La venganza de los perdedores

Así fue la noche en que Los Caballeros de la Quema llenaron un Movistar Arena y convirtieron todo en una gran fiesta de rock

✎ Hernani Natale

Iván Noble dijo que se trataba de una celebración y lo fue. Así lo demostró el generoso cotillón desplegado con bombas de serpentinas y papel picado y una suelta de globos. También lo puso de manifiesto el fervor del gentío reunido en el sector campo que, con el rostro feliz y marcas etarias registradas al menos por encima de las cuatro décadas como factor común, se transportó a los años de pelos largos, jeans cortados y zapatillas de lona blancas (solo en su origen, pues solían verse amarronadas por el excesivo uso y el proporcionalmente escaso lavado).

Aludió también a la emoción de estar actuando en una arena joven pero que acumula su historia, luego de un derrotero iniciado en bares y sótanos. Se le hizo los honores al escenario de tamaña envergadura, con un gran despliegue lumínico, una saturación de pantallas y  desniveles para la batería, los teclados y los vientos.

En ese pasaje sentenció una división entre quienes cooperaron para forjar un aura mítica en torno a ese recinto, con Iggy Pop, Joaquín Sabina, CA7RIEL & Paco Amoroso, y Silvio Rodríguez, mencionados a modo de ejemplo; y otros casos no tan felices. La alusión fue clara. Ya habían despuntado algunos cánticos contra el presidente Javier Milei, fallido rockstar entre otras falencias, luego de las interpretaciones de la elocuente “Rajá rata” y de “Rómulo y Remo”, tal vez por asociación con la época o por el deseo del “buen cáncer en los huevos para los Galtieri, para los Massera”.

Fue celebración. Fue un buen ejercicio de nostalgia. Fue también exorcismo por el oprobio de ese lunes que dio vergüenza, cuando la máxima autoridad del país, como mínimo, hizo gala de una nula comprensión de texto al entonar “Demoliendo hoteles”.Todo eso. Junto y revuelto.  

Los Caballeros de la Quema tuvo en su menú canciones para todos los gustos y necesidades. El grupo, que en los años 90 y en los albores de este siglo se erigió como el hijo descarriado de esa suerte de subgénero del rock argentino llamado “el rock del oeste”, se presentó el viernes 10 de octubre en el Movistar Arena. Hace algunos años, los muchachos de Morón se reencontraron y sumaron algunas fechas de impacto, como un Luna Park o un Obras, pero se debían pisar el estadio ubicado en Villa Crespo.

La excusa era el aniversario 25º de “Fulanos de nadie”, el disco de megahits como “Sapo de otro pozo” que marcó el final de la banda hasta este reencuentro. Pero en el andar, no fueron los tracks de esa producción los centros del show. Ni siquiera fue la placa que aportó más material para la confección del setlist de la noche.

En un “tour de force” de cerca de dos horas y media, la banda rememoró sus grandes éxitos, echó mano a algunas perlas ocultas en un noble guiño a sus fans de la primera hora y no se puso colorada para mecharlas con composiciones de su reciente disco “Fiesta de zombies, editado este año. Fueron seis de esta flamante producción sobre un total de 26 temas que conformaron el listado, es decir, una importante proporción.

La arriesgada apuesta valió la pena. El grupo probó que aún tiene cosas que decir y no pretende quedarse solamente en la evocación de glorias pasadas –sin renegar que la reunión se basa en ello-, que mantiene el pulso de antaño y que su feligresía ya incorporó esas novedades a su catálogo, a juzgar por la pasión con que entonaba las letras, al mismo nivel que los clásicos. “Alma de mocasín” fue el más acabado ejemplo de esto.

En definitiva, volvieron a escucharse canciones de la primerísima época como “Primavera negra”, “Carlito” y “Patri”; los éxitos como “Avanti Morocha”, “Fulanos de nadie”, “Oxidado” y “Malvenido”; y favoritos de los fans como “¿Qué pasa en el barrio?”, “Otro jueves cobarde”, “Todos atrás y Dios de 9” y “Mientras haya luces en el bar”.

Quedaron expuestos entonces los ingredientes con los que cocina su menú la banda. Los ribetes de rock barrial, las disquisiciones reggae, las baladas rockeras de estribillo indeleble, el folk profundo de armónica y banjo, y las ráfagas de grunge que despiertan de a ratos los cruces guitarrísticos de Pablo Guerra y Martín Méndez. Acaso el cantar forzado y ronco de Iván Noble conduzca en una asociación libre a Pearl Jam. Sin ánimos de comparar. 

La realidad es que Los Caballeros de la Quema funcionan; son eficientes. Y, más allá del gran oficio sonoro de la banda y los ingeniosos arreglos de vientos comandados por Carlos Arin, esto sucede por sus líricas, que conectan de manera directa con el sentir común de su público. Son historias de perdedores, en muchos casos, románticos “atorrantes” caídos en desgracia por sus deslices. Narradas en un lunfardo barrial con sentencias de filósofo de bar. Pero estos perdedores también explotan contra el poder porque son víctimas del modelo neoliberal. Y, sin embargo, en algunas ocasiones, no pierde la esperanza de vivir bien porque “queremos todo un poco más de todo”. Por afinidad o por simpatía, nadie queda afuera en esta oferta de romanticismo, territorialidad, resignación y catarsis social y política.

En estos días, todos estamos destinados a seguir siendo perdedores por los mismos motivos por los que lo éramos en la década en la que Los Caballeros de la Quema escribieron su historia. Eran tiempos del menemato. Ahora, que la historia se repite como farsa, porque la tragedia ya la conocimos, no es difícil enrojecer entonando algunas de esas letras que escupen furia contra el poder. Sobre todo, porque hace un tiempo que sentimos que nos tapó el agua. Y, como es bien sabido, después del agua, más agua, porque este charco no tiene borde.     

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Publicado el 29 enero, 2026

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