MOLCHAT DOMA obliga a experimentar la música más allá de las palabras y eso se vivió en el C Art Media
✎ Carlos Noro
Antes de que las luces bajaran en el CC Art Media, ya se intuía que lo de MOLCHAT DOMA iba a ser una ceremonia extraña y magnética: cientos de personas listas para celebrar a una banda que canta en ruso, se expresa en ruso y ni siquiera intenta suavizar el idioma para acomodarse al mercado global. Esa fricción —lo hermético convertido en masivo— explica algo fundamental del fenómeno: miles de oyentes que, literalmente, están perdidos en la traducción, pero aun así sienten una conexión emocional total. Como si el clima, el pulso y la estética reemplazaran el significado literal de las palabras. Como si entender la letra fuera casi irrelevante frente a la experiencia sensorial completa. Esa paradoja es la puerta de entrada a un universo donde lo extranjero no distancia: magnetiza.
La Intro abre un pasaje frío y espacial, apenas iluminado por rojos intensos que recortan siluetas y preparan el terreno para una inmersión completa. Con Kolesom, el beat minimalista y el bajo quirúrgico marcan el pulso de un ritual colectivo. No hay carisma explícito ni teatralidad: solo atmósfera. En Ty Zhe Ne Znaesh Kto Ya, Egor aparece rígido, bamboleándose con una cadencia que parece venir de otro tiempo, otra ciudad, otra temperatura emocional. Esa voz espectral —lejana, monótona, reverberante— se vuelve puente entre mundos que no se entienden mutuamente pero sí resuenan juntos. Ahí empieza a sentirse que el show no es un mensaje: es un idioma emocional.
El clima se espesa en III, donde los sintetizadores se abren como un vapor helado mientras la guitarra recorta figuras sombreadas. Molchat Doma acentúa la estética repetitiva y meditativa que le da nombre al grupo: la sala se deja arrastrar por ese mantra mecánico que, lejos de ser distante, se vuelve cálido. Es un ejemplo perfecto de cómo MOLCHAT DOMA obliga a experimentar la música más allá de las palabras —a dejar que el clima tome el lugar de la comprensión racional—, porque estamos todos un poco perdidos en la traducción, pero nunca desconectados.
Con Ne Vdvoem, la banda deja filtrar una melancolía más vulnerable, casi pop, mientras Obrechen endurece todo: percusión electrónica seca, un pulso casi industrial, una sensación de encierro emocional que empuja a la sala a bailar desde la resignación luminosa. Belaya Polosa funciona como alivio melódico, celebrada con euforia, mientras Chernye Tsvety abre una grieta más íntima, con una guitarra que dibuja contornos en la penumbra. Son y Volny profundizan ese paisaje urbano, nocturno, vacío pero vivo, como si la música fuera la arquitectura emocional de una ciudad desconocida.
En Lyudi Nadoeli, la gente explota. No importa si nadie entiende el texto: el cuerpo entiende todo. Ese es el corazón del fenómeno. Ya Tak Ustal baja la velocidad, expone fragilidad y prepara el terreno para el giro bailable que viene. Discoteque activa definitivamente la fiesta: la tristeza se convierte en una pista de baile. Na Dne, más guitarrera, más expansiva, reafirma la idea de que la banda puede mutar sin perder identidad, ampliando climas sin recurrir a explicaciones. Beznadezhnyy Waltz aparece como un remanso oscuro, un abrazo emocional que reordena el cuerpo antes del tramo final.
Los bises abren otro capítulo del viaje. Kletka instala una oscuridad más gótica, cercana al pulso sombrío de Sisters of Mercy. Toska arrastra a la sala a un territorio de melancolía profunda, casi meditativa. Tancevat rompe cualquier posibilidad de introspección y entrega movimiento puro, directo, liberador. Y entonces llega el momento más desconcertante y hermoso de la noche: Sudno (Boris Ryzhy).
Ese es el punto donde la frase perdidos en la traducción adquiere una dimensión emocional total. La canción, cuya letra habla de un hospital, de un cuerpo que se apaga, de la vida “despeinada como una puta”, de la necesidad desesperada de aferrarse a otra mirada para “nunca morir”, no debería ser bailable. No debería ser alegre. No debería ser coreada. Pero en Buenos Aires sucede lo contrario: cientos de personas saltan, ríen, levantan brazos, cantan fonéticamente un poema devastador sin entenderlo del todo, pero sintiéndolo en carne viva. El texto habla de fragilidad, de muerte, de resignación. La sala, de celebración. Esa contradicción —ese choque entre el contenido y la vivencia— no queda disonante: se potencia. Se vuelve la definición perfecta de esta banda y de esta época.
Porque MOLCHAT DOMA demuestra que lo emocional es más rápido que lo literal, que una comunidad puede construirse sin compartir idioma y que la música puede unir aquello que las palabras separan. La gente está perdida en la traducción, sí, pero encuentra algo más profundo en el camino: pertenencia. Movimiento. Catarsis. Una forma colectiva de sobrevivir a lo que el poema describe en soledad.
MOLCHAT DOMA llena todo, agota cada remera, cada buzo, cada vinilo, arrasa en cada país al que llega y convierte la melancolía en un espacio común. Lo extraordinario no es que triunfen cantando en ruso: lo extraordinario es cómo su oscuridad se vuelve luz cuando cae sobre una multitud que no necesita entender para sentir. Lo extraordinario es que en esa confusión, en esa distancia, en ese abandono del sentido literal, todos se encuentran.
Perdidos en la traducción, sí.
Pero nunca tan conectados.