POV: Enrique Bunbury protagonizó uno de los shows más destacados de septiembre
✎ Carlos Noro
Hablar de Enrique Bunbury es hablar de un artista que nunca se conformó con repetir fórmulas. Desde que se disolvió Héroes del Silencio en 1996, emprendió una carrera solista donde cada disco fue una mutación: del rock industrial de Radical Sonora a la apertura mestiza de Pequeño, del dramatismo expansivo de Flamingos al viaje narrativo de El viaje a ninguna parte, pasando por el bolero, la ranchera, el jazz o la electrónica. Ese afán camaleónico —en la tradición de David Bowie, su espejo más evidente— le permitió esquivar el riesgo de ser “solo el ex Héroes” y consolidarse como una de las figuras más singulares del rock iberoamericano.
En 2022, la historia de Bunbury pareció llegar a un punto de quiebre. Problemas de salud lo obligaron a suspender una gira mundial y a anunciar su retiro de los escenarios. La voz —su herramienta vital— se quebraba en cada concierto, al punto de hacerlo dudar de su continuidad artística. La noticia generó estupor: para muchos era el fin de una era.
La revelación llegó meses más tarde: no era una enfermedad irreversible, sino una reacción a las sustancias químicas presentes en el humo de los shows. Una vez eliminado ese factor, su voz volvió a recuperar fuerza. Ese hallazgo le devolvió no solo la posibilidad de cantar, sino la confianza en que aún quedaba camino por recorrer. Su regreso no fue, entonces, un capricho: fue un renacer.
El reencuentro con El Huracán Ambulante
Este 2025, además de publicar Cuentas pendientes —un disco que deja de lado el costado más rockero para sumergirse en las músicas de raíz latina con una impronta ortodoxa—, Bunbury tomó una decisión que conmovió a sus seguidores: reunir a El Huracán Ambulante, la banda que lo acompañó entre 1999 y 2005 y con la que grabó algunos de los discos más decisivos de su carrera.
No fue un camino sencillo. Dos décadas después de la disolución, algunos de sus integrantes se habían alejado de la música, otros transitaban proyectos distintos, y la duda sobre si la química seguía intacta estaba sobre la mesa. Sin embargo, la apuesta se concretó. El regreso en los ensayos terminó en un reencuentro triunfal en los escenarios.
En Ferro estuvieron Rafa Domínguez (guitarra), Del Morán (bajo), Copi Corellano (teclados), Ramón Gacías (batería), Ana Belén Estaje (violín), Luis Miguel Romero (percusión), Javier Íñigo (trompeta) y Javier García Vega (trombón y guitarra española). Una formación heterogénea que siempre fue la clave de su sonido: la mezcla de estilos que, lejos de chocar, se potenciaban en la voz de Bunbury.
El vínculo con Argentina
Aunque Héroes del Silencio no había llegado al país en sus años de esplendor, Bunbury comenzó pronto a construir su relación con la Argentina. En 1998 se presentó en La Trastienda, mostrando por primera vez Radical Sonora en vivo para el público porteño. A partir de ahí, los regresos fueron constantes: Obras en 2003, el Gran Rex en 2004, múltiples noches de Luna Park en 2009, 2014, 2016 y 2018, además de un Movistar Arena colmado en 2023. Cada visita fue un capítulo distinto de su transformación musical.
La única vez que se presentó con Héroes del Silencio fue en 2007, durante la gira de reunión mundial, en el Club Ciudad de Buenos Aires ante unas 30.000 personas. Más que un deseo del propio Bunbury, aquella visita fue la concreción de un viejo anhelo de los fans argentinos que habían esperado durante años ver en vivo a la banda.
Por eso, la fecha de 2025 en Ferro tenía un peso especial. No solo por el regreso del Huracán Ambulante, sino porque significaba la consolidación de un vínculo de más de dos décadas entre Bunbury y el público argentino, atravesado por la devoción, la fidelidad y la emoción compartida.
