Una noche con Rubén Blades en el Movistar Arena de Buenos Aires.
✎ Carlos Rodríguez Puente
Hay una cosa que en la Argentina se puso de moda de golpe: los torneos de farmear aura. La idea es sencilla y bastante absurda, como suelen ser las mejores modas de internet: acumular presencia, magnetismo, eso que hace que alguien entre a un lugar y parezca que el lugar le pertenece.
Anoche, en el Movistar Arena, hubo un hombre que no necesitó farmear nada: a sus 78 años, Rubén Blades tiene el aura intacta.
La tiene cuando aparece vestido de traje, sombrero y zapatillas. La tiene cuando se para frente a la Roberto Delgado Big Band y espera que los músicos hagan ese movimiento casi cinematográfico de una orquesta que sabe exactamente dónde está cada cosa. La tiene, sobre todo, cuando empieza a hablar.
Porque “Fotografías”, el espectáculo que trajo a Buenos Aires, es un concierto y también una clase. Una clase maestra dictada con una tranquilidad que desconcierta. Blades canta una canción y después se toma su tiempo. Cuenta cuándo la escribió, por qué la escribió, qué estaba pasando entonces, quién la grabó, de dónde salió determinada idea. Fecha las canciones. Las contextualiza. Las devuelve al mundo.
No parece tener apuro.
Quizás porque a esta altura de la vida sabe que el apuro es una forma bastante pobre de perder el tiempo.
“Fotografías” funciona como un álbum familiar abierto sobre una mesa enorme. Hay canciones nuevas y canciones que regresan desde distintos momentos de su historia. Hay salsa, memoria, política, migraciones, amor, muerte, barrio. Hay más de medio siglo de canciones que, en las manos de Blades, funcionan como documentos. Una fotografía conserva algo que ya pasó y, al mismo tiempo, permite que alguien vuelva a mirarlo.
Y entonces aparecen “Plástico”, “Amor y Control”, “Decisiones”. Canciones que traen consigo una época entera. Después, casi al final, llega “Pedro Navaja” y el Movistar Arena parece recordar de golpe que algunas canciones tienen una vida propia, una vida que excede a quien las escribió.
La platea también cuenta una historia. Hay argentinos, panameños, colombianos, peruanos, uruguayos. Los venezolanos tienen una presencia particularmente visible. Banderas, camisetas, voces que aparecen entre canción y canción. Una pequeña geografía latinoamericana reunida en Villa Crespo para escuchar a un hombre que lleva décadas cantando sobre los países que uno lleva consigo cuando migra, las ciudades que se quedan adentro, la identidad como una cosa que viaja.
Blades sabe de eso.
Y sabe también de la Argentina.
Por eso Charly García aparece varias veces durante la noche. Lo nombra. Cuenta que está en la sala. Cuenta que estuvo con él en camarines. Y de pronto el concierto, que venía recorriendo Panamá, Nueva York y la historia de la salsa, vuelve a Buenos Aires de una manera íntima. Blades habla de Charly desde el lugar de quien compartió con él una parte de ese extraño territorio donde los músicos se reconocen entre sí.
También nombra a Diego Torres, Piero, Los Fabulosos Cadillacs, Los Abuelos de la Nada. Nombres argentinos que forman parte de la memoria artística de Blades y que revelan el tamaño de una trayectoria construida siempre en diálogo con otros músicos y otras escenas.
Hay otro momento todavía más fuerte.
En “Todos vuelven”, las pantallas empiezan a convocar fantasmas. Aparecen Mercedes Sosa, el Indio Solari y Gustavo Cerati. La canción se convierte entonces en otra cosa. Blades canta abrazando a algunos muertos queridos, esos que siguen ocupando un lugar preciso en la memoria de quienes los escucharon.
Quizás ahí esté el verdadero sentido de “Fotografías”.
La memoria como una forma de presencia.
Blades tiene casi 80 años y este espectáculo forma parte de una etapa de despedida de las grandes giras. Su decisión tiene que ver con administrar el tiempo, con elegir qué hacer con los años que vienen después de una vida entera dedicada a viajar, cantar y subir a escenarios.
Por eso el concierto tiene algo de despedida y mucho de celebración.
La noche termina y el público pide más. Blades vuelve. Hace un bis. Después otro. Canciones que no estaban previstas terminan apareciendo porque la gente sigue ahí, parada, cantando, pidiendo que esa fotografía se estire un poco más antes de guardarla.
Y él vuelve a cantar.
Entonces uno mira el escenario y piensa que quizás el aura tenga poco que ver con la juventud. Quizás sea todo aquello que una persona consiguió conservar después de haber vivido mucho.
Rubén Blades anoche tenía todo eso encima.
La memoria.
Las canciones.
Los muertos.
Los amigos.
Los países.
Los escenarios.
Y una orquesta enorme detrás.
A los 78 años, sigue teniendo todo el aura.
Y parece estar haciendo algo todavía más difícil: devolverla en generosidad.