Valeria Castro, una voz que convierte lo íntimo en colectivo y transforma la vulnerabilidad en canto
✎ Carlos Noro
Valeria Castro (La Palma, 1999) canta desde un territorio que tiembla y se reconstruye: su propia piel y la memoria de su isla. En apenas unos años pasó de compartir versiones íntimas en redes a publicar Chiquita (2021), su debut en formato EP, y el álbum Con cariño y con cuidado (2023), que le valió una nominación al Latin Grammy como Mejor Álbum de Cantautor. Su voz también encontró eco en el cine con dos nominaciones a los Premios Goya por El amor de Andrea (2024) y El borde del mundo (2025). Con El cuerpo después de todo (Warner Music, 2025), su segundo larga duración, la cantautora convierte la fragilidad en fuerza y la vulnerabilidad en canto compartido: un viaje donde lo íntimo se vuelve colectivo y donde el cuerpo femenino, atravesado por inseguridades, mandatos y ternura, se problematiza como lugar de resistencia en el mundo contemporáneo.
Hay artistas que hacen de la vulnerabilidad un refugio y otros que la convierten en un acto político. Valeria Castro logra ambas cosas. Su voz, frágil y luminosa a la vez, abre un espacio donde el dolor personal dialoga con lo colectivo y donde el cuerpo femenino se vuelve territorio de resistencia. Desde su EP Chiquita hasta Con cariño y con cuidado —que la llevó a los Latin Grammy—, Castro construyó un camino que combina raíz folclórica, sensibilidad pop y una mirada crítica sobre el lugar de la mujer en el mundo contemporáneo. Con El cuerpo después de todo, su segundo disco, se despoja de máscaras y canta lo que incomoda: los complejos, la autoexigencia, la soledad, pero también la ternura y la necesidad de reconciliarse con una misma. Sus canciones no son solo confesiones, sino espejos donde otras pueden mirarse y reconocerse.
–En tu nuevo disco El Cuerpo, después de todo explorás tus demonios internos y la relación con tu propio cuerpo. ¿Cómo fue transformar esas heridas personales en canciones que también puedan acompañar en el escenario a quienes las escuchan?
-Para mí, hacer este disco ha sido una búsqueda primeramente personal de las heridas propias. Al final, creo que incluso hay cierto egoísmo a la hora de componer, de hablar desde la necesidad. Y, en muchas ocasiones, la primera necesidad es tratar de salvar, a veces, la salud mental, aquello que se guarda en el pecho de una misma. Luego, lo precioso de la música es que las canciones son un bien colectivo que terminan habitando las historias de otra gente. Para mí ha sido muy bonito poder transformar lo propio y, posteriormente, ver esa transformación en otras personas. Al final, una se siente simplemente un canal para desahogarse y para conseguir que el público también tenga un espacio seguro en el que pueda hacerlo. Este disco se siente como un diario emocional abierto.
–¿Qué descubriste sobre vos misma mientras lo componías? ¿Y qué aprendizaje inesperado te dejó mirarte de manera tan íntima?
-Creo que lo que más descubrí al componerlo es que, en estos años en los que he ido publicando canciones y el público ha crecido, aprendí que quienes me escuchan son personas de las que, no sé cómo, pero siento el cariño y el respeto. Ese punto de saber que hay un afecto afuera, algo familiar entre lo que canto y escribo y quienes me escuchan, me permitió abrirme. Aprendí que había un lugar seguro en el mundo para escribir sobre temas íntimos, sabiendo que en las heridas colectivas hay espacio para no sentir vergüenza ni miedo, sino simplemente sentir, e incluso la valentía de hablar de cosas que, en muchas ocasiones, tratamos de silenciar.
–Componer sigue siendo tu terapia. ¿Hubo algún tema de este álbum que te resultara difícil de cantar en público y por qué?
-Sí, absolutamente. En este disco hay un tema que, para mí, no sé si fue el más difícil de componer —porque lo hice en una sola tarde—, pero probablemente sí el más doloroso, y que todavía en los conciertos representa el momento más catártico: la canción que da título al disco. Recuerdo que el acto de componer debe partir de algo genuino. No soy partidaria de escribir desde un método rígido, sino de dejar que la garganta escriba, que el cerebro entone y que las letras surjan de los sentimientos. Cuando escribí El Cuerpo, después de todo, de repente sentí: “es esto”, acerca de lo que ya venía hablando. Me gusta el proceso de los discos, el darme cuenta de que todo aquello que estaba escribiendo tenía un hilo conductor. Tu propio corazón y tu intuición van tejiendo algo interrelacionado. Esta canción me permitió también un poco perdonarme y asumir públicamente que dudo de cómo queda este cuerpo después de la vida que cada uno tiene y atraviesa. Fue doloroso verlo, pero muy liberador. Para mí es una de las canciones más especiales del disco.
