Springsteen entre el ruido y el silencio

Llega a la cartelera de cine “Deliver Me From Nowhere”, la bio pic de Bruce Springsteen

✎ Carlos Noro

Hay películas que parecen susurradas en voz baja, como si cada plano fuera una nota escrita con la respiración. Deliver Me From Nowhere pertenece a ese territorio donde la música deja de ser espectáculo y se convierte en plegaria, donde el ruido de la fama se disuelve en el zumbido interior de quien ha tocado demasiado alto y necesita callar para seguir existiendo. Scott Cooper filma ese silencio como si fuera materia viva, como si cada pausa de Bruce Springsteen pesara lo mismo que un acorde.

La frase del título —Deliver Me From Nowhere, “líbrame de la nada”— es el hilo que une toda la película y también la grieta espiritual del propio Springsteen. Cierra dos canciones de Nebraska, Open All Night y State Trooper, y en ambas aparece como súplica, como un ruego que no busca redención divina sino alivio humano. En la primera, un obrero hastiado del turno nocturno maneja toda la noche por la autopista de New Jersey implorando que el rock and roll lo libere de su monotonía; en la segunda, un conductor desolado viaja por la misma ruta, acompañado solo por el ruido del motor y el peso insoportable de su propia mente. Las dos historias confluyen en el mismo punto: la conciencia de que, a veces, el camino no conduce a ningún lugar y que incluso la huida puede ser una forma de encierro.

Es ahí donde Deliver Me From Nowhere empieza a respirar. Cooper retrata a Springsteen no como ícono ni como mito, sino como un hombre atravesado por la fatiga del éxito, incapaz de reconocerse entre la multitud que lo celebra. Y en ese terreno incierto aparece Jeremy Allen White, el actor de The Bear, que ofrece una interpretación que trasciende la imitación para alcanzar la encarnación. Su cuerpo parece hecho del mismo material que las canciones: tenso, sudoroso, vibrante y al mismo tiempo vulnerable. Captura los movimientos, la forma de ocupar el espacio, los gestos de la mandíbula, la mirada oblicua y las pausas cargadas de electricidad; pero lo que impresiona es cómo transmite la dualidad entre la euforia y la introspección, entre el impulso salvaje del escenario y la parálisis del estudio vacío. Su Bruce no canta: exorciza. Cada silencio suyo pesa como una nota suspendida en el aire, cada respiración es un verso que todavía no encontró palabras.

A su lado, Jeremy Strong, el inolvidable Kendall Roy de Succession, construye un Jon Landau como un manager hecho de carne y ternura. Su interpretación rebosa de amorosidad y respeto, como si su personaje conociera de memoria el alma de ese artista al borde del colapso y supiera que solo puede ayudarlo sin imponer nada. Es un Landau que observa, acompaña, corrige con la suavidad de un hermano mayor que ha aprendido a escuchar antes de hablar. Hay una humanidad conmovedora en su mirada: no la del manager pragmático, sino la del amigo que reconoce el valor del silencio. Strong encarna la lucidez que se queda al margen pero sostiene, la autoridad que se ejerce sin fuerza. Es el contrapeso necesario de un músico devorado por su propia intensidad.

Hay un desamor que atraviesa la película y que no solo se remite a otros de los personajes potentes del relato —como Faye Romano (interpretada por Odessa Young), esa mujer que aparece en su regreso a la casa vacía después de llenar estadios, y que encarna una promesa de cercanía que Bruce no logra concretar—, ni siquiera a su vínculo con la música, su refugio y su condena: se trata de un desamor familiar, primigenio, de la imposibilidad de conectar con el propio origen.

En el fondo, Bruce no puede amar porque su corazón está formado con los materiales de la distancia: el eco de un padre inaccesible y la presencia silenciosa de una madre resignada. Ambos son figuras que no supieron abrazar ni enseñar a ser abrazadas, presencias que lo moldearon en la incomodidad de lo no dicho. Esa herida —que no cicatriza ni con la fama ni con las canciones— se transforma en el verdadero centro de gravedad de la película, la grieta invisible que sostiene su identidad. La vida adulta de Bruce no es más que una extensión de esa infancia en penumbra: la del niño que aprendió a mirar el mundo a través del vidrio, que creció confundiendo el amor con la espera, y que ahora, ya hombre, repite el gesto de asomarse a una ventana, incapaz de atravesarla.