El huracán en Ferro: un bodevil de épicas y derrotas
“Uno escucha la radio y no puede entender lo que sucede, por eso cada vez más apuesta por el rock”. Con esa frase, lanzada antes de la versión de Apuesta por el rock’n’roll, Bunbury estableció el manifiesto que atravesó toda la noche en Ferro. Más allá de que el concierto se moviera hacia lo melódico, lo latino y lo teatral, cada intervención y cada movimiento cargaban con una impronta rockera innegociable.
En el escenario, Bunbury apareció como un raro cruce entre Jim Morrison, Elvis Presley y David Bowie y porque no la actitud exagerada de Raphael, Nino Bravo o Miguel Bosé. De Morrison tomó la intensidad poética, de Elvis el magnetismo físico y de Bowie la capacidad camaleónica para reinventarse sin perder identidad. Esa mezcla, tamizada por una cadencia propia e inconfundible, convirtió al show en un gigantesco bodevil donde lo épico y lo derrotado convivieron bajo la batuta de un maestro de ceremonias que entiende, como pocos, lo que significa ser una estrella de rock.
El arranque con Otto e mezzo (Nino Rota) funcionó como obertura cinematográfica: una introducción solemne, casi de teatro clásico, que preparó el terreno para el rugido inmediato de El club de los imposibles y De mayor, recibidas como himnos colectivos.
Con El extranjero y la inesperada Desmejorado, el clima viró hacia lo oscuro y confesional. La canción pertenece a Bushido, un efímero supergrupo español integrado por Bunbury, Shuarma, Carlos Ann y Morti, que dejó apenas un único disco en 2004. Su inclusión en el repertorio fue toda una rareza: un guiño para los seguidores más atentos, que celebraron escuchar en vivo una pieza que parecía destinada a quedar perdida en los archivos de la historia.
En Sólo si me perdonas, Bunbury bajó las luces y desnudó la voz en un registro íntimo. Y en Infinito, la función alcanzó uno de sus momentos más altos gracias al solo de trompeta con aire mexicano, que transformó la canción en un lamento fronterizo y arrancó una ovación extendida. Ese instante mostró cómo los músicos del Huracán no eran simples acompañantes, sino protagonistas en esta carpa emocional.
La confesional Para llegar hasta aquí funcionó como un monólogo entre actos, antes de que Big-Bang y El rescate hicieran vibrar a Ferro con la fuerza de un número de acrobacia colectiva.
El tramo central se tiñó de tragedia circense: Que tengas suertecita sonó como un funambulista al borde del abismo, Las chingadas ganas de llorar como un acto de vulnerabilidad absoluta, y Alaska desplegó su magnetismo helado bajo luces gélidas, atrapando a la multitud en un clima hipnótico.
En ese recorrido, también quedó en evidencia el poder de las letras de Bunbury: metáforas de derrota, confesiones íntimas y búsquedas existenciales que transforman cada canción en un relato propio. Versos como los de Que tengas suertecita oscilaron entre la resignación y la esperanza, mientras que la crudeza de Las chingadas ganas de llorar funcionó como catarsis colectiva. Con Infinito y Lady Blue, su poética se expandió hacia lo universal, elevando la experiencia del concierto más allá de lo musical. Esa fuerza lírica, potenciada por la teatralidad del bodevil y el rol de Bunbury como maestro de ceremonias, convirtió cada tema en una escena viva de este espectáculo total.
Entonces llegó el manifiesto rockero: tras su frase sobre la radio, Bunbury lanzó Apuesta por el rock’n’roll (Más Birras) como una declaración de resistencia en tiempos de incertidumbre musical. Le siguió Sí (Umpah-Pah), otra reverencia a sus raíces.