–Antes tu música tenía un enfoque más colectivo y social, y ahora mirás más hacia adentro. ¿Cómo conjugas ese acto íntimo de mirar tu cuerpo y tu experiencia con un mensaje universal sobre liberación femenina?
-Precisamente porque lo colectivo tiene muchos puntos de vista. A lo colectivo se llega por muchos caminos, y en el disco anterior lo hacía desde una colectividad muy concreta: mi isla de La Palma y mi vida allí, mirando mucho hacia la tierra. En este trabajo, la colectividad pasa primero por la salud mental de una misma. El vocabulario que usás cuenta tu propia historia, entendiendo que no es una rareza, sino parte de una colectividad personal de cada uno. Aunque la escritura parte desde mis inseguridades y miedos, me di cuenta, al escribir y publicar, de que era simplemente otra forma de colectividad: la experiencia humana.
–En la canción La soledad, ¿qué significa la experiencia femenina de estar sola y cómo la convertís en un mensaje poderoso? ¿Qué aprendiste al compartir esa mirada en el videoclip y qué esperás que despierte en quienes lo vean?
–La soledad fue uno de los procesos más bonitos. La producción del disco no fue en soledad, sino junto a equipos de trabajo preciosos con los que nos reuníamos para tocar los temas y encontrar arreglos. Desde el minuto uno, la soledad dejó de ser soledad. La escribí desde mi propio aislamiento y luego mutó en algo más amable, que me llenaba. En el videoclip conté con el enorme talento de Joana Colomar, la directora, que desde que escuchó la canción me compartió lo que ya estaba rondando en mi cabeza y aún no tenía claro: que todas atravesábamos ese sentimiento. Ver las imágenes de tantas mujeres con esa experiencia me hizo tomar conciencia. Escribís desde tu soledad y, de repente, ves una imagen que le da contexto y multiplica la potencia del mensaje. Estoy muy agradecida a Joana y a todas las amigas y compañeras que participaron, porque mostraron que esa soledad que a veces nos ata es una experiencia común. Lo personal se vuelve social y colectivo.
–El espejo y la autoexigencia muchas veces son una guerra fría interna. ¿Qué estrategias y rituales encontraste para que tu música funcione como refugio, expansión y resistencia frente a esas presiones?
-Encontré la terapia, primero que nada. No sería la mujer que soy ahora si no hubiera tenido la enorme suerte de poder atravesar un proceso terapéutico que me diera herramientas para gestionar mi vida. A partir de ahí, el tiempo también ayuda; tengo 26 años y soy más madura que a los 20, lo que me permite buscar estrategias o rituales para refugiarme. Desde pequeña, el mayor refugio han sido las canciones. Esa fue la estrategia fundamental para que las cosas dolieran un poco menos y, a la vez, tuvieran mayor fuerza.
–En Tiene que ser más fácil hablás del desafío de quererse a uno mismo en medio de exigencias sociales y estéticas. ¿Qué reflexión personal te llevó a escribir esta canción y cómo esperás que conecte con el público?
–Tiene que ser más fácil, es quizás de las canciones más metafóricas y, al mismo tiempo, más explícitas del disco. Las estrofas son más metafóricas y el estribillo funciona como un mantra. Recuerdo que, al escribirla, me eché a llorar, pero sentí que me había quitado un peso de encima. Cuando la publicás, nunca sabés qué va a pasar con la gente, por eso no podés depender de las expectativas.
–Cuando la tierra habla: memoria, catástrofe y raíces
-La obra también se ve atravesada por un acontecimiento que marcó la vida cultural y social de Canarias: la erupción volcánica en la isla de La Palma. Ubicada en el noroeste del archipiélago canario, La Palma es conocida como “La Isla Bonita” por su geografía montañosa, su vegetación y su fuerte identidad cultural. El 19 de septiembre de 2021, en la zona de Cumbre Vieja, se produjo una de las erupciones más largas y devastadoras de la historia reciente de Europa: duró 85 días, hasta el 13 de diciembre, arrasó más de 1.200 hectáreas y destruyó alrededor de 3.000 edificaciones.
El temblor de la tierra se transformó en metáfora de un movimiento interior, un quiebre que obligó a repensar la fragilidad de la existencia y la fuerza de la comunidad frente a lo inesperado. El volcán se volvió un espejo de resistencia y de reconstrucción, una forma de mirar la vida desde la conciencia del cuidado y de la memoria compartida.
Ese cruce entre territorio y cuerpo, entre paisaje devastado y resiliencia colectiva, se filtró en sus canciones como una manera de entender el arte no solo como desahogo personal, sino como un testimonio que une la experiencia íntima con la huella indeleble de lo colectivo. En El Cuerpo, después de todo, esa experiencia aparece como trasfondo simbólico de un disco que convierte la herida en relato y la memoria en canto compartido.
