Leviatán en Flores

Winona Riders no tocó un recital: soltó una criatura

✎ Carlos Noro
[◉°] Jorge Noro

En Flores, el sonido ganó cuerpo, peso y respiración propia. Un leviatán stoner, electrónico, stone y metalero que avanzó lento, denso y sin discursos, educando al cuerpo del público durante dos horas y media. La crudeza no se explicó: se bailó, se empujó, se sintió en el pecho.

El anuncio decía 20:30. Estaba escrito, era claro, no había doble lectura posible. Sin embargo, buena parte del público no lo creyó. Algunos llegaron tarde, convencidos de que había margen, y se perdieron las primeras canciones. Winona Riders ya estaba tocando. Sin avisos, sin introducciones, sin palabras de más. El Leviatán ya estaba en movimiento.

El Teatro Flores fue el escenario elegido para la presentación oficial de “Quiero que lo que yo te diga sea un arma en tu arsenal”. Un lugar con memoria corporal, donde el rock siempre se mide en impacto físico antes que en corrección. Allí, el disco dejó de ser un objeto cerrado para convertirse en una experiencia extensa, densa y sensorial. Dos horas y media que no se administran: se atraviesan.

Un leviatán es una criatura mitológica gigantesca, un cuerpo colectivo, una fuerza que avanza lenta pero inevitable, más grande que la suma de sus partes. En vivo, Winona funciona exactamente así. No como una banda de canciones sueltas, sino como un organismo sonoro que se expande, se repliega y vuelve a avanzar, arrastrando al público dentro de su lógica.

La banda gana espesor en vivo. Lo que en estudio aparece contenido, sobre el escenario se vuelve pesado, casi viscoso. Hay stoner en el peso de los riffs y en el tempo arrastrado. Hay electrónica en la repetición hipnótica de climas sostenidos. Hay una referencia stone, rolinga, en el groove corporal, en el rock que se baila incluso cuando es oscuro. Y cuando hace falta, irrumpen riffs de heavy metal que cortan el aire.

El setlist fue largo y generoso. “Ingrid Grudke” abrió el recorrido. “Riders” y “Catalán”, en versiones extendidas, comenzaron a deformarse. “Separados al nacer” y “680/680” se expandieron hacia zonas más densas. Las canciones no se cerraron: respiraron.

Los cruces entre temas fueron parte del ADN del show. “Dorado y púrpura” incorporó frases de “Falso detox”. “A.P.T (American Pro Trucker)” se expandió con partes de “V.V.”. “C.D.M” sumó fragmentos de “Fools Gold” de The Stone Roses, abriendo una dimensión rítmica que el público respondió no solo con pogos, sino también bailando.

La formación sostuvo esta arquitectura sonora: Ariel Mirabal Nigrelli en voz y guitarra; Ricardo Morales en guitarra y coros; Tomás Pojaghi en sintetizador y teclado; Santiago Vidiri en bajo; Francisco Cirillo en batería; y Gabriel Torres Carabajal en percusión, panderetas, maracas, momentos de guitarra y voz. Las voces de Ariel, Ricardo y Gabriel generan atmósferas distintas y, cuando se cruzan, potencian cada canción.

“Hats o!”, “Hinchado y azul”, “Hondart” y “Viajando en el asiento de atrás” funcionaron como núcleos del show, todas en versiones extendidas. Winona educa al público para un show largo, para una experiencia corporal que exige atención y entrega.

La crudeza no pasó por el discurso. Ahí vive el oxímoron central del grupo: no hablar y aun así generar conciencia. El mensaje no se dice: se siente en el cuerpo.

El final no necesitó subrayados. El Leviatán se retiró. Winona no fue a Flores a cumplir una fecha. Fue a presentar un disco, expandirlo y volverlo carne. En vivo, la banda es más grande, más oscura y más profunda. Un Leviatán que avanza sin pedir permiso.

Tambien te va a interesar:

Publicado el 28 enero, 2026

Publicado el 27 enero, 2026