FONOCAL es el nombre del sello que llega para rescatar todos esos discos que están descatalogados
En un tiempo donde la música se volvió un flujo incesante y despersonalizado, donde los algoritmos deciden qué canciones sobreviven y cuáles desaparecen entre los márgenes del olvido digital, Fonocal se erige como una anomalía necesaria. Fundado en Buenos Aires en los años ochenta por Eduardo Calcagno, el sello discográfico no busca seguir las tendencias ni adaptarse a la velocidad del mercado, sino exactamente lo contrario: detener el tiempo. Su proyecto consiste en rescatar, restaurar y volver a poner en circulación aquellas obras que construyeron la identidad sonora del rock argentino, y que, por una combinación de desidia industrial y precariedad cultural, estuvieron a punto de desaparecer para siempre.
Lejos de cualquier gesto nostálgico, Fonocal entiende el rescate como una forma de acción política y cultural. La reedición, en este sentido, no es solo un proceso técnico ni un capricho coleccionista: es un acto de memoria, una manera de reescribir la historia desde los márgenes, devolviendo a las nuevas generaciones la posibilidad de escuchar los cimientos del sonido nacional en condiciones dignas. El trabajo del sello implica una tarea artesanal y, al mismo tiempo, un compromiso ético: recuperar grabaciones originales, limpiar audios, reproducir carátulas con fidelidad, gestionar derechos, y sobre todo, reconstruir contextos. Cada álbum reeditado por Fonocal es una cápsula de tiempo, una reconstrucción minuciosa de una época que el mercado intentó archivar, pero que la pasión de unos pocos decidió volver a iluminar.
El rescate como forma de militancia cultural
En una escena donde la novedad se confunde con la relevancia y la memoria con el descarte, Fonocal se consolidó como el principal bastión del rescate patrimonial del rock argentino. Su catálogo funciona como un museo sonoro en movimiento: ahí conviven discos de VOX DEI, PAPPO’S BLUES, COLOR HUMANO, ALMA Y VIDA, BANANA, LITTO NEBBIA, LA JOVEN GUARDIA o THE WALKERS, entre tantos otros proyectos fundamentales que fueron víctimas del colapso de sellos históricos como Music Hall. Cuando en 2017 el INAMU logró recuperar judicialmente aquel catálogo, Fonocal fue uno de los primeros en convertir esa restitución en una práctica concreta: volver a editar los discos, devolverles su materialidad, su sonido, su historia.
Esa operación excede lo comercial. Reeditar, en el universo de Fonocal, es restituir una memoria colectiva que el mercado abandonó. En sus ediciones no hay artificio ni marketing, sino una fidelidad obsesiva por respetar el pulso original de la obra. Se trata de devolverle al público la experiencia de escuchar un disco como fue concebido: con su orden, su arte, su textura, sus errores, sus silencios. En esa curaduría meticulosa hay una forma de resistencia: preservar la identidad cultural frente al borramiento que impone la velocidad digital.
El objeto, la huella y la historia
Para Fonocal, el disco sigue siendo un objeto de sentido, un soporte cargado de historia y de aura. En una era que se jacta de lo intangible, el sello insiste en la importancia del soporte físico como archivo y como testimonio. Cada libreto, cada foto, cada crédito recuperado habla de un ecosistema cultural que existió antes de la virtualidad, donde el sonido no se disociaba de su contexto visual, su relato ni su comunidad. En ese sentido, Fonocal no solo reedita música: reedita la posibilidad de volver a tocar la historia con las manos.
Su trabajo de reconstrucción implica una ética del detalle: la elección de papeles, la recuperación del arte original, la preservación del sonido analógico sin borrar su aspereza. Fonocal no busca modernizar ni “actualizar” las grabaciones, sino permitir que las nuevas escuchas se encuentren con ellas desde su materialidad y su verdad histórica. Cada reedición, entonces, es una conversación entre épocas: un diálogo entre lo que fue y lo que aún resuena, una correspondencia entre los fantasmas del pasado y las preguntas del presente.
Reediciones que importan: los casos de Raíces y Aucán
Si el rescate fonográfico puede entenderse como una forma de justicia cultural, los ejemplos de Raíces y Aucán muestran hasta qué punto Fonocal asume ese compromiso como un programa estético y político. Ambos grupos, distintos en sonido y en contexto, comparten una misma condición: la de haber sido pioneros en el cruce entre el rock y otras tradiciones musicales argentinas y latinoamericanas, y al mismo tiempo haber quedado fuera del canon.
Raíces: el candombe eléctrico como identidad
Formada en 1977 por el bajista uruguayo Beto Satragni y el tecladista Roberto Valencia, Raíces encarnó uno de los experimentos más singulares de la época: fusionar rock, jazz y candombe en un mismo cuerpo sonoro. Con una formación que incluyó a músicos como Jimmy Santos, Leo Sujatovich, Alberto Bengolea y un joven Andrés Calamaro, la banda logró un sonido que desbordaba cualquier etiqueta, tan sofisticado como visceral.
