Ni el fin de mes impidió que el C Art Media se llene de personas con ganas de escuchar a Massacre. Y, por supuesto, ESTO ES NOTA dijo presente para retratarlo.
✎ Pablo Díaz Marenghi
Hay algo de ciertas canciones de Massacre que arrancan como si ya estuviesen empezadas. Dicen los que saben que así debe comenzar la buena literatura. Como en aquel poema de Joaquín Giannuzzi cuyos primeros versos dicen: “Y por ejemplo tomo este momento, cuando acurrucando mi edad junto a la mesa, las moscas entran por la ventana para girar aquí con una finalidad estricta”.
Walas comienza a cantar así en “Te arrepiento” luego de una serie de acordes filosos a cargo del Tordo Mondello: “Jamás pensé encontrarte en la casa de la que antes, te escapabas. Creo que voy a quedarme con las cosas que finalmente son de importancia”.
Lo mismo pasa en “Nuevo Día”, después de ese riff frenético que siempre es la invitación indeclinable al pogo extremo: “Te agradezco también / Los hermosos presagios / Aunque debas saber, oh-no-no / Que lo dicho fue en vano”.
Es como si uno ya estuviese adentro. De la canción, de la historia, de lo que genera la música, de cómo la viven y expresan Guillermo Walas Cidade y compañía.
Y algo así ocurre también con sus shows. Como si no se rigieran por los preceptos típicos de la narración aristotélica introducción-nudo-desenlace. Sino, más bien, como si fuesen una fuerza centrífuga y centrípeta en ebullición constante.
De diferentes maneras, en distintos espacios, los Massacre siempre están tocando y al igual que un buen amigo, nunca te van a dejar tirado.
Emblemas del rock alternativo, del skate rock, del punk, hace rato que no necesitan presentación. Hace poco la industria los consagró una vez más con dos Premios Gardel. Entre ellos, mejor disco de rock por Nueve. Allí donde otra vez mostraron su gusto por la mutación permanente. Su sonido se volvió más desértico, stoner, Walas se encargó de enfatizarlo en la previa de cada uno de estos temas en vivo (“Ahora nos vamos al desierto de nuevo”).
Su show del pasado 27 de junio en C Art Media fue una nueva encarnación de dichos movimientos. Prologados por el oscuro y diáfano Sergio Rotman en formato solista –que luego subiría a tocar el saxo en “Tanto amor”– se despacharon con casi una treintena de temas que dieron sólidas muestras del enorme repertorio que supieron cosechar.
En un momento, Rotman recordó anécdotas de juventud: “Con Willy, antes de ser Walas para mí era Willy, y Gamexane en el Parakultural 88 vimos el mejor show de la historia. Una experiencia detestable, intensa y emotiva”.
“No hay nada más profundo que la piel de la música. Es una vibración en el cuerpo que tanto desordena los sentidos como también acciona una conversación: va directo a la microneurona que nos ata a este mundo cruel”, escribió Gustavo Álvarez Nuñez en su novela de reciente publicación Qué hago con la noche. Algo de todo eso zumbó en los oídos de los presentes.
Walas interactuando con su público -mi amor, divina, linda, una de sus marcas registradas: “Haga activismo existencial. No sea usted”, les lanza. Walas tocando un theremín. Walas rodeado de maniquíes y muñecas rotas con ojos vacíos. Walas evidenciando que aún le presta atención a la crítica de rock: “Un crítico dijo que lo mejor del Quilmes había sido Massacre y Juana Molina. ¿Es cierto? Lo dijo un crítico. No sé”, dispara. El público respondía sí, a los gritos.
Entre el mosh y un poquito de pogo allá, nada más, un flaco con una máscara de Pennywise, la macabra historia del payaso monstruoso pergeñada por Stephen King, se chocaba con todos y pedía disculpas a la vez que intentaba abrirse camino más allá de la valla, de nuevo al vórtice del bardo.
“Ningún invierno empieza si mantenemos vivo el deseo que es el premio mayor”, canta Walas en “El deseo” y sintetizó así su historia de casi cuarenta años arriba de un escenario.
Con shorts por arriba de la rodilla, camisa leñadora y el pelo teñido de rojo revalidó sus pergaminos como uno de los frontmans más eclécticos e hipnóticos del rock local.
Walas hace lo que quiere sin impostar, siendo fiel ya no a un destino trazado sino a su propia manera de ser en el arte y en la música.
Massacre siempre fue retrofuturista. Sus letras pueden ser leídas en clave de profecía y su sonido puede ser tranquilamente la banda sonora de una distopía cyberpunk.
Por eso, en estos tiempos, se resignifica y gana aún más potencia que cada vez que Walas presente a la banda retome su nombre original bajo el cual grabaron su primer EP allá por agosto de 1987: “Hola, nosotros somos los Massacre Palestina”.