Tres formas de entender el rock como fiesta

REDD KROSS, The Tormentos y Gori con su proyecto Mambo Gratis compartieron una noche en el Abasto

✎ Carlos Noro

La primera visita de REDD KROSS a la Argentina reunió en Uniclub tres maneras de vivir el rock desde la guitarra, el humor y la energía de club: el surf garage instrumental de THE TORMENTOS, el rock and roll punk de GORI MAMBO GRATIS y el culto californiano de los hermanos McDonald, con Dale Crover en batería, entre melodías beatles, devoción kissera y adolescencia eterna.

La llegada de REDD KROSS a la Argentina tenía algo de deuda largamente postergada. No era solamente la aparición de una banda extranjera con varias décadas de historia, sino el desembarco de un culto californiano que siempre funcionó como una pieza torcida dentro del árbol genealógico del rock alternativo norteamericano. El miércoles 24 de junio, en Uniclub, esa historia tuvo por fin su capítulo porteño: una noche de guitarras, melodías brillantes, humor punk, guiños cinéfilos, amor beatle, devoción kissera y una energía que pareció perseguir una idea tan ingenua como poderosa: la eterna juventud.

La apertura estuvo a cargo de THE TORMENTOS, que puso a Uniclub en modo autocine salvaje antes de que apareciera el culto californiano. Con su surf garage instrumental, la banda abrió un camino de guitarras reverberantes, pulso rutero y humor clase B, como si cada tema trajera una pequeña película imaginaria debajo del brazo. Sonaron, entre otras, El Macabro Plan del Dr. Breuer y Tormentos No Tsugaru, introducidas con tono risueño por Marcelo Di Paola, bajista y fundador del grupo. Ese detalle no fue menor: las presentaciones, entre cómplices y absurdas, conectaron muy bien con el espíritu de la noche. Antes de que REDD KROSS desplegara su propio cruce de punk, power pop, cultura trash y fascinación por el rock de guitarras, THE TORMENTOS ya había instalado una atmósfera de serie B, surf rock, aventura japonesa y rock instrumental de club. Fue una entrada perfecta para una fecha donde el humor, las referencias pop y la guitarra como máquina de imágenes iban a ser parte central del lenguaje.

Luego fue el turno de GORI MAMBO GRATIS, el proyecto con el que Gori, referente de FANTASMAGORIA, vuelve a una zona de rock and roll punk urgente, frontal y descontracturada. La propuesta tuvo algo de descarga adolescente recuperada sin nostalgia solemne: canciones breves, guitarras al frente, velocidad de club, aire stone y una sensibilidad pop que mira tanto a los sesenta como a los setenta. En vivo, esa mezcla funcionó como un puente directo hacia REDD KROSS, porque compartía una misma idea de fondo: el rock como diversión, como relato de personajes, como energía inmediata y como lugar donde todavía se puede tocar con humor sin perder oficio.

El set de GORI MAMBO GRATIS incluyó El bicarbonato, Mala racha, Samy, Rompeviento, En realidad sí, No abramos, Huracán, Joy, Campo minado, Leave Me / Submerge, Billy y Contraveneno. De esa lista, Samy, Rompeviento, Billy, El bicarbonato, Huracán y Campo minado pertenecen al EP Mambo Gratis, grabado junto a Damián “Chino” Biscotti, baterista de CADENA PERPETUA. Es decir: en Uniclub, Gori tocó completo ese pequeño manifiesto de rock and roll punk, pero lo integró dentro de un show más amplio, con otros temas que expandieron el color del proyecto.

Ahí apareció lo más interesante de la propuesta: Mambo Gratis no suena como un paréntesis menor dentro de la obra de Gori, sino como una línea paralela muy definida. Las canciones giran alrededor de Samy y Billy, una pareja que parece moverse entre la calle, la noche, la torpeza afectiva y una especie de aventura urbana mínima. No hay bajada solemne ni pretensión de profundidad impostada: hay observación, humor, velocidad y una narrativa de rock and roll punk que encuentra en lo simple su mejor arma. Esa liviandad, bien entendida, le dio al set un carácter fresco, casi de banda nueva, como si el show hubiera sido armado para recordar que a veces tres acordes, una historia de personajes y una buena batería alcanzan para encender una sala.

En ese marco, Samy y Billy funcionaron como nombres propios de ese pequeño universo; Rompeviento, El bicarbonato y Huracán reforzaron el costado más físico y directo del EP; y Campo minado abrió otra textura sin abandonar el tono despojado del proyecto. GORI MAMBO GRATIS no fue un simple soporte: fue una segunda escena dentro de la noche, una forma argentina de entrar al mismo territorio que después explotaría REDD KROSS desde California. Punk, pop, humor, guitarras y una idea luminosa de inmadurez elegida como método.

