Sin tiempo ni final

Se reunieron tras 15 años de no estar todos juntos. Dicen que no es un reencuentro ni una despedida. Sea lo que sea, se vive como una celebración

✎ Pablo Díaz Marenghi

I

2007. Un adolescente se debate entre encender la Playstation One —aquel pequeño rectángulo de color gris marfil que tantas alegrías le venía dando— y ver un rato de televisión. Cualquiera de las dos opciones es mejor que ponerse a hacer los deberes para la escuela. Ya estaba casi al borde del último año de la Secundaria. El umbral de la adultez. El origen de la tristeza. Se decanta por la segunda alternativa. Busca el control remoto escondido bajo un pilón de revistas (Inrockuptibles, La Mano, TXT, Rolling Stone) y enciende el viejo mamotreto marca TELEFUNKEN. Había quedado enganchado Muchmusic de la noche anterior. En eso se cuelga viendo un videoclip que hasta entonces desconocía. 

Pantallas duplicadas. Planos dentro de una casa antigua. Espejos. Muchos espejos. Y cuatro veinteañeros que le gritaban a la cámara y le daban a sus instrumentos como si fuesen una banda punk con cierta fibra melodramática. La voz del cantante: un poco aguda para el rock, algo bucólica para el pop. La combinación precisa para darle forma a algo diferente. Y el riff de la canción, que estructuraba la melodía y se repetía de manera hipnótica, lo había encandilado. La letra también tiene frases muy potentes. “Somos instantes del amor”, canta un jovencísimo Abril Sosa, ex baterista de Catupecu Machu. Se trata del corte de difusión de Felicidades, su segundo álbum. La banda en cuestión, Cuentos Borgeanos. Para aquel adolescente ya nada sería igual. Sea lo que sea, la historia se hace aquí, sin tiempo ni final. 

II

2026. Abril Sosa agita los brazos, levanta una botella de vino y le da un trago profuso. A su alrededor, los históricos integrantes de Cuentos Borgeanos: el “Búho” Rocino pulsa las cuerdas de su bajo cual culebras trepidantes; el “Gato” Hernández sacude los parches de la batería a toda velocidad y potencia como un tren en movimiento; Diego López Santana puntea su guitarra con la precisión desbordante de un equilibrista sonoro que se bambolea sobre la cuerda floja del espanto. 

Frente a ellos, el público. Una marea que, en su mayor parte, abraza la nostalgia que les genera el estar cantando las canciones que formaron parte de su educación sentimental. Allí está, en medio del frenesí, aquel adolescente. El de la Playstation y el Telefunken, las revistas TXT e Inrocks. Se acuerda de los videoclips. Sonríe mientras a su lado una chica reparte cotillón que parece salido de aquella época: pulseras fluorescentes como la de los cumpleaños de quince, vinchas con cuernos de diablo. Al mismo tiempo activa un burbujero con luces y va dando vueltas entre la gente mientras suenan los acordes estridentes de “Marzo” o “Canción del Agua”. 

“Hacíamos canciones para Nietzsche, ahora las hacen para Instagram. Estamos en peligro”, lanza un verborrágico Abril Sosa desde el escenario antes de lanzarse él mismo hacia la masa que lo sostiene en un mosh lento, suave y letal. Surca los confines de Niceto Club mientras todos lo atajan hasta casi llegar al fondo. 

III

2008. El diario Clarín entrevista a Abril Sosa. Por aquel entonces, una joven promesa. ya observan su cuestionamiento a la pose rockera clásica: “No abordamos el cliché rocker. Todo eso cambió mucho. Para mí el rock y los tipos del rock cambiaron mucho. El rockero no es más un falopero que sube a reventar el escenario. El rockero de ahora es un tipo que hace yoga y sube más sano que nadie”.

IV

2026. “Las palabras son la mentira. No hay lenguaje en los deseos”, canta Abril y remite a aquella frase de los Babasónicos acerca de que la música no tiene mensaje y sin embargo te lo da. En la superficie, Cuentos Borgeanos podría tratar de definirse. Podría encolumnarse tras cierta camada de músicos entre lo emo y lo alternativo. Pero también allí uno encuentra la canción romántica, el punk, el shoegaze, el indie norteamericano, algo de noise, el college rock y hasta citas a filósofos y escritores escondidas por entremedio de sus letras. 

Entre tantas palabras más vale entregarse y abrazar esta misa borgeana. Hasta el propio Abril y el resto de los músicos, sus amigos, lo disfrutan muchísimo. “¡Qué buena banda boludo, ni ensayamos!”, ¿Ironiza o confiesa?

V

2018. Aquel adolescente, devenido en periodista de rock, logra entrevistar a su ídolo Abril Sosa. La charla es telefónica. Hablan más de una hora. Hablan de un show inminente que dará en formato solista pero también hablan de libros, del amor, la paternidad y los buenos vinos. 

