Guns N’s Roses volvió a la Argentina para tocar dos noches seguidas en Huracán
✎ Denisse Cutuli
Un mito a la altura de su historia. Una historia a la altura de su mito. Los Guns N’ Roses regresaron al país después de tres años para tocar en Huracán en lo que serían dos fechas de su gira mundial “Because What You Want & What You Get Are Two Completely Different Things”. Casi rozando las 21.30 del sábado 18 de octubre, se apagaron las luces y comenzaron a sonar los primeros acordes de “Welcome to the Jungle”, la legendaria canción que dio inicio a un show de puro virtuosismo que duraría casi tres horas.
Menuda tarea la de, cumpliendo 40 años de historia, sonar mejor que cuando se grabaron las canciones originales. Pero en muchos pasajes de la noche pareció ser ese el dogma imperante. Aunque, quizás, la mejor muestra haya sido la versión de “Knockin’ on Heaven ‘s Door”, el tema de Bob Dylan que la banda reapropió en 1990 y que, con sus notas del hard rock, elevaron el calibre de la obra.
A ciencia cierta, el show empezó desde las calles que rodean al Ducó. Las bandanas rojas, el color negro y el jean, el cuero y las cadenas, las camisas texanas y los borcegos, las latas y las sonrisas ansiosas inundaron desde temprano los alrededores del estadio a modo de rito colectivo. También el disfrute y la fantasía compartida por quienes paraban a ver a un seguidor hacer su show participativo de karaoke en el que cada quien pasaba a cantar su canción preferida en el micrófono y el parlante que el hombre había traído desde su casa.
Porque el rock es una cuestión de actitud, sentencia que se comprobaría en el devenir de la noche, con un Axl entre camperas de diferentes materiales y aspectos y su inconfundible voz, que si bien puede que no llegue a los agudos que alguna vez supo, continúa sorprendiendo con su potencia, que emerge como un motor vital y empuja desde su interior incluso cuando parece estar a punto de consumirse. Bromeó, bailó, cantó, se dirigió al público en varias ocasiones y recorrió el escenario de un lado a otro con algunas salidas furtivas pero sin jamás quedarse quieto.
Otro tanto le corresponde a Slash, que se mantuvo incólume sin respiro alguno entre acto y acto, siendo uno con su guitarra cual extensión de su cuerpo, recorriendo con sus dedos cada cuerda con una agilidad legitimadora de eso que ya sabemos: es, sin dudas, uno de los mejores que ha visto el escenario mundial del rock. Con una soltura etérea fue interpretando las notas de las 28 actuaciones de este domingo, apoyándose en una Gibson Les Paul, una Flyng V, el pedal steel, el talk box y el wah wahe.
A la formación original se suma también el bajista Duff McKagan, quien también tuvo una actuación notable. Las incorporaciones de los últimos años, como el pianista Dizzy Reed, el baterista Isaac Carpenter, el guitarrista Richard Fortus y la tecladista/corista Melina Reese, tampoco se quedaron atrás y amalgamaron sus talentos en un show que sonó realmente espectacular ante un estadio repleto porque nadie quiso perderse la velada, ni siquiera los vecinos de los edificios aledaños que se amontonaron en sus terrazas para ser parte de esa cita con la nostalgia.
Ozzy Osbourne, fallecido en julio pasado, fue el homenajeado de la noche. El Príncipe de las Tinieblas ha sido siempre una importante influencia de la banda, lo que los ha llevado a interpretar en varias oportunidades canciones como “It’s Alright”, “Never Say Die”, “Junior’s Eyes”, pero anoche la elegida fue “Sabbath Bloody Sabbath” para recordarlo, mientras aparecía una imagen suya en el fondo del escenario.
La setlist fue toda una novedad, con clásicos inoxidables, temas pocas veces tocados en vivo y arreglos modernos de la mano de Slash, que se permitió jugar con sonidos cuasi robóticos. También asomaron canciones inesperadas. Si el viernes había sido el turno de “Don´t Cry”, el domingo le dejó su lugar a “Patience”. Claro que no faltó oportunidad de oír “November Rain” en el piano, ni “Paradise City” como corolario. Fueron parte de la noche, además, “Live and Let Die”, “Mr. Brownstone”, “Bad Obsession”, “Chinese Democracy”, “Better” y “Civil War”.
Aunque incluso la lista original, a la que tenemos acceso la prensa, fue objeto de rebeldía. Orden y elecciones se fueron alterando hasta conformar casi una nueva propuesta, fiel al espíritu de la banda que el presidente Carlos Menem calificó de “grupo de forajidos” la primera vez que pisaron nuestro suelo. Porque, dónde y cuándo sea, el rock siempre será una cuestión de actitud. De actitud e irreverencia, aunque sea nada menos que el tiempo el contrincante.