Una banda mexicana. Dos fechas en uno de los bares porteños con más movida joven. Y varias razones para que esta cita sea imperdible
✎ Carlos Noro
Nacidos en Ciudad de México en 2017, DILES QUE NO ME MATEN construyeron una trayectoria que parece avanzar según sus propias reglas. El nombre tomado del célebre cuento de Juan Rulfo funciona como una primera señal de una identidad en la que la literatura y la música no aparecen como territorios separados. Desde sus comienzos, el grupo integrado por Jonás Derbez, Jerónimo Elizondo-García, los hermanos Raúl y Gerardo Ponce y Andrés Lupone se desarrolló alrededor de una dinámica colectiva, en una escena independiente mexicana atravesada por la convivencia de lenguajes, la circulación autogestionada y una nueva relación entre las bandas latinoamericanas y sus públicos. Sin ajustarse a las exigencias de una categoría única ni buscar la comodidad de una fórmula, el quinteto fue expandiendo su alcance desde los espacios alternativos de la capital mexicana hasta escenarios de distintos países.
A partir de Edificio, publicado en 2020, la banda comenzó a delinear una discografía en permanente movimiento que continuó con La vida de alguien más, Obrigaggi y, finalmente, Escrito en agua. En ese recorrido, su nombre empezó a circular fuera de México y a instalarse entre oyentes atraídos por propuestas que se desplazan en los márgenes del rock más convencional. Las presentaciones internacionales, su participación en una sesión de KEXP grabada en México y una serie de giras por América y Europa terminaron de convertirlos en uno de los proyectos más singulares surgidos de la escena alternativa mexicana durante los últimos años.
La llegada de DILES QUE NO ME MATEN a la Argentina representa un nuevo capítulo dentro de ese crecimiento. Su primera presentación en Buenos Aires agotó las entradas antes de que el grupo llegara al país, una respuesta especialmente significativa para una banda independiente que construyó buena parte de su recorrido mediante la circulación de sus discos, las recomendaciones entre oyentes y un vínculo que fue atravesando fronteras sin depender de una exposición masiva. El interés generado llevó a la incorporación de una segunda función, convirtiendo su debut porteño en una doble fecha. Antes de ese esperado encuentro con el público argentino, Andrés Lupone, bajista y multiinstrumentista de la formación, respondió las preguntas de Esto es Nota.
La música de DILES QUE NO ME MATEN ha sido definida como art rock, krautrock, psicodelia, post-punk, spoken word e incluso “música libre”. ¿Sienten que pertenecen a alguno de esos géneros? Más allá de las etiquetas, ¿qué elementos hacen que una canción resulte inmediatamente reconocible como propia?
La música de Diles es el resultado de juntar cinco gustos musicales distintos sin darle prioridad a ninguno. Por eso, termina siendo una estética que siempre es fluctuante. Durante muchos años, nuestras canciones se generaron a partir de la improvisación libre, pero ahora estamos explorando nuestra voz a través de la composición, sin dejar atrás la cualidad espontánea de la improvisación. Por ejemplo, “Las noches que dormimos en sillas” empezó como una composición escrita y terminó con el papá de Jonás (N. de la R.: Derbez, cantante y multiinstrumentista), Alain (N. de la R.: Derbez, saxofonista invitado), improvisando en el saxofón soprano.
En los últimos años surgieron en América Latina distintas bandas que recuperan la psicodelia, la improvisación y la experimentación desde una identidad propia, sin limitarse a reproducir modelos europeos o estadounidenses. ¿Cómo ubican a DILES QUE NO ME MATEN dentro de la música latinoamericana actual?
Es difícil conceptualizar ese tipo de posiciones estando adentro de la banda, pero algo que puedo decir con certeza es que somos parte de la generación de la pandemia, los blogs de música y las canciones largas, con muchas secciones.
Desde Edificio hasta Escrito en agua, pasando por La vida de alguien más y Obrigaggi, cada disco parece expresar una forma diferente de entender la composición y el estudio. ¿Qué aprendieron en cada álbum y cómo describirían la evolución de la banda a lo largo de ese recorrido?
