Recap de una noche con Rosalía en el Movistar Arena de Buenos Aires.
✎ Carlos Rodríguez Puente
La primera imagen parece salida de la infancia.
Una caja blanca descansa en el centro del escenario. Es enorme. Impecable. Una de esas cajas de música que uno abría de chico para ver girar una bailarina sobre sí misma mientras sonaba una melodía diminuta.
Quince mil personas miran esa caja en silencio.
La tapa se abre.
Adentro está Rosalía.
Permanece inmóvil apenas unos segundos. El tiempo justo para aceptar el papel de muñeca. Después el cuerpo empieza a moverse y la porcelana se resquebraja. La bailarina abandona la cajita musical. El juguete cobra temperatura. Lo delicado descubre la fuerza. En cuestión de minutos aquella figura perfecta ya es otra cosa. Una criatura imposible de clasificar.
El concierto entero consiste en asistir a esa transformación.
Rosalía carga con una virtud extraña. Consigue que las palabras lleguen siempre un poco tarde. Mientras la intelligenzia sigue discutiendo si lo suyo es flamenco, pop, electrónica o música sacra (!?), ella ya cruzó la frontera siguiente. Camina varios metros por delante de cualquier etiqueta.
Hace algunos años seguíamos las huellas de sus canciones hasta García Lorca, las décimas del Siglo de Oro o el Cantar de los Cantares. Ahora el viaje cambió de dirección. Rosalía toma toda esa tradición entre las manos y la lanza hacia adelante con una violencia hermosa. Las palmas conservan el polvo de Andalucía mientras atraviesan sintetizadores. Las castañuelas aprenden el idioma de las máquinas. El cante jondo sale a caminar por la Vía Láctea.
Mandá vanguardia al veinte veinte.
Rosalía ya no vive ahí.
Nunca vi porno japonés.
Rosalía da la impresión de que sí.
No encuentro otra imagen para explicar la libertad con la que enlaza mundos. En una misma canción cabe Tokio y un mate amargo con yuyitos del Litoral. Spike Lee filma una seguiriya. TikTok aprende a bailar con una soleá. Todo convive porque todo responde a una lógica propia.
Tiene idioma.
No un estilo.
Un idioma.
Y cuando un artista inventa un idioma, el resto deja de escuchar para empezar a aprender.
El cuerpo entiende antes que la cabeza. Eso se ve en el campo. Miles de personas bailan músicas que jamás escucharon. Los graves doblan el aire. Los celulares levantan un cielo paralelo. Cada pantalla intenta atrapar una imagen que ya cambió cuando el video termina de grabarse.
A dos filas de distancia está Leila Guerriero. A su lado, un misterioso alguien. Durante buena parte del concierto me descubro mirándola de reojo. No por curiosidad. Por oficio. Me pregunto qué estará viendo. Qué detalle elegirá cuando todo termine. Qué imagen sobrevivirá al derrumbe inevitable de tantas imágenes.
En el centro del campo, Yudania Gómez Heredia conduce la ceremonia. No dirige una orquesta. Dirige una respiración. Los brazos escriben sobre el aire. Las trenzas también. Alrededor suyo la música gira con la precisión de un sistema solar.
Después aparece Lali y Buenos Aires explota. Hay ovaciones que pertenecen a una canción. Otras pertenecen a una época. Esta pertenece a las dos.
Y llega el final.
Rosalía empieza a cantar la última canción y algo se rompe.
Llora.
Llora sin abandonar una nota. La voz tiembla. Los ojos también. Desencajada y enfocada al mismo tiempo. Jodida y radiante, como buena humanita que es la catalana.
Entonces vuelvo a pensar en Leila.
Durante toda la noche imaginé qué estaría escribiendo.
Ahora la pregunta cambia.
Me pregunto cómo voy a escribir yo este llanto (y desde este otro llanto).
Salgo del estadio pensando que la verdadera vanguardia nunca consiste en fabricar máquinas más complejas.
Consiste en encontrar una forma nueva de seguir diciendo lo mismo que los seres humanos intentamos decir desde hace siglos.
Que estamos rotos.
Que estamos radiantes.
Que seguimos cantando igual.