Esa infancia se manifiesta no como un recuerdo explícito, sino como atmósfera, como neblina emocional que lo envuelve todo. Cooper no recurre al flashback ni a la explicación, sino a la sugerencia: el niño que mira desde el interior, la casa fría, el silencio entre los adultos, la sensación persistente de que el amor siempre sucede en otra parte.
Es una infancia que nunca termina de irse, que se filtra en los objetos y los gestos, en el modo en que Bruce camina, fuma o calla. No hay trauma exhibido, sino una melancolía que se hereda, que se instala sin permiso y que se vuelve parte de la respiración.

Scott Cooper insinúa todo esto en los detalles: una foto enmarcada que apenas aparece en cuadro, un vaso dejado a medio llenar, la forma en que Bruce se sienta al borde de la cama, sin decidir si levantarse o seguir esperando. Son imágenes de una soledad que no busca redención. Su mirada, fija y cansada, es la de quien ha aprendido a esperar sin esperanza, la de quien ya no cree que el amor pueda ser pronunciado sin romper algo en el proceso.

La cámara no interroga: acompaña. No ofrece consuelo, solo testimonio. Y en ese acompañamiento, el desamor se revela como un lenguaje heredado, un modo de estar en el mundo. En el universo de Deliver Me From Nowhere, amar es también recordar; y recordar, una forma de seguir dolido.

El director filma esa soledad heredada con una dirección artística impecable. Sus planos tienen la calma del cansancio, la luz de los amaneceres que no traen alivio, la textura del polvo acumulado en los bordes de la carretera. La América que muestra no es la del sueño, sino la del insomnio: gasolineras en penumbra, moteles que envejecen, pueblos detenidos en una melancolía que parece perpetua. Es el mismo Estados Unidos que Springsteen cantó enThe River oMy Hometown: el país de los que se quedaron, de los que miran pasar la vida desde la vereda.

Esa mirada recuerda a David Lynch en Una historia sencilla, donde un anciano cruza el país en un cortacésped para reconciliarse con su hermano. Cooper comparte ese tono contemplativo, esa habilidad para convertir el viaje en metáfora y el paisaje en espejo interior. Su cámara nunca explota: respira. Filma la soledad de Bruce y al mismo tiempo la belleza de ese vacío, el esplendor del desgaste, la poesía de un país que parece tan cansado como su protagonista.

El film avanza con la cadencia de un rezo. Cooper rehúye la épica y abraza lo mínimo: habitaciones sin glamour, micrófonos sin brillo, una grabadora de cuatro pistas TEAC en el centro de la escena, testigo muda de la desesperación y la fe. Nebraska fue grabado en 1982 en esa misma austeridad, con una simple cinta que viajó sin funda en el bolsillo de los jeans de Springsteen. Cuando quiso regrabarlo con la E Street Band, la magia se evaporó: lo que quedó fue la demo, el error convertido en milagro. Décadas después, el músico y escritor Warren Zanes — también biógrafo de Tom Petty— reveló en su libro de 2023 que Nebraska no fue una anomalía sino una confesión, el testimonio de un hombre que necesitaba dejar de sonar perfecto para poder sonar verdadero. El disco fue un punto de inflexión clave en la carrera del estadounidense,  justo después del incipiente éxito del álbum doble The River (1980) y antes de la consagración masiva y definitiva que llegaría con Born in the U.S.A. (1984) del que aparecen varias canciones en el film.

En la película, esa necesidad de “verdad” se convierte en atmósfera. Todo está impregnado de un tono opaco y reverente, como si la luz misma se negara a brillar. Los silencios son largos, las sombras densas, y cada respiración parece al borde de quebrarse. Y en medio de ese paisaje interior aparece, como un pensamiento que lo atraviesa todo, la voz de Flannery O’Connor, la escritora del sur profundo que supo encontrar lo monumental en la quietud de la vida estadounidense. No hay libro, ni escena literal; hay una idea que sobrevuela al film y que podría resumirse en una frase suya: “El lugar de donde vienes ya no está, el lugar al que creías ir nunca estuvo, y el lugar en el que estás no sirve de nada a menos que puedas alejarte de él.” Esa sentencia, que parece susurrada desde otro tiempo, resuena como la clave de todo: Bruce Springsteen —el hombre que corrió toda su vida— comprende finalmente que la única forma de avanzar es detenerse, que su fuga infinita solo tiene sentido si acepta el vacío como punto de partida.

