Anotaciones de una mañana fatal

Noticias de la muerte. Cosas que queremos esquivar y otras que no podemos soltar.

 Facundo Arroyo

Traté de esquivar los recuerdos y le presté atención a las primeras sensaciones. Con el celular hice algo que nunca: fui directo a Whatsapp. Tenía cuatro mensajes de amigos que no suelen escribirme. Uno me imploraba mientras vendía dólares: “Decimelo vos, Facu, no lo puedo creer”. Otro me contaba que una torta le había quedado mal por esa noticia y que la tenía que vender igual. Los otros dos me citaban “Luzbelito” y una de Momo Sampler. Mi team generacional. Y eso fue en lo primero que pensé: el dolor ricotero de la clase trabajadora. Esa sensación de perder a tu dios real e imperfecto mientras tenés que seguir laburando. Esa murga de renegados ahora un poco más solos. 

Salí a la ciudad que los vio nacer, un poco desesperado. A las mismas calles donde Indio leyó a la generación Beat sin cortarse el bigote. Quise seguir viendo eso que estaba pasando en mi teléfono. La primera reacción, el cimbronazo. Pensé en eso de “nos cuidamos entre nosotros”, fue como un eco fantasmal y nacional, antes de recorrer algunas calles específicas. Vi a un sodero llorar mientras bajaba tres cajas de sifones por Diagonal 78. Por ese diagonal siempre van todos los colifas, todos los locos. Después pasé por una ferretería que todavía estaba cerrada, ahí cerca de 11 y 45, donde los Lozanasos que ustedes ya saben. El empleado, también llorando, empezó a subir la persiana con el parlante activado, había elegido Oktubre. En Plaza Italia había tres pibas fumando algo, se habían envuelto a una bandera que decía “Olavarría 2017”. Al costado de su banco habían dejado las camperas de la estación de servicio donde atienden. Llegué tarde al trabajo.  

A media mañana me puse a pensar en el lenguaje modificado gracias a sus canciones. Leí algo brillante de alguien brillante: “No todos logran transformar el idioma de su territorio. No todos logran escribir algo que nunca pueda ser consumido por completo”. Traté de decir algunas de esas cosas por la radio sin que la congoja me suspenda esos balbuceos. Lo había charlado la noche anterior sin saber que la muerte nos acechaba. Marien Chaluf, que es una gran periodista pero también una amiga, cazó al vuelo mis problemas para la oralidad. Iba remarcando al aire algunas ideas y mejorándolas. Yo le decía lo del sodero, lo de las pibas en la plaza, lo del dolor del pueblo trabajador teniendo que despedir así, en este tiempo de mierda, a su ídolo popular. Lo decía mientras recordaba cuando Indio se puso contento de que Diego Armando Maradona llegara al Lobo. Lo decía mirando un mural de todo eso, pensando que mi próxima parada iba a ser la cancha de Gimnasia, justo donde está pintado la gran bestia pop.   

Cuando ya se estaba yendo el mediodía salí a tomar aire. Subí a un cuarto piso con vista directa a la catedral. Estaba tan nublado que nadie podía salir a volar. Los posteos y despedidas sobre Indio ya se multiplicaban por mil mientras trataba de cruzar datos sobre un posible velatorio en mi ciudad. Un amigo colorado desde casa de Gobierno soñó: deberían abrir el DAM todo el fin de semana para que nos podamos despedir como nos lo merecemos. No se refirió al Indio sino a su tribu y entonces pensé en todo lo que había visto esa mañana por mi celular y en La Plata. En eso, las campanas de la catedral empezaron a sonar con todo. Al principio parecía una melodía de antaño pero al toque me di cuenta: la torre de fuego de oktubre estaba despidiendo a nuestro ídolo popular. Es más, desde ahí fue difícil verlo, pero colgado de esas dos puntas gigantes estaba el Indio sacudiendo el control de ese impacto terrenal. Se agarraba y se montaba de esas cadenas del arsenal sonoro y se reía. Pícaro y mordaz, compositor y cantor inmortal.

Y volví a esquivar los recuerdos para prestarle atención a mi primer deseo de despedida: Ojalá Rocambole esté dibujando lo que yo acabo de imaginar.

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