–Comparaste la historia de El 47 con la erupción en tu isla natal. ¿Cómo transformó esa catástrofe tu manera de entender el arte, la vida y tu vínculo con tus raíces?
-Ese evento fue un momento más de mi vida en el que tuve que sobreponerme y madurar rápidamente, casi para sobrevivir. Son cosas que no esperás, como tampoco esperás la muerte, aunque nos hablen de ella. Son dolores que, para que dejen de actuar como una bomba en tu cuerpo, tenés que encontrarles una salida. La erupción volcánica me cambió mucho: me transformó la forma de mirar mi tierra, porque de repente vi a mi gente más frágiles de lo que nunca había pensado, pero también descubrí una fuerza inmensa en los vecinos y vecinas. Fue un proceso que, como dije en su día, era lo que tenía que pasar, y no quedaba más que quedarse a cuidar. Ese evento me recolocó en el mundo, en el sentido de aprender a cuidar con más conciencia.
–Cada vez más jóvenes abrazan el folclore llevándolo a un lenguaje contemporáneo. ¿Qué significa para vos tomar estas raíces y cómo lográs que convivan con tu estilo íntimo y moderno?
-Para mí, mi folclore —el de Canarias, el de España y también el de Latinoamérica, del que también bebo mucho— compone un imaginario que es una de las formas más bellas de honrar. El estudio es una manera poderosa de hacerlo, pero permitir que aquello que tenés en la cabeza ya esté impregnado de esos sonidos es otra forma de honrar a tu tierra. Siempre lo he hecho así. No soy la mayor experta en folclore, pero cuando empiezo a componer el instinto me lleva a esos lugares, y cuando produzco, busco instrumentos o sonidos con los que crecí. Esa es mi forma de abrazar el folclore y honrarlo, además del discurso: la palabra tiene mucha potencia y hablar de ello es una forma de no olvidar.
-Trabajaste con artistas como Sílvia Pérez Cruz y otros referentes. ¿Qué aprendiste de esas colaboraciones sobre la vulnerabilidad, la confianza y la expresión profunda en tu música?
-Silvia siempre ha sido, y lo he dicho, una referente, y ahora amiga. Es el proceso más bonito que se puede vivir: pasar de la admiración a la conexión. Aprendí muchísimo de ella. En la grabación de esa canción, por ejemplo, aprendí a cantar con alegría frente a alguien. Grabamos las voces cara a cara, y aquello no fue solo una grabación o un proceso de disco, sino un juego con una amiga, explorando la melodía y la fuerza de lo cantado. Es algo que quiero mantener en adelante: saber que hay que priorizar el juego por sobre la responsabilidad.
–Volviendo a la Argentina, ¿qué representa para vos presentarte frente al público de este país? ¿Cómo sentís que tu música ha generado sensibilidad en la lucha de las mujeres argentinas?
-Es una de las cosas más ilusionantes: poder cruzar el charco. Argentina siempre fue un país al que le tuve mucho cariño. En la primera gira latinoamericana, los shows empezaban aquí, y recuerdo uno de los momentos de afecto más grandes que he vivido. Siento también una conexión con esta parte del mundo; Canarias siempre está en medio de ese océano. Me inspira ver la fuerza con la que las mujeres argentinas defienden sus derechos, y ser un poco la voz de canciones que habitan esas historias me genera mucha ilusión y felicidad. Volver a un país que me hizo tan feliz es un regalo.
–Mirando hacia adelante, ¿cómo imaginás tu carrera en los próximos años?
-Nadie sabe qué va a pasar en el futuro, pero espero poder dialogar con todo lo que me apasione. Mi universo íntimo seguirá siendo una fuente de inspiración, pero las tradiciones también estarán presentes. Espero seguir cruzando el charco, girando, componiendo y que siga existiendo un público que quiera escuchar lo que nace del corazón. El mayor premio siempre será que sirva para algo, para los demás.
Valeria Castro en Buenos Aires
El universo sensible de Valeria Castro tendrá su traducción en vivo en Buenos Aires. La cantautora presentará El cuerpo después de todo en el histórico Teatro Margarita Xirgu, el próximo 17 de diciembre a las 21 hs, en el marco de una gira internacional que la confirma como una de las voces más intensas y conmovedoras de la nueva canción en español.
Con apenas 25 años, su nombre ya circula en los escenarios más importantes de Europa y América Latina, y su obra ha sido reconocida tanto en los Premios Canarios de la Música como en las nominaciones a los Goya y los Latin Grammy. Su llegada al país abre la posibilidad de un encuentro cercano con un público que vibra con su manera de unir lo íntimo y lo colectivo en canciones que suenan a verdad compartida.