Yo quiero a mi bandera

Mismo lugar. Misma banda. Misma periodista musical. Volvimos a estar con Divididos y traemos estas palabras (que no dan lo mismo).

 Lala Toutonian

“Lo filmamos con un amigo que hizo de costurero, Julián, el director de fotografía que es un genio. Reprodujimos la tapa del disco como quien la está cosiendo en ese momento, más la falsa caída hacia el final. Toda la puesta fue una idea minimalista, muy teatral y que se viera también de modo muy cinematográfico”, me dice el baterista Catriel Ciavarella en un audio recién despierto a la mañana siguiente del show. Mediodía, en rigor: el rock no madruga, apenas sobrevive a la noche. “Decime si te gustó, Lala”, agrega con una humildad que se me antoja extraña para alguien que acaba de hacer temblar un estadio. Y pensé inmediatamente en Mariana Enriquez, que cada vez que publica un cuento pregunta casi en voz baja: “¿Te gustó?”. Siempre me impresiona eso. Hay artistas enormes que todavía se acercan a su obra como si la hubieran dejado afuera bajo la lluvia.

Mientras sonaba un chelo sobre el escenario, la pantalla gigante del Movistar proyectaba el corto ideado por Catriel: unas manos con guantes de látex negro cosían con alambre el borde que une el celeste con el blanco. Nuestra bandera, claro. Atada con alambre. Remendada. Sostenida apenas por una violencia doméstica y precaria. Difícil encontrar una imagen más exacta de la Argentina contemporánea. El alambre atravesando la tela tenía algo de cirugía de emergencia, de país roto intentando no desangrarse del todo.

Y ahí aparece también la sensibilidad artística de Ciavarella: una forma de entender la puesta no como decoración sino como respiración secreta del recital. Sus ideas tienen algo del cine experimental y algo del teatro físico; trabajan sobre símbolos mínimos hasta volverlos inquietantes. No creo que ilustren las canciones sino más bien que las contaminan. Las vuelven más densas, más ambiguas, más argentinas. En tiempos donde tantos shows parecen diseñados por departamentos de marketing, lo suyo todavía conserva una intuición artesanal, casi de artista visual obsesionado con el detalle incómodo.

Ya en el show anterior de Divididos en el Movistar, Catriel Ciavarella había sido responsable de otra entrada memorable: el corto de una pibita hermosa saliendo desde la estación de Hurlingham en tren, llegando a Villa Crespo mientras la cámara la seguía en un plano secuencia hasta entrar al estadio entre la gente. Una pequeña película sobre peregrinación rockera. El público aplaudió antes incluso de que apareciera la banda. Como si hubiese entendido que el recital ya había empezado mucho antes del primer acorde.

Y entonces sí, mientras cantábamos, hacia el final del concierto: “Esta sí que es… ¡Argentinaaa!”, entendí otra vez que el arte no viene a explicar la realidad sino a volverla apenas soportable. A veces alcanza con eso. Un riff. Un alambre atravesando una bandera. Tres tipos haciendo sonar el país como si todavía quedara algo por salvar.

Entrar al Movistar Arena la noche que toca Divididos es entrar a un cuerpo. No a un edificio: a un cuerpo que respira con dificultad, que suda, que tiene sus propios humores y su propia temperatura interna. Afuera, la ciudad sigue su curso indiferente -pantallas, algoritmos, la promesa permanente de entretenimiento sin fricción-. Adentro, algo más antiguo y más urgente hace vibrar el concreto. Y adentro, también, un público que no necesita que le expliquen nada: miles y miles de cuerpos que saben de memoria cada silencio, cada acople, cada palabra. Una feligresía sin iglesia, o con una sola: esta.

El trío aparece sin ceremonia. Como aparecen ciertas tormentas sobre la ruta pampeana: sin anunciarse, ya encima tuyo antes de que hayas decidido si querés mojarte. Y entonces ocurre eso que ocurre cada vez y que sin embargo siempre sorprende: el escenario se agranda. Tres cuerpos empiezan a sonar como si detrás hubiese una maquinaria subterránea, una fábrica que nadie ve pero todos sienten en los pies, en el esternón, en algún lugar entre las costillas que no tiene nombre preciso.

