Pienso en los tres conciertos suyos que vi pero me entrecruzan como si hubieran sido uno solo, uno grande
✎ Pablo Díaz Marenghi
Hace días estoy dándole vueltas a la idea en mi mente pero nada aparece. Tengo notas sueltas. Las transcribo. Las borro. No me convencen. Tengo más dudas que antes.
Una viñeta suelta: dos amigos conversan sentados en el cordón de la vereda. Comparten un fernet. Ríen. Uno canta una canción. La melodía se mezcla con el sonido latoso de algún parlante. Humo de carne asada. Uno de los dos es vegetariano. Extraña el sabor de la carne. Le tienta. Ingresan al predio. La celebración exuda pasiones, humos y demonios. Es dionisíaca. Melodías que se dibujan en el cielo, una noche que se vuelve más y más oscura. Distorsión que se convierte en un halo evanescente y se filtra por entremedio de mis dedos.
Intento escribir. No me sale nada. Lo primero que pienso son los tres conciertos que vi suyos. Se me nublan. Se me entrecruzan como si hubieran sido un gran concierto.
Los recuerdos se mezclan. Son borrosos.
Aparece Charly. Mi compañero de banco de toda la vida. Fiestero. Gracioso. Seguro de sí mismo. De los que entran a cualquier lugar como si ya conocieran a todo el mundo.Todo lo contrario a mí. Su evolución me emociona. Con él fui a dos de tres. El tercero fue border. Lo narré en una crónica. Terminó en muertes. Dos muertes.
Otro amigo, Mati, también periodista. Nos mandámos audios kilométricos intentando explicar lo inexplicable. “Voy a dejarle una ofrenda”, me cuenta. Recuerdo cuando habíamos ido a ver un documental sobre aquellos primeros años. Un dispositivo carnavalesco e itinerante que iba desde La Plata hasta el norte argentino.
¿Qué me genera su arte? Primero admiración hacia una banda de combate. De su obra en solitario algunas cosas me conmueven más que otras. Pero todas me generan emoción.
Me emociona el clamor popular.
Un loco llora en un canal de streaming. Los mismos de siempre gritan barbaridades. Las mismas barbaridades que siempre me parecieron indiscernibles. Espolones de una criatura al borde del abismo. En extinción. Algo me alivia. Siento que se van apagando. Otro canal de streaming. Una chica dice: “Hizo bailar a los filósofos y leer a los ladrones”. Otro: “Fue mi papá del rock and roll”.
Los diplomas universitarios de los expertos se convierten al instante en cenizas que vuelan por entremedio de las nubes de esa noche oscura, como el tiritar de un golem.
Recuerdo mis entrevistas a personas de su círculo íntimo: el mano a mano con su guitarrista en el estudio de grabación. La extensa charla en los albores de la pandemia con el artista plástico en su guarida, mostrándonos piezas de memorabilia de colección invaluables. El llamado telefónico con el inefable monologuista que declinó el reportaje hasta el insulto. Otro llamado telefónico con un periodista que había sido insultado públicamente desde un escenario por el artista que se disponía a depositar sus heces en el interior de sus fauces.
Que la muerte me encuentre vivo, había dicho alguna vez. Quisiera despedirme como aquel que se levanta en medio de una partida de poker, casi sin que nadie lo note.
Siento que finalmente lo logró.
Sigo escuchando sus diálogos, entrevistas, declaraciones, como quien tantea las paredes para orientarse en medio de la noche más oscura. Era un decidor. Un perro rabioso. “Es una oportunidad muy especial la muerte para liberarte de tus compromisos y hacer lo que quieras”.
Un poema de Humberto Constantini decía: “Entonces / ya no se puede hablar así nomás,
hay que matar la muerte de algún modo, / hay que pelear con rabia / destruirlos,/ salirles al encuentro como sea / y además decir, decir hijos de puta, / decirlo y masticarlo / y enseñarlo a los chicos / como un rezo. / Por amor a la vida, / simplemente, /me parece”.
Hay que matar la muerte y pelear la rabia, afirma el poema. Me quedo pensando en eso.