La recta final fue el clímax del bodevil: Sácame de aquí y Enganchado a ti subieron la intensidad como un acto de acróbatas encadenados, hasta desembocar en la gran postal de Lady Blue. Allí, el estadio entero se iluminó en un coro multitudinario mientras la canción desplegaba su atmósfera espacial, etérea, cercana al mejor David Bowie. Fue un viaje sideral, un momento suspendido en el tiempo en el que Bunbury se convirtió en astronauta de su propio universo sonoro.
El sonido fue perfecto de punta a punta, nítido y contundente, incluso cuando una mínima llovizna se animó a desafiar la primavera porteña. Lejos de incomodar, ese detalle climático le dio un toque especial a la noche y hasta le sirvió a Bunbury para hacer algún chiste sobre el raro y frío clima que azotaba a Ferro. El estadio —con un campo dispuesto con asientos y una platea trasera repleta— se mantuvo encendido, acompañando cada canción sin que la lluvia apagara la intensidad del espectáculo.
El público, por su parte, se mostró efusivo y encendido desde el primer tema. Tanto, que en varios tramos la seguridad intentó —sin éxito— que la gente se mantuviera en los asientos del campo. La tensión obligó a la intervención del propio Bunbury, que “retó” públicamente a los responsables:“No me gusta discutir las reglas de cada lugar, pero no me gusta el trato que están dando. Aquí no hay políticos ni empresarios, somos gente aficionada a la música”. La frase provocó un aplauso ensordecedor y reforzó la comunión entre artista y público. Fue una manera de dejar en claro que, en ese circo melancólico, el escenario y las tribunas eran un mismo espacio de resistencia, ajeno a cualquier jerarquía.
Uno de los gestos más rockeros de Bunbury fue la decisión de no incluir ninguna canción de Héroes del Silencio en el repertorio. Más allá de que Apuesta por el rock’n’roll fue parte de los conciertos de Héroes, no es un tema original de la banda sino de Más Birras. Con esa exclusión consciente, Bunbury convirtió el setlist en un manifiesto artístico: su carrera solista es tan o más importante que la historia de su grupo original. En un mundo donde la nostalgia suele imponerse, esta apuesta por su obra en solitario es un gesto poco frecuente y profundamente rockero.
El segundo gesto fue su propio estado físico y vocal. Después del tiempo en que se vio obligado a alejarse de los escenarios por problemas de salud, Bunbury apareció rejuvenecido. A sus 58 años canta y se mueve mejor que nunca: suma la experiencia y el aplomo de las décadas recorridas, pero con la energía de un performer que parece recién encendido. Cada gesto, cada inflexión de voz, mostró a un artista en el mejor momento de su madurez.
La elección de volver a girar con El Huracán Ambulante refuerza esta idea. No fue un simple reencuentro con viejos compañeros: la banda es la síntesis de su búsqueda como solista. Con ellos, Bunbury puede salir de la actitud estrictamente rockera, pero al mismo tiempo permanecer allí, contenido y sostenido por una formación que lo abraza y lo impulsa a la vez. El Huracán es un grupo que lo mantiene con los pies en el escenario y, al mismo tiempo, lo hace volar hacia territorios melódicos, latinos y teatrales. Esa dualidad —arraigo y vuelo— es la que convirtió el show de Ferro en algo más que un recital: fue una obra total.
Los bises completaron el círculo: Parecemos tontos y Serpiente fueron los últimos ejercicios de destreza, eléctricos y desbordantes, mientras que El jinete (José Alfredo Jiménez) introdujo un interludio fúnebre, sombrío y conmovedor. El cierre con …Y al final transformó el estadio en un carnaval melancólico, donde la derrota y la épica se fundieron en una misma ovación.
Así, Bunbury demostró otra vez su naturaleza camaleónica, heredera de Bowie pero con sello propio: capaz de mutar del rock a lo latino, de lo teatral a lo íntimo, sin perder jamás su identidad. En Ferro, esa condición se sintió más viva que nunca: el huracán volvió a soplar, distinto y familiar al mismo tiempo, confirmando que la reinvención también puede ser un acto de fidelidad hacia uno mismo.