La respiración del sur

Primer sábado de octubre: Fattoruso y Cabrera se suben al escenario de Café Berlín. Sobre eso se trata esta crónica

✎ Carlos Rodríguez Puente

La noche cae sobre Buenos Aires y el aire no se mueve. Es una sábana caliente, espesa, que cubre todo. En Devoto, el Café Berlín brilla como un farol discreto: adentro, el murmullo previo al milagro. Sobre el escenario esperan los tambores, el piano, los cables enredados como venas. Hay algo eléctrico en el aire, y no es solo humedad.

Hugo Fattoruso entra primero, sin ceremonia. Tiene esa forma de andar que mezcla sabiduría y picardía, como si fuera el dueño del tiempo pero no se lo creyera. Se sienta frente al piano, toca una nota, y el sonido corta el aire caliente como una hoja. El Berlín se vuelve silencio.

Después llegan los Silva, la familia entera, cargando los tambores como quien trae un legado. Los ubican, los afinan, los golpean suavemente. El candombe empieza a latir. Es un pulso que no viene del suelo: viene de adentro. Cada golpe, un eco de siglos; cada pausa, una memoria.

Y entonces aparece Fernando Cabrera, sin guitarra, con esa elegancia tranquila de quien sabe que no necesita nada más. Mezcla de Dorian Gray y príncipe azul, entra con una sonrisa leve.

Su voz estalla como mil cristales que se rompen a la vez, una fragilidad luminosa que atraviesa el calor. No canta: quiebra el aire. Cada palabra vibra como si el idioma fuera también un instrumento. Fattoruso lo sigue, se ríe, lo envuelve con acordes que suenan a jazz de barrio, a Coltrane cruzando el Río de la Plata en una lancha oxidada.

El Quinteto Barrio Sur completa el cuadro. No hay partitura, solo confianza. Todo fluye en tempo de candombe, como si el tiempo mismo respirara distinto acá adentro. Cabrera canta aquello de que nadie nos mida el corazón y el mundo se suspende: su voz es un vidrio que tiembla. Los tambores insisten, se expanden. Fattoruso improvisa, hace guiños a Eduardo Mateo, deja caer un acorde como quien deja una flor sobre una tumba amiga.
En un momento, Hugo suelta un acorde que trae a Gershwin de la solapa, apenas un destello, y los Silva responden con el cuero. Montevideo y Nueva York se abrazan por unos segundos. Esos son los milagros que solo el sur conoce.

El público respira con ellos. Nadie se mueve. Nadie filma. La música se vuelve algo físico, como si llenara los pulmones. Cabrera cierra los ojos, suelta una última palabra que se quiebra y se multiplica. Hugo le devuelve una sonrisa. Los tambores se apagan, pero la vibración queda suspendida en el aire.
No hay separación entre obra y vida. Este concierto forma parte del ciclo de presentaciones del vinilo “En vivo en el Teatro Solís”, grabado en Montevideo y editado este año.

Afuera, el calor no afloja. En otra parte de la ciudad, Kendrick Lamar, CA7RIEL & Paco Amoroso hacen temblar un estadio de futbol.

Acá, el temblor es otro: mínimo, secreto, de esos que quedan zumbando en el cuerpo aunque uno ya se haya ido.

La gente sale despacio a la vereda, y el aire parece distinto, como si algo hubiera cambiado de sitio. Tal vez sea el corazón, todavía golpeando al ritmo del sur y la certeza de lo que se perdieron Kendrick, Ca7riel y Paquito por andar de juerga en el Monumental.

Tambien te va a interesar:

Publicado el 29 enero, 2026

Publicado el 28 enero, 2026