Edificio es muy sencillo: solo fue grabar las canciones tal como sonaban en los ensayos. Si acaso hay dos o tres overdubs de sintetizadores, pero no mucho más. La vida de alguien más tiene muchas capas, las cuales fuimos conceptualizando por separado. Grabábamos un solo instrumento sin saber qué iba a venir después y así fuimos construyendo las canciones. Es como un cadáver exquisito musical guiado por Hugo Quezada. También la voz de Hugo fue una parte esencial del sonido del disco. Hasta me atrevería a decir que es Diles a través de los ojos de Hugo. Obrigaggi es un poco la antítesis de todo lo que acabo de describir sobre La vida de alguien más. Este fue un disco en el que las canciones se concibieron como una sola idea homogénea. Por lo mismo, es quizás un poco más accesible y lento. Creo que es un disco en el que intentamos describirnos con nuestras propias palabras. Si Obrigaggi fue un autorretrato, Escrito en agua es la imagen de nuestro ideal, casi como si estuviéramos describiendo a qué suena nuestra ambición. Por lo mismo, es un disco que, a mis ojos, se siente como una ficción.
Alguna vez definieron su música como “poesía y ruido”. Sin embargo, en Escrito en agua el silencio y la contención parecen tener tanta importancia como aquello que efectivamente suena. ¿En qué momento comprendieron que dejar de tocar también podía ser una decisión musical?
Si piensas en el ritmo como un código binario, te das cuenta de que los ceros y unos son ruido y silencio. El silencio como decisión consciente es un acto de contención que ayuda a resaltar todo lo demás y, al mismo tiempo, te recuerda la importancia que tiene aquel instrumento que se calló, una vez que vuelve.
La improvisación continúa siendo fundamental para la banda, pero Escrito en agua es, al mismo tiempo, su disco más elaborado y accesible. ¿Cómo evitaron que el trabajo minucioso en el estudio domesticara la espontaneidad que se encuentra en el origen de DILES QUE NO ME MATEN?
Es una gran pregunta. Hay muchas maneras de responderla… En el caso de este disco, decidimos tomarnos nada más que diez días para hacer la captura de audio de todos los instrumentos, lo que hizo que las composiciones fueran minuciosamente armadas, pero espontáneas en su interpretación. Confiamos mucho en Sebastián Rojas, el productor del disco, para que él nos dijera cuál era la toma buena y así no pasar horas armando pedazos de distintas tomas, algo que sucede todo el tiempo cuando grabas en un DAW.
En una creación colectiva, una idea individual puede terminar completamente transformada por los demás integrantes. ¿Recuerdan alguna canción de Escrito en agua cuyo resultado final haya cambiado o incluso contradicho —para bien— la intención original?
“Hiriku” tuvo una transformación muy interesante. Primero empezó con una secuencia de acordes súper feliz que Jonás tocaba en la guitarra. Un día tocó la posición de esos acordes con los dedos, pero con una afinación completamente diferente, que terminó dándole una armonía súper tensa sobre la cual se construyó todo. También grabé tres líneas de bajo distintas hasta que terminó de cuajar. Fue muy difícil para mí darle al clavo, porque cada línea de bajo hacía una rola muy distinta.
Sus canciones suelen comenzar como piezas instrumentales y la voz aparece más tarde. ¿Qué debe descubrir Jonás dentro de una composición para encontrar las palabras y la manera de interpretarlas?
A veces sucede lo inverso y nosotros tenemos que encontrar los acordes y el ritmo necesarios para acompañar la cadencia de Jonás. El punto es estar muy atentos a lo que está haciendo todo el mundo. Si puedes tararear o repetir lo que está haciendo el otro, entonces sí lo estás entendiendo y, a partir de ahí, puedes acompañarlo.
En Escrito en agua conviven la poesía palestina de Mahmoud Darwish, la obra de José Vicente Anaya, elementos de la cosmogonía wixárika y referencias a la música funeraria de la Sierra Mixe. ¿Cómo integraron esas tradiciones al lenguaje de la banda sin convertirlas simplemente en citas o elementos decorativos?