Su segundo y último álbum, Los Habitantes de la Rutina (1980), hoy reeditado por Fonocal, es una obra clave del mestizaje afro-rioplatense. Canciones como Esto es candombe, Para mi abuelo Jacinto o Amigo candomberito condensan la búsqueda de una identidad sonora propia, en un país que todavía desconfiaba de la mezcla. Su reedición no solo recupera una joya extraviada sino también una mirada del rock argentino sobre su herencia afro y popular, una dimensión pocas veces atendida por la historiografía oficial del género.
Fonocal, al rescatar este disco, no solo devuelve al circuito una grabación perdida: restaura una historia negada, la de una banda que cruzó fronteras musicales y culturales, y que anticipó fusiones que décadas después serían naturales.
Aucán: el rock progresivo como introspección nacional
Si Raíces expandía el cuerpo rítmico del rock hacia el sur del Río de la Plata, Aucán lo hacía hacia las montañas. Nacida en Mendoza en los años setenta, integrada por los hermanos Miguel, Eugenio, Diego y Pablo Pérez, la banda se propuso una síntesis ambiciosa entre rock progresivo, folclore argentino y una sensibilidad poética que rozaba lo espiritual. Su debut homónimo (Aucán, 1977) y el posterior Brotes del Alba (1980), producido por León Gieco y con invitados de lujo como Charly García y Dino Saluzzi, son discos que desbordan de texturas acústicas, instrumentos andinos, y climas donde lo pastoral se vuelve eléctrico.
Aucán representa esa otra historia del rock argentino que no llegó a Buenos Aires, la del interior que experimentaba sin pedir permiso. Sus discos, inhallables durante años, regresan ahora gracias a Fonocal, que los recupera como piezas de un mosaico mayor: el del rock argentino como mapa diverso y no centralista. Temas como Primavera de una esquina o Hacia el destierro revelan una voz distinta, una melancolía luminosa que dialoga con la naturaleza y con el silencio.
Al incluir a Aucán en su serie de reediciones, Fonocal amplía el horizonte de lo que entendemos por rock nacional: no solo Buenos Aires, no solo guitarras urbanas, sino también la dimensión interior, espiritual y continental del género.
La memoria del rock como territorio de disputa
El gesto de Fonocal adquiere una dimensión más profunda si se entiende que la memoria del rock argentino ha sido, históricamente, un terreno frágil y maltratado. La falta de archivos, la desidia institucional y las sucesivas crisis económicas destruyeron buena parte de nuestro patrimonio sonoro. En ese vacío, la existencia de un sello que se dedica a recuperar discos olvidados, a reeditar grabaciones inéditas y a restituir la historia de bandas borradas por la industria, es casi un milagro. Fonocal actúa donde nadie más lo hace: en el intersticio entre el museo y la trinchera, entre la pasión del coleccionista y la rigurosidad del historiador.
Cada título rescatado es una victoria sobre el tiempo, una manera de recomponer una línea de continuidad del rock argentino, desde la psicodelia beat de los sesenta hasta el blues criollo y el progresivo de los setenta. Fonocal reconfigura esa genealogía no desde la nostalgia sino desde la urgencia de conservar una identidad sonora que no puede depender del azar. Su labor permite escuchar cómo sonaba la juventud argentina en dictadura, cómo se mezclaban las guitarras con la experimentación, cómo el rock fue, además de música, una forma de pensamiento.
Un legado en construcción
El desafío de Fonocal hoy pasa por sostener esa política de rescate en un contexto adverso, donde la cultura se mide en reproducciones y el valor simbólico de un disco se diluye en la nube. Pero el sello parece haber comprendido que su fuerza radica precisamente en no adaptarse al sistema, en conservar la lentitud del trabajo artesanal como una forma de disidencia. La reedición, entendida así, es una práctica de resistencia cultural, una forma de afirmar que el pasado también puede ser contemporáneo si se lo cuida, si se lo escucha, si se lo pone nuevamente en circulación con respeto y con pasión.
Fonocal se mueve en esa tensión entre archivo y presente, entre documento y emoción. En sus lanzamientos hay un modo de entender la cultura como memoria viva, donde cada reedición abre nuevas capas de lectura sobre una historia que aún se está escribiendo. Su catálogo no solo preserva el pasado: lo reactiva, lo ilumina, lo devuelve al debate público.
La memoria como rebeldía
En definitiva, Fonocal no es solo un sello discográfico, sino una institución de la memoria rockera argentina, una trinchera desde donde se defiende la idea de que recordar también es un gesto de rebeldía. En una época que todo lo vuelve efímero, el sello insiste en la permanencia. Su tarea nos recuerda que el rock argentino no se escucha solo con los oídos: se escucha con la historia, con el cuerpo, con la conciencia de quienes aún creen que cada disco tiene algo que decir sobre lo que fuimos y sobre lo que todavía podemos ser.
Fonocal, en ese sentido, encarna una forma de resistencia cultural que va más allá del negocio y del tiempo: una apuesta por la memoria como forma de futuro.
