La utopía atlántica que va y va

Así es La Serena, festival creado por la familia Drexler se realiza los primeros días del año en La Paloma, Uruguay

✎ Carlos Rodríguez Puente

La noche no irrumpe en La Serena: se posa. Baja despacio, como si supiera que cualquier brusquedad puede romper el acuerdo invisible que sostiene todo. Candiles encendidos aquí y allá. Velas repartidas en los patios. Lucecitas colgando de los árboles, de alguna palmera butiá que parece estar escuchando. Arriba, la Vía Láctea se derrama sin timidez, una noctiluca interestelar que no ilumina: acompaña. Abajo, un puñado de cuerpos conviviendo en una paz activa, trabajada, sostenida. Algo así como una sede profana de las Naciones Unidas, mecida por la respiración constante de la marea rochense.

El festival comenzó el 2 de enero. Como comienzan las cosas que importan: sin aspavientos, pero con dirección. Las dos primeras noches estuvieron dedicadas al artista homenajeado de esta edición 2026, Fernando Cabrera. No fueron tributos en el sentido clásico: fueron aproximaciones. Canciones abordadas desde distintos ángulos, abiertas, vueltas a habitar. Cabrera como clima, como ética, como forma de decir sin levantar la voz. No hubo nostalgia sino presente, una actualización sensible de un cancionero que sigue preguntando más de lo que afirma.

Nada de lo que ocurre acá sucede porque sí. La célebre iniciativa de la familia Drexler —más de dos décadas sosteniendo una intuición contra toda lógica de rendimiento— encontró este año una expansión natural. Pero antes de la expansión hubo sueño. Y antes del sueño, una idea simple: crear un espacio donde la música no compita, donde el arte no se defienda, donde el encuentro no sea una palabra vacía. Lo que pasa en La Serena queda en La Serena. O no. Porque también se filtra, se replica, se pega al cuerpo como sal. Un documento vivo, imposible de falsificar.

Cada quien llega con algo para ofrecer. A veces una canción. A veces una escucha.

Por la tarde, cuando el sol todavía duda si irse, el chiringuito de la Plaza de la Serena se vuelve un centro de gravedad blando. Las rondas de guitarra no empiezan: aparecen. Un rasgueo tímido, una voz que se anima, otra que entra sin pedir permiso. Canciones que ruedan como botellas en el agua, sin dueño, sin firma, sin apuro. Músicos de distintos puntos del continente se acercan con su poesía al hombro y la dejan ahí, sobre la mesa, como quien comparte pan. No hay escenario ni jerarquía: hay atención. El atardecer se estira porque quiere escuchar un tema más.

El martes 6 de enero, Día de Reyes, el sol se despidió distinto. Como si alguien le hubiera avisado. Desde La Habana, desde Cuba, Alexis Díaz Pimienta tomó la palabra y no improvisó para mostrar oficio: improvisó para agradecer. Su repentismo fue oración laica, despedida al sol, gesto antiguo dicho en presente absoluto. Versos nacidos para extinguirse ahí mismo. La poesía como acto colectivo. Reyes, ocaso, palabra viva. Nadie necesitó explicaciones.

Cuando la noche cerró del todo, cerró con tambor. La primera Rueda de Candombe no fue un número: fue una revelación. Un gesto que dialoga con las rodas de samba de Río, pero que hunde los pies en una ancestralidad más honda. Madera golpeada, cuero tenso, pulsos que se reconocen antes de verse. Clásicos históricos y canciones contemporáneas llevadas al tiempo del candombe, como si ese ritmo hubiera estado esperando pacientemente a que alguien le abriera la puerta.

Los invitados se sumaron sin romper la forma, que es la única manera de entrar. Julieta Rada, Filipe Catto, el dúo Ainda, Moreno Veloso, dejando caer How beautiful could a being be con una delicadeza feroz, y Jorge Drexler, uno más en la rueda, entendiendo que ahí el protagonismo es una distracción.

Pero lo verdaderamente poderoso ocurrió en los cuerpos. El baile en la Rueda de Candombe no fue coreografía ni exhibición: fue entrega. Cuerpos diversos, edades, historias, identidades, todos atravesados por un mismo pulso. Otredades que no se explican ni se toleran: se mueven juntas. La conciencia cede el control y el movimiento toma la posta. Bailar ahí fue una forma de desarmarse y volver a armarse distinto. Una experiencia renovadora, casi política, donde el cuerpo deja de ser frontera para volverse puente.

Arañas de arena cruzando la escena. Cerveza con gusto a galaxia. Un coro espontáneo, desprolijo y exacto, con acentos y lenguas mezcladas. Todos instrumento. Nadie espectador. El arte mandando sin levantar la voz. El tiempo perdiendo autoridad, desordenado.

En La Serena, cada atardecer en la playa, cada acorde que rebota en La Nodriza o Corumbá, cada episodio imprevisto —un happening, un almuerzo que se estira— construye un territorio blando. Un lugar donde el levitar siempre termina en una caída amable.

No hay átomo ni luz que no brille en La Serena.

Y aunque algunos insistan en que lo que pasa ahí se queda ahí, la verdad es otra: algo de todo esto —un verso, un tambor, una forma de moverse en el mundo— se va con vos. Y ya no te suelta.

Tambien te va a interesar:

Publicado el 28 enero, 2026

Publicado el 27 enero, 2026