La batería de Ciavarella empuja, no acompaña, arrasa. Arnedo, en el bajo, vibra como esos motores que parecen a punto de desarmarse pero en realidad son una pared donde la banda se apoya. Y entonces entra Mollo: la guitarra cortando el aire, áspera, saturada, con esa capacidad particular de producir una emoción que es al mismo tiempo adolescente y casi religiosa -escuchar el riff exacto en el momento exacto, y que el cuerpo lo sepa antes que la mente-. Y esa voz que te atraviesa, que tiene el filo y la ternura de quien lleva décadas diciéndote algo que ya sabías pero necesitabas escuchar de nuevo.

Hay bandas que envejecen volviéndose monumentos. Se vuelven estatuas de sí mismas, se encierran en el vidrio del homenaje perpetuo. Divididos maduró de otra manera: se volvió una criatura de ruta. Algo que sobrevivió demasiadas noches, demasiados países, demasiados muertos del rock argentino como para sonar limpio. Esa suciedad no es descuido: es el sedimento de todo lo que cargaron. Por eso tienen esa densidad rara, como si las canciones estuvieran hechas no sólo de música sino también de desgaste, tierra, cansancio acumulado y electricidad mal contenida.

En vivo, la herencia aparece. No es un homenaje solemne (eso sería tolerable, quizás hermoso), pero es más bien un fantasma. La sombra de Sumo circula entre los temas igual que el humo entre las luces: nunca termina de irse, nunca termina de materializarse del todo. Pero hace años que Divididos dejó de dialogar con el pasado para convertirse directamente en parte del paisaje emocional argentino. Como las estaciones de servicio vacías a las tres de la mañana. Como las radios prendidas en la ruta, con estática. Como ciertas canciones que uno escucha específicamente para no romperse del todo.

La noche tuvo también sus momentos de desborde festivo y ceremonial. Invitados que fueron apareciendo como si el show fuera una celebración colectiva que nadie quiso perderse. Gaitas que rasgaron el aire con una extrañeza hermosa, casi marcial. Bombos que convirtieron ciertos pasajes en algo entre ritual y murga, entre estadio y tierra adentro. Y una orquesta clásica que por momentos hizo que el lugar sonara como una catedral equivocada, grandiosa en su anacronismo. Mollo, Arnedo y Ciavarella en el centro de todo eso: imperturbables, generosos, conscientes de que la banda más grande no es la que más ocupa el escenario sino la que más espacio le da a los demás.

Entre ese generoso desfile de presencias hubo un momento que salió de la música para entrar en algo más íntimo. Mollo vio a Pablo Grillo en la platea y le dijo, desde el escenario, “Qué suerte que ya estés bien”. Nada más. No hizo falta. En ese estadio atronador, esa frase breve tuvo el peso de un susurro. El rock también hace eso: detiene el tiempo para que quepan las cosas que importan de verdad.

El secreto del trío nunca fue tocar fuerte (en realidad sí, pero déjenme explicarme). Lo de ellos es tocar como si todavía hubiese algo en juego. Y eso, eso que se siente en el pecho con una violencia casi medicinal, eso que el acople tiene de animal malherido, eso que el sudor cayendo sobre la madera tiene de verdad irreductible, es lo que el mercado no puede reproducir, empaquetar ni vender por streaming ni Spotify.

Son tres. Tres es un número teológico, mitológico, inevitablemente simbólico. Tres es el ritmo, la intemperie y el riff. Tres es sangre, sudor y feedback. Tres es el padre, el hijo y el amplificador roto. Tres cuerpos tocando como si quisieran perforar la tierra, llegar a algún lugar debajo, donde todavía haya algo que valga la pena encontrar.

El Movistar Arena, un espacio enorme, esa máquina de espectáculos, se achica con Divididos. El ruido lo llena, lo ocupa, lo reconfigura. Y por un momento, en la oscuridad y el ruido y el calor colectivo de miles y miles de cuerpos apretados, ese público que nunca los abandonó, que volvió una vez más como quien vuelve a casa, algo ocurre que no tiene nombre pero que el cuerpo reconoce: que todavía existe. Que todavía tiene temperatura. Que no todo se enfrió. Y entonces Arnedo, el mismo que durante dos horas había sido una pared de sonido, una fuerza casi telúrica, dijo en voz baja: “Gracias por venir a escuchar nuestra música”. Esa humildad, la misma de la que hablo al comienzo de esta crónica, cerraba el círculo. Como si los tres supieran, en el fondo, que el estadio que llenaron no les pertenece. Que lo prestan. Que se lo devuelven cada vez al público que los espera.

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Publicado el 29 abril, 2026

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