La sala más rockera del Abasto recibió a PENTAGRAM y, claro, estuvimos ahí para vivir la experiencia
✎ Carlos Noro
La histórica banda estadounidense ofreció en Uniclub el que anunció como su último show en la Argentina. Lo que para millones de personas comenzó con un meme terminó convirtiéndose en el descubrimiento de una de las agrupaciones más influyentes del rock pesado. Después de más de cincuenta años de carrera, PENTAGRAM demostró que la viralidad puede abrir una puerta, pero solo las grandes canciones son capaces de atravesar el tiempo.
Hay pocas historias tan extrañas como la de PENTAGRAM. Mientras la mayoría de las bandas sueñan con alcanzar la popularidad durante sus primeros discos, el grupo estadounidense pasó más de cinco décadas construyendo una reputación casi secreta. Durante años fue una referencia obligada para músicos, coleccionistas y fanáticos del rock pesado, pero un nombre prácticamente desconocido para el gran público. Paradójicamente, cuando parecía que todo estaba dicho, internet hizo lo que la industria musical nunca había conseguido: presentar a PENTAGRAM ante millones de personas.
Todo comenzó con un video de apenas unos segundos. En febrero de 2025, una filmación de Bobby Liebling interpretando The Ghoul empezó a multiplicarse en TikTok, Instagram y X. La imagen era tan simple como hipnótica: el cantante permanecía inmóvil, con la mirada perdida hacia el público mientras un ventilador levantaba su largo cabello blanco. El clip fue acompañado por una frase que terminó convirtiéndose en parte del fenómeno: “Hardest stage presence I’ve ever seen” (“La presencia escénica más imponente que vi en mi vida”). En cuestión de días aparecieron miles de memes, ilustraciones, montajes y videos que instalaron el rostro de Liebling mucho más allá del universo del metal.
Lo llamativo fue que, detrás de la broma, millones de personas comenzaron a hacerse la misma pregunta: ¿quién era ese cantante? La respuesta los condujo a descubrir una banda formada en 1971 que llevaba décadas siendo venerada como uno de los pilares del doom metal. Las reproducciones en plataformas digitales crecieron de manera abrupta, las búsquedas en internet se dispararon y una nueva generación empezó a escuchar discos grabados mucho antes de haber nacido. Incluso el propio Liebling reconoció que la repercusión cambió por completo su vida cotidiana y que pasó de ser un músico de culto a ser reconocido en aeropuertos, calles y recitales por personas que solo lo conocían por aquel video viral.
Sin embargo, reducir la historia de PENTAGRAM a un meme sería una enorme injusticia. Mucho antes del fenómeno digital, la banda ya ocupaba un lugar esencial dentro de la evolución del rock pesado. Si BLACK SABBATH fue el grupo que sentó las bases del heavy metal, PENTAGRAM tomó esa oscuridad primitiva y la llevó todavía más lejos. De allí nació el doom metal, un estilo construido sobre riffs lentos, pesados y repetitivos, donde la atmósfera resulta tan importante como las propias canciones. Mientras otras corrientes del metal privilegiaron la velocidad o el virtuosismo, el doom eligió el peso, el clima y la sensación de amenaza permanente.
Esa importancia histórica, sin embargo, nunca se tradujo en éxito comercial. La carrera de PENTAGRAM estuvo marcada por separaciones, cambios constantes de integrantes y, sobre todo, por los problemas de adicción de Bobby Liebling, cuya vida parecía avanzar siempre al borde del abismo. Durante años la banda perdió oportunidades discográficas, giras y contratos que podrían haber cambiado su destino. El momento más dramático llegó cuando el cantante prácticamente desapareció de la vida pública, viviendo aislado y consumido por las drogas, una situación retratada con crudeza en el documental Last Days Here (2011). Aquella película mostró el deterioro físico y emocional del músico, pero también registró una de las historias de redención más sorprendentes del rock: su recuperación y el regreso de PENTAGRAM a los escenarios.
Todo ese recorrido pareció condensarse en Uniclub. La sala reunió dos generaciones de público difíciles de imaginar compartiendo un mismo espacio. De un lado estaban quienes siguieron a PENTAGRAM durante décadas, cuando conseguir un disco de la banda implicaba recorrer ferias de vinilos o intercambiar grabaciones casi clandestinas. Del otro, jóvenes que llegaron atraídos por un algoritmo, un reel o un meme. Lo fascinante fue comprobar que, una vez apagadas las pantallas de los teléfonos, ambos grupos reaccionaban exactamente igual frente a la música.
