No te asustes, no es lo que estás pensando. Lo que pasa es que tocó Copeland en Buenos Aires y allí estuvimos
✎ Hernani Natale
¿Es posible pensar en un policía bueno cuando apenas unas horas antes las fuerzas del orden cumplieron con su ritual de cada miércoles de reprimir jubilados? ¿Es posible que un trastorno dé como resultado lucidez y belleza? ¿Es posible que pasen 40 años y, salvo por el cabello totalmente canoso, una persona se mueva y muestre un desempeño tan vital como entonces? ¿Es posible hacer una lectura orquestal de canciones que mezclan rock, reggae, pop y new wave, y agregarle un toque góspel, sin que ninguno de estos lenguajes se devore al otro?
La respuesta a todos estos interrogantes es sí, siempre y cuando se piense en Stewart Copeland, la tercera parte de ese enorme legado cultural llamado The Police, responsable de dejar sin argumentos a quienes afirmaban, a fines de los `70, que la escena punk era solo un grupo de jovencitos ruidosos sin un atisbo de musicalidad.
El indómito baterista trajo en la noche del miércoles a la Argentina su show “The Police Deranged for Orchestra”, el espectáculo en el que, con unos 30 músicos en escena, realiza una lectura orquestal de los clásicos de la banda, mixturados con una formación rockera tradicional.
Justo unos días después de que se cumplieran 45 años de una mítica visita del grupo, en la que alborotó el hormiguero de las huestes del rock en nuestro país, el músico recaló en el Teatro Gran Rex, en una noche que será tan difícil de olvidar como aquella de diciembre de 1980 en Obras, cuando Andy Summers literalmente le voló la gorra de una patada a un agente del orden. Paradójica velada en la que se enfrentó el policía bueno y el policía malo.
Esta vez, Copeland no estuvo acompañado por sus excompañeros Sting y Summers, tal como también había ocurrido en 2007, la segunda vez que pisó suelo argento. Su tercera incursión por estos lares tuvo acento argentino a partir de la participación como banda acompañante de una orquesta sinfónica local dirigida por Nico Sorín, además de Eruca Sativa y el tecladista Álvaro Torres, encargados de aportar la pata rockera tradicional.
Las partes vocales estuvieron a cargo de las cantantes negras Sarah-Jane, Alta Gracia (sí, como la ciudad cordobesa) y Rachel Melanie, quienes sumaron una cuota de góspel y soul al, ya de por sí, complejo matrimonio entre la música orquestal y el rock.
Dice el diccionario que “deranged” en inglés es un término utilizado para referirse a “alguien trastornado, caótico, fuera de sus cabales”. Entonces, el título del espectáculo habla muy bien de lo que sucedió en escena, aunque vale aclarar que debe ser leído desde la acepción positiva del término. En buen criollo, una “locura linda”.
Con el mismo andar desgarbado e hiperkinético de sus años mozos, Copeland regaló cerca de dos horas de su inmenso talento en la batería y en la escritura de arreglos sinfónicos, además de hacer gala de un carisma inigualable.
El baterista desplegó simpatía, se mostró locuaz, hizo chistes, tomó mate y recordó a sus dos excompañeros, aunque no ahorró ironías contra Sting, a quien demandó junto a Summers a mediados de este año por las regalías de los temas de la banda. Pero que todo esto no tape el bosque porque lo que sucedió sobre el escenario a nivel artístico rozó la genialidad.
Es que la apuesta por las lecturas sinfónicas de repertorios populares es una moneda en el aire que siempre está al borde del cliché; del facilismo de sumar capas sonoras de cuerdas y vientos, solo para presumir una sospechosa madurez musical. Y aquí sucedió todo lo contrario.
Las cuerdas y los vientos ofrecieron contrapuntos y arreglos alternativos que maridaron muy bien con la guitarra de Lula Bertoldi, el bajo de Brenda Martín, la batería de Copeland y los teclados de Torres; y no pugnaron por devorarse la cuota rockera de cada clásico.
“Es aún The Police aunque no lo oyeron antes”, advirtió la gran estrella de la noche casi al inicio del concierto, cuando la velada comenzaba a tomar forma con “Demolition Man”, “King of Pain” y una “Roxanne” que parecía haber pasado por un tamiz “frankzappiano”.
En esta tesitura, piezas como “Murder by Numbers” resultaron terreno fértil para la exploración expresionista, “Spirits in the Material World” y “One World (Not Three)” cautivaron con su amplia paleta sonora y “Walking on the Moon” ganó en colores a partir de su deconstrucción, además de servir de excusa para un intermedio de bajo con slap y batería que hizo caer mandíbulas.
“Allí hay músicos que tocan partituras, notas y melodías, pero de este lado hay `deranged´”, expresó el baterista, al trazar una línea divisoria entre la orquesta y la sección rockera; aunque esto fue solo nominal porque, a la hora de la música, la convivencia entre ambos universos fluyó con naturalidad.
Claro que esto no debería sorprender si se tiene en cuenta que el exPolice, además de abrazar la escena punk en su juventud y de transitar las sonoridades de la new wave, también fue responsable de bandas sonoras de filmes como “La ley de la calle”, “Wall Street” y “Riff Raff”, entre tantas.
Pero Copeland, que curiosamente no puso su batería al frente, sino que optó por situarla en el mismo plano de volumen que el resto de los instrumentos, también se permitió tomar la batuta para una pieza orquestal que se salió del repertorio “policial”. Del mismo modo, se colgó la guitarra y cedió las baquetas a Gabriel Pedernera, para disparar algunos power chords en un pasaje de improvisación y en “The Bed´s Too Big Without You”.
También sonaron en distintos momentos “Every Breathe You Take” que no perdió su pulso pop y una brillante lectura de “Don´t Stand So Close to Me”. “Es hora de tocar algunos hits”, dijo antes de un festejado Message in a Bottle” y “Can´t Stand Losing You” –con un medley de “Regatta du Blanc”-, como si las anteriores piezas no lo fueran.
“Esta canción la escribió Sting”, repitió varias veces con ironía antes de tocar muchas de estas canciones; ironizó cuando sostuvo que su excompañero hacía temas “tan sofisticados e intelectuales” y bromeó con un “eso no lo escribió Sting” cuando el público le dedicó el clásico “ooooo” de cancha. La fiesta no podía impedir que continuara la guerra fría.
A la hora de los bises, Copeland le cedió el escenario a Eruca Sativa y se colgó la guitarra para acompañar al trío local en su tema “Magoo”, para luego poner el broche final al show con “Every Little Thing She Does Is Magic”.
También tomó un mate cebado por Pedernera y preguntó en criollo “¿Dónde está mi caballo?”, tal vez en un velado guiño a esa cabalgata por el marplatense Parque Camet que su legendario grupo realizó en la visita de 1980, registrada en el documental “The Police Around the World”.
Cuando se cerró el telón y la noche llegó a su fin, ya habían sido dadas todas las respuestas: puede haber un “policía” bueno, el trastorno puede expresarse en belleza, la esencia personal no se pierde con los años y los lenguajes musicales orquestales pueden llevarse de maravillas con el pop sin necesidad de fagocitarlo o de facilismos. Stewart Copeland tiene la llave.