Las canciones se convierten entonces en estaciones de un viaje espiritual: Born in the U.S.A. reaparece como lamento y no como bandera; Atlantic City como la crónica de la corrupción inevitable; Mansion on the Hillcomo la mirada infantil de quien observa la felicidad ajena; I’m on Fire como el presagio del deseo contenido y del futuro eléctrico. Cada una ilumina una grieta distinta del alma, cada una revela un fragmento del hombre detrás del mito.

Al final, Deliver Me From Nowhere no es un biopic, ni siquiera un retrato musical: es una meditación sobre la creación y el agotamiento, sobre la necesidad de seguir cantando cuando todo se ha dicho, sobre la soledad que se esconde detrás del ruido. Cooper filma a un Springsteen que se parece a todos nosotros cuando la vida se vuelve eco y lo único que queda es seguir respirando para no desaparecer.

Cuando los créditos llegan, el espectador queda suspendido en ese mismo silencio. No hay catarsis, ni moraleja, solo la certeza de haber escuchado algo que no necesita sonido. Y entonces se entiende: el silencio no es ausencia, es otra forma de ruido. El ruido de estar vivo, el murmullo de la mente que se resiste a rendirse, el sonido tenue de una oración que sigue viajando por la autopista, buscando, todavía, que alguien —o algo— lo libre de la nada.

Bonus Track: El mito de Nebraska hecho realidad

En el medio de esa quietud, entre carreteras y cintas magnéticas, resuena la obsesión del músico: que sus canciones suenen exactamente como en su cabeza. Cooper filma con minuciosidad ese proceso, casi ritual. Vemos a Bruce luchando con una vieja grabadora TEAC de cuatro pistas, intentando trasladar al vinilo el sonido áspero y doméstico de su casa. Se desespera, repite tomas, discute con técnicos que no comprenden que no busca perfección, sino verdad. Es imperdible cómo el film traduce la idea de la fidelidad sonora en obsesión existencial: Bruce necesita que el disco suene como su habitación porque, de algún modo, esa es la única forma que tiene de volver a sí mismo.

Y, como suele ocurrir con las buenas películas, la ficción termina filtrándose en la realidad. A propósito del film, se editó el disco Nebraska Eléctrico, una publicación que rompe el mito de que Springsteen había ordenado destruir todas las versiones grabadas junto a la E Street Band. Durante décadas se creyó que esas cintas se habían perdido para siempre, pero la película —y el resurgir de su espíritu— propiciaron su recuperación. El resultado es una joya que dialoga directamente con la película: las mismas canciones de Nebraska, pero vestidas de electricidad y tambor, sin perder la oscuridad original.

Entre esas versiones aparece una primera encarnación de Born in the U.S.A. que asombra. Lejos del himno masivo que conoceríamos después, esta versión es introspectiva, casi sombría, más cercana al hombre que filma Cooper que al ícono que llenaría estadios. Es Born in the U.S.A. antes de ser bandera: una canción que respira desolación en lugar de victoria, un retrato fiel del momento emocional de su autor.

Así, Deliver Me From Nowhere termina uniendo mito, historia y presente. Es una película sobre un músico, sí, pero también sobre un país, sobre la belleza del cansancio y la imposibilidad de amar. Y cuando la pantalla se apaga, uno se queda con la sensación de que el silencio todavía vibra.

Porque Scott Cooper, con su mirada paciente y su estética de polvo y cielo gris, logra lo imposible: filmar la nada y volverla hermosa.

Springsteen: Música de ninguna parte (Springsteen: Deliver Me From Nowhere, Estados Unidos/2025). Dirección: Scott Cooper. Elenco: Jeremy Allen White, Jeremy Strong, Paul Walter Hauser, Stephen Graham, Odessa Young, David Krumholtz, Gaby Hoffmann, Harrison Sloan Gilbertson, Grace Gummer, Marc Maron y Matthew Pellicano. Guion: Scott Cooper, basado en el libro Deliver Me From Nowhere, de Warren Zanes. Fotografía: Masanobu Takayanagi. Edición: Pamela Martin. Música: Jeremiah Fraites. Distribuidora: Disney (20th Century Studios). Duración: 120 minutos. Apta para mayores de 13 años.

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