El síntoma Winona

Cuerpos en guerra: juventud, trance y política en el éxtasis.
¿Sabés qué tiene Winona? Confianza.
Zapada.

 Lala Toutonian

La primera vez que una banda toca en Obras lo hace con el cuerpo temblando, algo no es muy distinto a la primera vez que tenés sexo o te pega mal un ácido. Hay miedo, deseo, hay una puerta que más que abrirse se desgarra. 

El recital de Winona Riders fue eso. Sí, sí, espectáculo, show, concierto pero -mejor-, fue un síntoma colectivo. No tocan, rompen.

Desde las 8PM el campo fue un caldero en ebullición. El estadio se llenó como cuando un cortecito en un dedo se llena de pus: con presión y con fiebre. Con cuerpos al límite. La distorsión de “Abstinencia” ensartó la noche como una aguja sucia. A partir de ahí, todo fue carne. “Antón”, “Falsos reyes”, “Buscando una nueva sensación”. También, eran canciones, sí pero -mejor-, fallas luminosas, cuerpos jóvenes gritando en la oscuridad, pidiendo algo más que entretenimiento. Sentido, quizá.

Gabriel Torres Carabajal gira como si exorcizara algo que lo posee. No toca la pandereta: la golpea como si fuera el corazón de un enemigo. “La tibieza es una cuestión más general del ser humano y de cómo estamos sometidos a vivir”, le dijo a María Zentner cuando los entrevistó para Tiempo Argentino. Y entonces todo se entiende. La música es arte, es diversión pero a veces, afortunadamente, también es resistencia, es política. Los tildan de arrogantes porque Winona no hace networking, ok, pero hace ruido. 

Y Winona Riders no es neutral. No son rebeldes sin causa: son el síntoma de una generación que no quiere repetir los errores de generaciones anteriores. “Si no vas a patear el tablero, ponete una zapatería”, sentencia Torres Carabajal. ¿Soberbio? Más bien herido. Como quienes estábamos ahí la noche del 9 de mayo en Obras. Como quienes crecimos viendo cómo el negocio se comía la música, cómo la escena se cerraba sobre sí misma como un útero podrido. Winona quiere abrirlo con un cuchillo y hacer lugar para algo nuevo. ¿Algo más libre? La libertad está mal entendida estos días; digamos más sucio, más real.

Y sí, hubo homenajes. Pero no como esos que se dan de premio. Estos fueron invocaciones. Cuando sonó No hagas que me arrepienta”, los ecos de The Jesus and Mary Chain se arrastraron por el estadio como un rezo profano. Fue hermoso y sórdido, un susurro desde la tumba del noise-pop. Un poco después, “Antes de que el diablo llegue a casa” invocó a Primal Scream. Una rave apocalíptica con estroboscópicas. Misa negra entre sintetizadores. “D.I.E. (Dance In Ecstasy)” no sonó: colapsó. Stoner criollo, riffs tectónicos y pogo que se transformó en terremoto. Pero la pregunta que aún flotaba como un mantra psicoanalítico era: “¿Así que te gusta hacerte el Lou Reed?”. No había ironía, ahí había diagnóstico. Ser artista hoy es jugar a Lou Reed en un país donde ni la heroína es romántica. 

En escena, Ariel Mirabal Nigrelli es el médium, más que cantante es convocante; su guitarra y su voz no conducen, arrastran. Cuando grita, lo hace con todo el cuerpo porque heredó de su padre, Iván Mirabal, guitarrista de Iguana Lovers, esa pasión, lo tiene en el ADN (también heredó el nombre, perfecto, justo: “Ponele Winona Riders a la banda, le dijo). Ricardo Morales es el antagonista necesario: seco, filoso, su guitarra corta el aire como un bisturí oxidado. Juntos son pura tensión y de la tensión nace el bendito caos, se sabe. Francisco Cirillo, el baterista, es la columna vertebral de la tormenta: desarma el tiempo y tiene algo ritualístico que pulsa desde abajo y lo sostiene todo. Una segunda batería con Alan Mansur y Tomás Pojaghi en sintetizador y cajas de ritmo se suman a la hora de tocar en vivo. Mientras que Santiago Vidiri arremete con un bajo profundo y construye la sombra sonora donde se esconden los fantasmas: cada línea grave parece una línea de fuga. Y en el centro, Gabriel Torres Carabajal, que con sus percusiones hipnóticas se convierte en el chamán del trance. Golpea, gira, levita. No acompaña el ritmo: lo hechiza.

El cierre, pasada la medianoche, con cuatro horas precedidas de fuego y más de treinta canciones, fue directamente un ataque frontal. “V.V.”, un punk rabioso, no dejó dudas. Victoria Villarruel, el negacionismo, Etchecolatz, Videla sentado en el inodoro de su celda. La letra no insinúa: denuncia. No es símbolo: es carne y sangre. Versos del terror en el templo del rock. Política explícita. El cuerpo como campo de batalla.

Y entonces comprendés: el cuerpo joven es el escenario, Winona Riders, el grito y Obras, un exorcismo.

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Publicado el 12 febrero, 2026

Publicado el 11 febrero, 2026