La noche comenzó con dos propuestas nacionales que entendieron perfectamente el contexto. Sangre de Barro abrió el encuentro con una propuesta de impronta post stoner, atravesada por un sonido áspero y un discurso de fuerte contenido político que reflejó buena parte del malestar social contemporáneo. Luego fue el turno de Herpes, que llevó el recital hacia un terreno más cercano al rock and roll, combinando stoner, velocidad y claras reminiscencias a MOTÖRHEAD, sostenidas por un convincente trabajo de guitarras gemelas. Desde temprano quedó claro que el sonido sería uno de los protagonistas de la noche. No buscó pulcritud ni refinamiento. Apostó por la crudeza. Y esa decisión terminó siendo una virtud.
Cuando PENTAGRAM apareció en escena, el volumen adquirió una dimensión casi física. Cada riff parecía salir disparado desde los amplificadores con una violencia controlada que convertía el recital en una experiencia corporal. No era un sonido particularmente elegante. Tampoco pretendía serlo. Era rugoso, áspero y profundamente orgánico. En una época dominada por producciones cada vez más limpias, aquella crudeza resultó casi un manifiesto estético.
La apertura con Live Again funcionó como una declaración de principios. La banda sonó firme desde el comienzo y rápidamente dejó en claro que no estaba allí para vivir de la nostalgia. Starlady mantuvo la intensidad antes de desembocar en The Ghoul, inevitablemente recibida como uno de los momentos más esperados de la noche. Resultó imposible no pensar en el video viral mientras sonaban sus primeros acordes. Pero, curiosamente, la canción consiguió imponerse sobre el meme. Una vez iniciado el riff, las redes sociales quedaron atrás y volvió a quedar en primer plano aquello que siempre sostuvo a PENTAGRAM: las composiciones.
Más adelante apareció I Spoke to Death, probablemente uno de los pasajes más rockeros del concierto. Su ADN sabbathiano recorrió toda la interpretación y recordó que la banda siempre dialogó con las raíces más pesadas del hard rock setentista. Poco después llegó Sign of the Wolf, envuelta en una atmósfera oscura y casi ritual que sintetizó como pocas composiciones el espíritu del doom. El resto del repertorio —Dull Pain, Review Your Choices, Thundercrest y Walk the Sociopath— mantuvo intacta esa sensación de gravedad permanente que caracteriza a la agrupación.
Pero si hubo un elemento capaz de explicar por qué Bobby Liebling terminó convirtiéndose en un personaje fascinante fue su presencia escénica. En internet quedó inmortalizado por un gesto congelado. En vivo sucede exactamente lo contrario. Nunca permanece quieto. Se retuerce, arquea la espalda, mueve las manos como si dirigiera fuerzas invisibles y sonríe con un humor sardónico que oscila entre la ironía y la amenaza. Cada canción se transforma en una pequeña representación teatral. El meme capturó un instante; el recital reveló un lenguaje escénico construido durante décadas.
La recta final encontró a la banda en uno de sus mejores momentos. Forever My Queen desató una de las mayores ovaciones de la noche y recordó por qué continúa siendo una de las piedras fundamentales del doom metal. El cierre con 20 Buck Spin tuvo inevitablemente sabor a despedida. No hubo necesidad de grandes discursos. Después de más de medio siglo de historia, la música habló por sí sola.
Quizás allí resida la verdadera importancia de este concierto. Durante mucho tiempo se dijo que internet destruyó la capacidad de prestar atención, que convirtió toda experiencia cultural en un consumo fugaz. PENTAGRAM ofreció el ejemplo contrario. Un meme despertó la curiosidad. Esa curiosidad condujo a miles de personas hacia una discografía, luego hacia un recital y finalmente hacia una de las historias más extraordinarias del rock pesado. En tiempos de consumo inmediato, la banda demostró que la viralidad también puede convertirse en una inesperada puerta de entrada al patrimonio cultural.
Cuando las luces se encendieron y el público comenzó a abandonar Uniclub, la sensación era clara. El fenómeno viral había quedado definitivamente en segundo plano. Lo que permanecía era algo mucho más difícil de fabricar desde un algoritmo: el peso de una leyenda. Más de cincuenta años después de su nacimiento, PENTAGRAM volvió a demostrar que las modas pasan, los memes cambian de protagonista y las redes sociales olvidan con rapidez. Las grandes canciones, en cambio, siguen encontrando la manera de sobrevivir.