Organismo sonoro en estado de trance

The Brian Jonestown Massacre volvió a tocar en Buenos Aires y Esto Es Nota estuvo ahí para ser testigo de una noche diferente

✎ Carlos Noro

En C Complejo Art Media, The Brian Jonestown Massacre no ofreció un recital convencional, sino que construyó un territorio emocional que se fue elevando con una paciencia casi ritual. Desde el instante en que Anton Newcombe tomó su posición lateral, inclinándose levemente hacia su banda más que hacia el público, quedó claro que la noche avanzaría bajo sus propias leyes internas. Anton no dirige mediante gestos grandilocuentes ni poses de líder: regula, orienta y modula con una economía de movimientos que parece contradecir la magnitud del efecto generado. Su liderazgo opera como una gravedad silenciosa que organiza cada capa sonora, cada respiración instrumental y cada transición emocional que atraviesa la sala. En vez de arrastrar a la banda, la convoca a un estado de sensibilidad compartida donde el sonido se vuelve materia viva.

El comienzo con Whoever You Are, Vacuum Boots y Do Rainbows Have Ends funcionó como una apertura paulatina de un portal sensorial. Las guitarras no se imponían por fuerza ni volumen; se expandían como halos de luz, diluyendo los bordes del espacio hasta convertirlo en un campo resonante donde la percepción empezaba a funcionar de otro modo. El público, sin saberlo, ingresaba en un tiempo distinto, regido más por la acumulación de texturas que por la métrica. La banda parecía respirar en bloque, como un organismo que ajustaba su temperatura interna antes de entrar en movimiento pleno. Ese clima, sostenido con delicadeza, marcó el pulso conceptual de la noche: la música no iba a avanzar en línea recta, sino a desplegarse por capas, por zonas, por tensiones que se expanden y se repliegan.

La formación actual amplifica esa lógica coral. Ricky Maymi teje líneas que actúan como tensores emocionales, definiendo el contorno de las canciones más que su centro. Hákon Aðalsteinsson aporta un color atmosférico que difumina los límites del sonido, transformándolo en paisaje. Hallberg Daði Hallbergsson sostiene un bajo que no empuja: circula, conecta, enraíza. Emil Nikolaisen funciona como un eje expansivo que introduce sonidos, texturas y pequeñas perturbaciones que evitan que la música se estanque. Tobias Humble, desde la batería, articula un pulso flexible, capaz de tensarse o suavizarse con la misma naturalidad con que el clima cambia en una habitación. Y en el corazón rítmico aparece Joel Gion, cuya pandereta —a veces celebrada, a veces subestimada— se convierte en una pieza vital: marca acentos invisibles, corta el aire en momentos precisos, y establece una línea de equilibrio que permite al conjunto sostener la deriva sin perder cohesión. Su función no es adornar, sino estabilizar, como un nervio que mantiene unido al cuerpo.

El tramo dedicado al material reciente —#1 Lucky Kitty, Fudge, Don’t Let Me Get in Your Way, Days, Weeks and Moths— profundizó esa lógica de organismo. Las canciones no parecían buscar resolución: se expandían como círculos concéntricos que avanzan hacia un punto donde la repetición deja de ser repetición para convertirse en transformación. Cada vuelta agregaba un matiz, un espesor nuevo, un gesto mínimo que alteraba la densidad del conjunto. Anton, con una ceja levantada, con apenas un movimiento de cabeza, podía absorber una tensión o abrir una zona de libertad. La banda respondía con una sensibilidad afilada, como si cada músico escuchara tanto a los otros como a sí mismo. Era música en estado de escucha profunda.

Los clásicos —That Girl Suicide, When Jokers Attack, Anemone— no ingresaron como irrupciones del pasado, sino como variaciones de un lenguaje vivo que la banda reinterpreta sin fosilizar. En Anemone, especialmente, la sala quedó suspendida en un estado de intimidad colectiva: las guitarras avanzaban como si caminaran sobre nieve fresca, la pandereta marcaba puntos de luz y la voz de Anton se volvía una guía tenue, casi un susurro que sostenía el equilibrio emocional del momento. No era nostalgia: era reencarnación sonora.

El cierre con Pish, Servo y Super-Sonic actuó como una fase final del proceso. Pish abrió un espacio de introspección donde el sonido parecía deshilacharse suavemente. Servo funcionó como una maquinaria hipnótica que avanzaba por inercia, sostenida por la interdependencia de cada gesto instrumental. Y Super-Sonic, lejos de una explosión, eligió evaporarse: se volvió un murmullo extendido, una vibración que permaneció en el aire incluso después del silencio. Más que terminar, el concierto se retiró con la delicadeza de algo que sabe que no debe interrumpir el estado creado.

A lo largo de la noche resultó evidente que cada aporte individual —la pandereta como latido, la batería como respiración, el bajo como raíz, las guitarras como viento— tenía sentido sólo dentro de un entramado mayor que respondía a la gravedad silenciosa de Anton. Su liderazgo no es dirección: es campo. No estructura desde la autoridad, sino desde la sensibilidad. Él no impone un orden: lo irradia. Esa forma de conducir permite que la música no sea una suma de partes, sino un sistema vivo donde cada elemento adquiere significado en relación al resto. La banda no toca canciones: construye atmósferas, edifica estados, invoca territorios.

Por eso, lo que el público recibió no fue entretenimiento en ningún sentido clásico. No hubo espectáculo: hubo transformación. Hubo un espacio donde el sonido dejó de ser una secuencia y se volvió un territorio, un lugar al que uno puede entrar, perderse y, con suerte, volver distinto. Esa es la verdadera alquimia del Brian Jonestown Massacre: un viaje que no se recuerda, sino que continúa viviendo dentro de quien lo atravesó.

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Publicado el 28 enero, 2026

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