Un pétalo amarillo en el frío

Gustavo Santaolalla, en vivo. Así se vivió Ronroco Tour en el Teatro Colón

✎ Carlos Rodríguez Puente 
Ph. Juanjo Bruzza

Buenos Aires amaneció el 21 de septiembre tapizada de amarillo. Las florerías hicieron cola en las veredas y la ciudad se llenó de enamorados cargando ramos como pequeñas declaraciones de principios. Chicos con flores, chicas con flores, manos que llevaban flores hacia otras manos. La primavera había llegado al calendario, aunque Buenos Aires parecía no haberse enterado del todo: hacía frío, un frío bastante insolente para una primavera recién estrenada. Quizás por eso la noche necesitaba algo capaz de encenderla desde adentro.

A las pocas horas, Gustavo Santaolalla entró al Teatro Colón con su Ronroco Tour y convirtió uno de los escenarios más extraordinarios del mundo en otra cosa: un paisaje. El Colón, con sus 118 años de historia, recibió a una formación completamente apaisada, widescreen, extendida de lado a lado como si en lugar de una banda hubiera aparecido una geografía. Un soundscape. Un territorio sonoro.

En el centro, Santaolalla. Ronroco, charango, guitarra acústica, tubo, percusión, voz y guitarra octava. A su alrededor, Javier Casalla en violín, viola, charango y armónica; Barbarita Palacios con teclados, glockenspiel, voz, percusión, armónica grave, guitarra y autoharp; Nicolás Rainone en guitarra barítono, guitarra octava, violonchelo, ronroco y voz; Santiago Carregal con guitarra acústica, ronroco, charango, autoharp y guitarra barítono. Cinco músicos, una formación extendida como un horizonte y una cantidad de instrumentos capaces de convertir el escenario en una pequeña geografía sonora.

Santaolalla lleva décadas haciendo algo extraordinario: tomar instrumentos de raigambre ancestral y llevarlos hacia la contemporaneidad. El ronroco, el charango, las guitarras, las percusiones. Instrumentos que vienen de lejos, que conservan la respiración de otras geografías y otras generaciones, pero que en sus manos encuentran otra vida. Los acaricia, los raspa, los deja respirar, los cruza con el cine, con el rock, con la canción, con la electrónica, con el silencio. Los vuelve actuales sin quitarles la edad.

Y entonces empieza a suceder algo extraño: uno reconoce canciones que quizá nunca supo que estaba esperando.

“Way Up”, “Gaucho”, “Jardín”, “Desandando el camino”, “Coyita”, “Del pago”, “Sicalis”, “Canto en la rama”. Después “Cordón de plata / Ella”, “Alma”, “Iguazú / Endless Flight”, “De Ushuaia a la Quiaca”. El repertorio avanza como una película sin pantalla, porque Santaolalla entiende que algunas músicas se quedan viviendo en nosotros de una manera mucho más profunda que cualquier argumento. Una melodía puede devolver una escena, una persona, una ciudad, una edad. Puede abrir una puerta que creíamos cerrada.

Y entonces aparecen las músicas que el mundo conoció a través de una pantalla: The Last of Us, con su intro, “All Gone” y su tema central. Después, la suite de Brokeback Mountain. El cine desaparece y queda la emoción. Ese es uno de los grandes poderes de Santaolalla: hacer que una música que nació para acompañar una historia ajena termine formando parte de la nuestra.

El escenario del Colón deja de ser entonces un escenario y se convierte en una pantalla sin imágenes. Todo sucede en el oído. El sonido se despliega de izquierda a derecha, de una punta a la otra, como un horizonte; los instrumentos se contestan, se persiguen, se abrazan. El ronroco funciona como una especie de corazón de ese paisaje y las cuerdas, las guitarras, las percusiones y las voces van dibujando una película que cada espectador completa con sus propias imágenes.

Afuera, Buenos Aires sigue con sus flores amarillas. Adentro, hace frío. Pero algo empieza a calentarse. Quizás sea la música. Quizás sea la memoria. Quizás sea esa extraña manera que tiene una melodía de entrar por el oído y terminar directamente en algún lugar de la piel.

Pienso entonces en los ramos que atravesaron la ciudad aquella mañana buscando una casa, un abrazo, una persona. En las flores amarillas que viajaron de unas manos a otras mientras Buenos Aires, contradictoria, celebraba la primavera con los dientes apretados por el frío. Y pienso en un último pétalo amarillo desprendiéndose lentamente de una piel, casi llevado por un suspiro, como si todavía se negara a caer.

Eso hizo Santaolalla esta noche: dejó flotando algo.

Después de cien minutos y monedas, termina el concierto. El Colón queda en silencio y por unos segundos todavía parece que la música sigue ahí, flotando sobre nuestras cabezas, como ese último pétalo amarillo que alguien dejó escapar en la noche.

La primavera acaba de empezar.

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