Le pregunta por Cuentos Borgeanos y cómo los encuadra dentro de una escena musical dosmilera que había sido un poco el limbo entre el rock chabón y el rock post cromañón. Años en donde aparecían bandas como Smitten, Villanos, Miranda; se consolidaban artistas como Leo García, Emma Horvilleur o Turf; se masificaban bandas punks como Cadena Perpetua y 2 Minutos y sorprendían discos como Sistema Nervioso Central (2006) de Estelares o Armando Camaleón (2004) de Tipitos. 

Abril recuerda: “Me pasó con unos amigos que vinieron al Vorterix cuando nos juntamos en 2012 y un pibe, veinteañero, que no conocía la banda, me dijo cuando terminó el show: “boludo, conocía la mitad de los temas”. Con Cuentos pasó eso. Tiene un grupo de canciones que se hicieron muy conocidas, que están en el inconsciente colectivo y que también forma parte de la ley de la música de acá. Pero no fue una banda super popular. Es una banda que influenció a muchísimas bandas. De hecho me acuerdo del manager de Tan Biónica que en un momento me dijo ‘Te tengo que agradecer que Cuentos se separó, porque creo que Tan Biónica ocupó ese lugar y la banda explotó’, más allá de que después arrancó para otro lado. Pero captó a todo ese público. Muchas veces uno se castiga y piensa cosas. Yo no es que salgo a la calle y soy famoso tipo Brad Pitt, pero te encontrás con eso, con que es una banda respetada por los músicos y que tiene muchas canciones conocidas. Para mí eso es muy loco. Me encanta. Cuando volvimos hicimos una nota con Pergolini y dice, hablando de Misantropía (2004): Escuché este disco y pensé, estos pibes están locos y después me di cuenta de que estaban haciendo algo diez años adelantado a la época”.

VI

2026. Abril se baja del escenario, le acerca el micrófono al público para que cante y se abraza con sus fans. Suenan todos los hits de la banda más algunas rarezas que no suelen tocar tanto. Cuando sube al escenario continúa promulgando entre tema y tema su mensaje. Podría resumirse como un intento por salvar la música. “Volvamos a las canciones que te salvan la vida. No idioteces.Si nosotros no salvamos la música vamos a tener una miseria y esto se destruye. Banquemos la música. No el marketing, no el algoritmo. ¡Instagram no va más man! ¡Humanos tocando! ¡Emborrachémonos!”, sentencia.

Luego, el ya clásico número en “Fantasmas de lo nuevo”, tema que da nombre a su primer disco del 2002, donde todos los músicos van pasando por todos los instrumentos. Lo lúdico en su máximo esplendor. La ceremonia secreta se materializa y se expande. Como si le cantaran al público, a su amor por la música, a ellos mismos, cada uno entona junto a un Niceto explotado: “Voy sin más, sobrevivo y se que puedo, buscarte siempre estas”. En un sentido gramsciano, aquí hay pesimismo de la razón y optimismo de la voluntad. Hay una cinta de moebius que remite al cuento de Borges escondido en la letra: “Volver al principio y al final, ruinas que circulan”. 

VII

2018. Promediando la entrevista, el adolescente devenido en periodista y Abril Sosa se ponen a hablar de filosofía: “Hay un tema de Cuentos que se llama ‘Filosofía’ que nunca salió. Antes hablábamos de la frase de Espinoza. Está ‘El ocaso de mis ídolos’, frase nietzscheana. Cosas que pasaron desapercibidas en su momento. Siempre tuvo una cosa de ser una banda entre lo emo, depresivo, pero para arriba. En Misantropía (2004) estábamos con BMG y me acuerdo que el director en ese momento nos dice “mirá, la verdad que nos encanta la banda pero es re depresiva”. Me pareció muy estúpida su apreciación. ¿Qué me importa no? A ellos les importaba ver la veta comercial. Por eso después le pusimos al disco Felicidades (2007), que de alguna manera era un poco en broma, porque el disco también está lleno de partes oscuras. Pero es verdad que tiene una cosa mucho más borgeana, positiva, con ‘Eternidad’, ‘Te verde’. Psicomágico (2009) también”.

El entrevistador avergonzado piensa en esa ambivalencia entre el entusiasmo y la depresión, la felicidad y la angustia. Como la vida misma. Piensa en el ying y el yang. Repregunta: “A mí siempre me interesó la filosofía zen (a pesar de que no practico ninguna religión) y leía a un maestro que decía que hay que dejar de mirar las cosas de manera binaria: sufrimiento o regocijo, bien o mal. Creo que ‘Felicidades’ intenta decir eso. Pero me pasaban cosas emocionantes. Siento que últimamente mis letras se pusieron un poco más dark. Tendría que retomar ese espíritu. Creo que la vida se pone cada vez más oscura”.

VIII

2026. El show se acerca a su final. El público, allí está todavía aquel adolescente pogueando como hace mucho tiempo no hacía, ratifica una vez más que pasado, presente y futuro pueden fundirse como las diferentes caras de un mismo poliedro. Espejos que se reflejan mutuamente como en aquellos cuentos que escribió aquel ciego poeta inmortal.

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Publicado el 17 febrero, 2026

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