la tristeza, la bronca y la pérdida. Nos entendemos fácilmente, o al menos eso quiero creer.

Si miran el recorrido de la banda desde los primeros materiales hasta este EP, ¿qué sienten que se volvió más nítido con el tiempo: la voz del grupo, la escritura, el sonido o la forma en que todas esas cosas se mezclan?

Es curioso el azar del tiempo: si estas preguntas hubieran llegado hace apenas un mes, las respuestas habrían sido completamente diferentes. Recientemente tuvimos un cambio en la formación y los cinco que quedamos en este barco decidimos encarar el nuevo material de una manera distinta a todo lo que hicimos hasta la fecha. Lo hacemos porque consideramos que es el camino correcto para lograr un disco debut que nos haga sentir realmente orgullosos. La voz del grupo es otra porque, en esencia, este es otro grupo. La escritura está bebiendo de nuevos autores, más allá de nuestra musa principal, y estoy llevando todo hacia un terreno mucho más personal e intenso. Estoy ansioso por forjar esas canciones, por descubrir qué forma toma esta nueva etapa cuando todo lo que veníamos siendo se cruza con lo que todavía no sabemos que podemos ser.

En este nuevo trabajo parece haber una decisión de condensación: pocas canciones, poco tiempo y una intensidad muy concentrada. ¿Qué les permitió ese formato breve que quizás un desarrollo más extenso hubiera diluido?

Me gustaría poder decir que hubo una gran decisión grandilocuente, pero la realidad es que somos una banda que no cuenta con el apoyo de ningún sello. Somos todos asalariados que apenas llegan a fin de mes. Hasta que el mar nos lleve fue lo máximo que pudimos lograr con el presupuesto que manejábamos. No es que el formato nos haya permitido mucho, salvo la oportunidad de dar el cien por ciento de lo que teníamos en ese momento. Tal vez esa limitación también dejó una marca en el material: no había espacio para adornar demasiado ni para extender algo más de lo necesario. Había que poner ahí todo lo que se pudiera poner, con los recursos disponibles y con la intensidad al frente.

¿Qué creen que revela este EP sobre ustedes que los lanzamientos anteriores todavía no podían mostrar del todo?

Exploramos un costado más oscuro, más riffero. Estoy seguro de que, hasta la fecha, Hasta que el mar nos lleve es el trabajo que más conformes nos dejó a nivel de sonido. Logramos mostrar diferentes facetas de los músicos involucrados y dejamos el terreno listo para las canciones que vendrán. El EP funciona como una puerta: muestra una parte de lo que somos, pero también deja entrever hacia dónde podemos ir. Hay algo ahí que todavía no terminó de desplegarse del todo, una oscuridad nueva, una forma más pesada de decir lo mismo que venimos diciendo desde el principio, pero con otra profundidad.

Si alguien escucha hoy a Las Cosas que Perdimos en el Fuego sin conocer el recorrido de la banda ni sus referencias, ¿qué les gustaría que le quede resonando después: una estética, una emoción o una forma particular de mirar la herida?

Una emoción que les haga sentir que, a pesar de que el mundo atraviesa un momento horrible, todavía es posible ir tras sus sueños. No desde una mirada ingenua ni luminosa en el sentido más simple, sino desde algo más terco: la idea de que incluso en medio de la pérdida, del cansancio y de la bronca, todavía puede existir una fuerza capaz de empujarnos hacia algún lugar. Me gustaría que quede eso resonando. Una herida, sí, pero también una voluntad. Una forma de mirar el desastre sin dejar que el desastre lo mire todo por nosotros.

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Publicado el 19 junio, 2026

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