Las yuxtaposiciones que viven en nuestros discos son solo el producto de poner sobre la mesa absolutamente todas las cosas que nos están gustando en ese momento, sin importar qué tan absurdamente lejos estén entre ellas. Al final, el objetivo es que convivan sin rompernos mucho la cabeza pensando cómo lograrlo. Es como si uno pensara que es una canción de THE BEATLES, mientras otro piensa en un arreglo de José José, y nadie comparte la referencia que tiene en la cabeza hasta terminar la canción.
En “Viene el viento” aparece la influencia de Luis Alberto Spinetta y la búsqueda de expresar algo profundo con una sencillez casi infantil. ¿Qué encontraron en Spinetta que no hallaron en sus referencias anglosajonas y qué lugar ocupa la música argentina dentro del imaginario de la banda?
Estuvimos escuchando mucho a Charly García en nuestra última gira por Estados Unidos y nos dimos cuenta de que en Argentina encontraron una manera muy original de hacer melodías que respeten la prosodia de la frase. En la música argentina que he escuchado rara vez desplazan los acentos, algo que no es fácil de lograr cuando escribes canciones en español.
En “No me”, la frase que intenta afirmar que algo no puede rompernos termina revelando lo contrario. ¿Les interesa especialmente ese momento en el que la repetición deja de reforzar una certeza y comienza a desnudar una fragilidad?
Es precisamente el punto de esa canción. Es una contradicción muy orgánica. Fue la canción que más tuvimos que rehacer. Al final, la grabamos tres veces, no porque fuera difícil de tocar —en realidad es muy sencilla—, sino porque fue muy difícil darle al clavo a esa emoción particular de fragilidad al momento de interpretarla.
Sus composiciones dependen mucho de la escucha y de la reacción entre ustedes. Cuando las interpretan cada noche durante una gira, ¿cómo evitan que se conviertan en reproducciones rígidas de algo que originalmente nació vivo e imprevisible?
Estamos abiertos a que sucedan cambios espontáneos y nos vamos de lleno con lo que sea que pase en una canción. Una vez tocamos “Outro” mientras Raúl (N. de la R.: Ponce, baterista y percusionista) hacía un blast beat…
Durante años defendieron la independencia, la paciencia y la posibilidad de crecer sin obedecer las reglas de la industria. Ahora realizan giras internacionales y construyen un proyecto cada vez más profesional. ¿Cómo organizan ese crecimiento sin perder la libertad artística que definió a la banda desde el comienzo?
Al llevar toda la parte logística y de gestión en nuestras manos, dependemos cada vez menos de terceros. Por eso, no hay que pedirle permiso a nadie y podemos llegar a cualquier lugar del mundo en nuestros propios términos.
Su primera presentación en Buenos Aires agotó las entradas antes de que llegaran al país. ¿Qué les dice la respuesta de un público geográficamente lejano y qué experiencia quieren ofrecerle a quien se encuentre por primera vez con DILES QUE NO ME MATEN sobre un escenario?
Tenemos un respeto y un agradecimiento muy grandes hacia la música y la gente de Argentina, y queremos darles un concierto que, en parte, sea una ofrenda a esos momentos de belleza que nos dieron Piano Bar, de Charly García; las líneas de Pedro Aznar; el disco homónimo de DIOS; las melodías de Gal Go, y Halo, de Juana Molina.

DILES QUE NO ME MATEN en Buenos Aires
Segunda fecha: miércoles 19 de agosto de 2026, a las 20 horas.
Primera fecha: jueves 20 de agosto de 2026, a las 19 horas —entradas agotadas—.
Lugar: Club Cultural Bula, Bulnes 998, Ciudad de Buenos Aires.
Bandas invitadas: HANNIE SCHAFT y NAIMA.
Producción: Music Is My Girlfriend y RockCity.
Entradas para el 19 de agosto: disponibles a través de AlPogo.