Resistir desde la Belleza

Primer viernes de octubre. Noche de primavera. Lisandro Aristimuño se sube al escenario del Gran Rex y la magia comienza

✎ Carlos Noro

En los últimos años, Lisandro Aristimuño atravesó un proceso de mutación artística que acompañó —y en parte tradujo— los vaivenes del mundo que lo rodea.

El tiempo de encierro y aislamiento lo llevó a un terreno de exploración más profunda: a experimentar con lo electrónico, a desarmar el formato de canción sin perder su raíz acústica y popular, y a expandir su mirada hacia nuevas formas de comunión.

Su proyecto con Raly Barrionuevo, Hermano Hormiga, abrió un paréntesis de folclore luminoso; y los Luna Park de 2017, 2018 y 2024, con banda completa, consolidaron su costado más orquestal y épico algo que contrastó con una serie de conciertos donde mostró un set en soledad apoyándose en efectos y bases programadas para darle forma a su música donde el pulso digital convivivió con la respiración de la guitarra.

Pero el concierto del 3 de octubre en el Teatro Gran Rex reveló otra cara: la de un artista en estado de madurez, que elige el formato trío —junto a Martín Casado en batería y Lucas Argomedo en bajo— para reducir la forma y amplificar el contenido.

La puesta fue sobria y conceptual: una pantalla tripartita en el fondo del escenario proyectaba texturas, luces y abstracciones que funcionaban como extensión visual del sonido. Desde el primer minuto, quedó claro que el concierto sería más una experiencia sensorial que un simple repaso de canciones. La iluminación, diseñada con precisión pictórica, trabajó tanto dentro como fuera del escenario. No solo bañaba al trío con luces rasantes, cálidas o frías, sino que, en momentos clave, se expandía hacia el público, envolviéndolo en la misma atmósfera. Azules de neón, rojos intensos, verdes líquidos y destellos ámbar creaban un universo visual total, donde no había espectadores sino una multitud suspendida dentro del mismo pulso lumínico. La sensación era la de estar adentro de la música, en un espacio que respiraba junto a los sonidos

Tu mundo abrió la noche con bases densas, graves, que parecían venir desde el suelo del teatro. Esa electrónica inicial, hipnótica y precisa, marcó la pauta de lo que vendría: un Lisandro expensivo, atento al detalle, jugando con el aire entre cada golpe de batería y cada respiración. El trío se movía con naturalidad de relojería orgánica. Casado, dueño de un pulso milimétrico, tejía capas rítmicas que no sofocaban la melodía; Argomedo aportaba una profundidad cálida desde el bajo, más melódico que percutivo; y Lisandro, en el centro, controlaba la energía con una mezcla de calma y electricidad interior.

Después de Lobofobia, Lisandro interrumpió la secuencia y, con claridad dijo: “Les quiero agradecer por venir. Es muy difícil. Estamos en un momento difícil. Gracias por apoyar la música, el arte, en este país.” La frase fue recibida con un aplauso largo, casi conmovedor. No fue un gesto político ni un lugar común: fue una constatación de época. Ese agradecimiento sin maquillaje, en medio de un contexto incierto, se convirtió en la llave emocional del show.

El momento siguiente fue Para vestirte hoy, completamente transformada.  Al principio resultaba irreconocible: una versión hiperelectrónica, brillante, que parecía desarmar la estructura original para reconstruirla desde el pulso de las máquinas. La voz, casi flotante, se fue abriendo paso entre sintetizadores y beats hasta que la melodía emergió, reconocible y nueva al mismo tiempo. Fue una de esas relecturas que justifican todo un concierto.

Sin pausa, Green Lover llegó dedicada al principio de la canción a las Abuelas de Plaza de Mayo y al final para Gabo Ferro. El teatro se detuvo unos segundos, como si respirara al unísono. La canción, que siempre fue un canto de ternura y libertad, se expandió hasta convertirse en un acto de memoria afectiva. Casado y Argomedo acompañaron con contención y respeto, mientras la pantalla proyectaba destellos verdes y dorados. En ese tramo, el arte y la política se rozaron sin fricción: fue emoción pura, sin discurso.

El formato trío se consolidó a lo largo del recital como un laboratorio de precisión y clima.
No hubo exhibicionismo ni virtuosismo vacío: cada sonido tenía un propósito.
En Sombra 1, la aparición de Juan Subirá  Bersuit Vergarabat en acordeón trajo un respiro lúdico, un momento de aire y humor que equilibró la intensidad mixturada con la melancolía propia del instrumento Luego, canciones como Blue, Tu nombre y el mío, La última prosa y Elefantes ampliaron la dimensión atmosférica del show. Antes de tocar Tu nombre y el mío, levantó la vista hacia el público y, con una sonrisa leve, dijo:“Esta canción es del lugar de donde soy, de dónde vengo, de a dónde voy… y a donde me gusta volver. Nuestro querido sur argentino”, El comentario no fue solo una presentación: fue una declaración de pertenencia.  Esa frase, sencilla y profunda, resumió veinte años de carrera. El teatro respondió con un aplauso cálido, de reconocimiento más que de celebración. Y entonces la canción fluyó con una calma nueva, teñida de Patagonia: guitarras que sonaban a viento, percusión que latía como tierra, una melodía que regresaba a casa.En ese pasaje, la luz se volvió ámbar, suave, respirante; el escenario se iluminó desde los costados como si amaneciera, y el público quedó envuelto en ese resplandor compartido mientras que la interacción visual de las tres pantallas creaban una sensación de tiempo suspendido.

