Solar: domingo de Deseo

Ed Motta, con la calma de un buda carioca, convirtió su show en ceremonia

✎ Carlos Rodríguez Puente

El sol todavía manda. Son las tres de la tarde y el predio de Deseo —ese nuevo refugio donde la ciudad aprende a moverse sin sombra— empieza a llenarse de cuerpos. La luz cae oblicua sobre las copas de los árboles, el pasto huele a cerveza recién abierta y el aire tiene la textura tibia de lo que promete quedarse.

Solar ya no es una novedad: es una costumbre que se repite, una manera de volver al origen. Gente que baila sin mirar la hora, que viene a probar otra forma de felicidad, más simple, más diurna, más honesta.

Tade Fonk es el primero en medir el pulso del lugar. Desde las bandejas traza un mapa invisible que va del soul al house con la paciencia de un relojero zen. Sus vinilos giran con esa estática leve del tiempo detenido. Los pies se sueltan, los hombros se abren, los vasos se levantan como antenas hacia el cielo.

Después entra DJ Karen, y algo cambia. Suena más eléctrica, más líquida, más presente. El beat acelera y las partículas de polvo empiezan a bailar también, suspendidas en la luz. Hay un punto en que todo parece flotar: el perfume de la tarde, el humo del tabaco bueno, la risa que se escapa de algún grupo cerca del bar. Deseo vibra, y su nombre se vuelve literal.

Y entonces aparece Ed Motta.
La pista se abre como si alguien hubiese bajado el sol un poco más. Motta se para frente a las bandejas con la calma de un buda carioca y el porte de un dandy cosmopolita: traje impecable, lentes circulares, sonrisa de quien está por revelar un secreto. No pasa canciones propias: abre las puertas de su colección privada de vinilos, ese santuario que cuida con la devoción de un melómano absoluto.
Lo suyo no es un DJ set: es una ceremonia.

Cada track suena como si lo hubiera elegido con la punta de los dedos. Funk, soul, soft rock, jazz. Motta no se queda quieto: interviene, canta encima, murmura líneas, marca los bajos, sigue los solos de guitarra con un micrófono que usa como pincel de scatl. Juega con los silencios, suelta frases que el público recoge como si fueran guiños entre amigos.

En medio del set, suena “Mapa de tu Amor”, del disco Bajo Belgrano de Spinetta Jade. Y ahí todo se alinea: el aire, los cuerpos, las luces, el pulso. A un costado del escenario, Dante Spinetta asiente con la cabeza, bendiciendo la escena con una sonrisa mínima. Es un gesto apenas visible, pero alcanza para entender que algo importante acaba de pasar.

Cuando el sol por fin se rinde y la luz se vuelve azul, la fiesta no termina: cambia de estado. La noche porteña avanza rumbo al lunes, pero aún es temprano. En las bandejas, Nico Cota sostiene las brasas de ese fuego que no se apaga nunca. El aire huele a piel, a vermú vigoroso y a neón tibio.

En el centro de todo, una certeza: el deseo no se explica, se baila.

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Publicado el 29 enero, 2026

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