La segunda parte del concierto abrió la puerta a otro registro.  Vida, del proyecto Hermano Hormiga, llegó en una versión acústica que resignó la raíz folclórica y encontró una pureza despojada, casi frágil.  Lisandro la dedicó a su manager y amigo Valentín López López, que cumplía años, y el público respondió con un aplauso cómplice. Fue uno de esos instantes donde el músico se corre del centro y deja que la emoción circule sin mediaciones.

Después vinieron Canción de amor y Plug del sur, con Lisandro al igual que en la canción anterior,solo en escena.  Ahí se reveló su mayor fortaleza: sus composiciones se sostienen sin artificio. Tanto cuando explora la complejidad de las capas electrónicas como cuando se queda solo con su guitarra, las canciones conservan su respiración. Son construcciones frágiles y potentes al mismo tiempo, capaces de conmover sin depender de la forma.

El cierre de ese bloque llegó con Es todo lo que tengo, y es todo lo que hay donde Aristimuño se bajó del escenario y caminó por los pasillos laterales del teatro, cantando entre la gente. Fue un gesto simple y profundamente humano, que quebró cualquier distancia. Esa caminata, ese cara a cara con el público, sintetizó el espíritu del recital: cercanía, agradecimiento y la idea de que Lisandro disfruta como pocos estar arriba del escenario.

La tensión volvió con primero con Tres Estaciones y luego con Pozo, que sonó increíble y dramática, sostenida en un equilibrio exacto entre lo orgánico y lo electrónico. Las luces, aquí, acompañaron con una coreografía intensa: rojos de fondo, sombras móviles, flashes breves que hacían temblar las figuras sobre el escenario. Fue un punto alto, emocional y físico. Durante Azúcar del estero, un problema técnico obligó a un cambio inesperado: Lisandro, que planeaba tocarla con guitarra acústica, debió optar por la eléctrica.  Lejos de romper el clima, la contingencia sumó espontaneidad.  La versión, más cruda y brillante, conservó la belleza original y añadió una tensión distinta, una energía de riesgo que el público celebró. Luego vino How Long, luminosa y contenida, con una interpretación que rozó la perfección emocional. La voz de Aristimuño, acompañada apenas por texturas de sintetizador, llenó el teatro con una melancolía dulce y transparente. El cierre fue con Tu corazón, que invirtió el clima: Lisandro se puso al frente de los sintetizadores, subió el pulso rítmico y, sin perder la melancolía del tema, hizo bailar a todo el teatro. Esa dualidad —tristeza y celebración, calma y movimiento— resumió el espíritu del concierto. 

El segundo bis fue el más sorprendente (el primero había comenzado con Tres Estaciones) comenzó con Una flor, interpretada en una versión floydiana y blusera, marcó el momento más rockero del show. El trío sonó denso y libre, y Lisandro, con guitarra eléctrica en mano, desplegó una interpretación intensa, casi ritual.
Finalmente, Me hice cargo de tu luz selló la noche con la melancolía luminosa que atraviesa toda su obra. Las tres pantallas se unificaron en una proyección blanca, y la sala quedó envuelta en esa claridad suave, como si el sonido siguiera flotando aun después del silencio. El público permaneció de pie, sin apuro, respirando en la misma frecuencia con la sensación de que el recorrido musical propuesto por Lisandro había atravesado profundamente a los presentes.

Hay algo en Lisandro Aristimuño que lo vuelve irreductible a etiquetas: un músico camaleónico, capaz de mutar sin disolverse, de absorber y procesar influencias sin perder su núcleo. En el concierto del Gran Rex esa cualidad quedó a la vista. Su remera de Peter Gabriel —uno de sus ídolos confesos— no fue un guiño casual: fue una declaración estética. Como el inglés en los ochenta, Aristimuño entendió que la canción no tiene por qué pelearse con la tecnología, que la electrónica puede ser textura, emoción y sentido tanto como una guitarra o una voz.

Formado primero como guitarrista y compositor, Lisandro aprendió después a manejar la potencialidad de la electrónica como un segundo lenguaje. Esa doble raíz le permitió construir un universo propio: canciones que, aunque muten, conservan su respiración orgánica. El público del Gran Rex escuchó esa síntesis: un artista que puede pasar de las programaciones complejas a la desnudez acústica sin perder intensidad, que convierte cada concierto en un laboratorio vivo.

Lo notable es que Aristimuño no ha perdido su identidad. Aquello que estaba en su debut “Azules Turquesas” hace 21 años sigue presente, pero evolucionado, potenciado y revisitado. Esa coherencia en el cambio lo hace único en la escena argentina y explica el atractivo de verlo en vivo. El formato trío presentado en el Gran Rex fue la síntesis perfecta entre la electrónica y el rock, entre el pulso sensible y lo mántrico, una propuesta de madurez artística que confirma a Lisandro Aristimuño como uno de los grandes narradores musicales de su generación .Esta noche en el Gran Rex, en un país que él mismo definió como “difícil”, su música volvió a hacer lo que siempre hace: resistir desde la belleza. Allí está la clave que lo convierte en un músico desafiante, distinto y uno de los referentes de una generación que no niega las influencias sino que las convierte en una propia y entrañable canción. 

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Publicado el 29 enero, 2026

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