REDD KROSS apareció cerca de las 21.55 con Huge Wonder, una apertura ideal para poner en primer plano esa mezcla tan propia de la banda: electricidad inmediata, melodía pegadiza y una forma de sonar que puede ser áspera sin perder brillo. Peach Kelli Pop y Stay Away From Downtown reforzaron esa identidad con canciones que parecen simples hasta que revelan la precisión de su arquitectura pop. La banda no venía a cumplir con una visita testimonial ni a cobrar viejas credenciales: venía a defender un repertorio vivo, amplio y profundamente personal.

Formados a fines de los setenta en Hawthorne, California, los hermanos Jeff McDonald y Steven McDonald crecieron cerca del punk angelino, pero nunca se quedaron quietos dentro de ese molde. La historia de REDD KROSS se construyó justamente en ese corrimiento: tomar la urgencia punk, cruzarla con la melodía de THE BEATLES, el glam, la cultura trash, el garage, el hard rock y una fascinación permanente por KISS. En Uniclub, esa alquimia apareció de manera transparente. Todo convivía en el mismo gesto: canciones con filo, estribillos enormes, poses rockeras, humor adolescente y una elegancia rara, de banda que aprendió a convertir el desvío en lenguaje.

Uno de los primeros grandes momentos llegó con Uglier, cantada por el bajista Steven McDonald. El tema sonó como una bomba setentosa: riff, groove, distorsión justa y ese aire de rock clásico deformado por una sensibilidad alternativa. Fue uno de esos pasajes donde quedó claro que REDD KROSS no cita los setenta como museo ni como disfraz vintage, sino como materia viva. Lo suyo no es reconstrucción arqueológica; es jugar con la memoria del rock como quien todavía cree que una canción puede sonar adolescente aunque la historia cargue varias décadas encima.

La formación actual le dio al concierto un peso particular. Jason Shapiro sumó guitarras con nervio y textura, mientras que Dale Crover, histórico baterista de MELVINS, aportó una presencia física fundamental. Su forma de tocar no endureció artificialmente el material, pero sí le dio un piso más pesado, más muscular, especialmente en los momentos donde el repertorio se acercó al costado más ruidoso de la banda. En Neurotica y Switchblade Sister, esa fuerza se sintió con claridad: canciones que podían haber quedado en el terreno del revival, pero que en vivo sonaron con pulso de presente.

El show tuvo, además, una dimensión teatral e irónica que terminó siendo parte central de la experiencia. La banda jugó durante toda la noche con presentaciones absurdas, comentarios al borde del chiste interno y una insistencia deliberada con el imaginario de las brujas: este tema habla de una bruja, este otro también, y así, riéndose de la propia explicación como si el concierto fuera también una comedia privada compartida con el público. Esa ironía nunca rompió el clima. Al contrario: lo volvió más cercano, más humano, menos solemne. REDD KROSS entiende algo que muchas bandas olvidan: el rock también puede ser ridículo, teatral y profundamente serio al mismo tiempo.

En ese sentido, Candy Coloured Catastrophe fue otro punto alto. Jeff McDonald la cantó disfrazado de “fantasma”, acentuando ese cruce entre melodía perfecta, espíritu de fiesta escolar, cultura clase B y delirio pop. La escena resumió buena parte del encanto de la banda: detrás del chiste había una canción enorme; detrás del disfraz, oficio; detrás de la parodia, una devoción real por el rock como espacio de imaginación. Esa tensión entre humor y excelencia fue una de las claves de la noche.

Los covers también funcionaron como declaración estética. Lejos de operar como relleno, ayudaron a explicar el mapa sentimental de REDD KROSS. I’ll Blow You a Kiss in the Wind, de Tommy Boyce y Bobby Hart, dialogó con el costado más melódico y sixties de la banda. Crazy World, de FRIGHTWIG, abrió otra puerta hacia el punk más filoso. It Won’t Be Long, de THE BEATLES, confirmó una influencia que siempre estuvo en el corazón de su escritura, aunque filtrada por ruido, velocidad y desparpajo. En REDD KROSS, lo beatle no aparece como pulcritud, sino como combustible: armonías, melodías, estribillos y esa idea de que la canción todavía puede ser un universo completo.

Hacia el tramo final, Jimmy’s Fantasy y la combinación Linda Blair / I Want You (She’s So Heavy) condensaron dos caras esenciales de la banda: la cultura pop clase B, el guiño cinéfilo, el humor adolescente y, al mismo tiempo, la reverencia por la tradición rockera. Ahí apareció otra de las claves del concierto: REDD KROSS puede reírse de todo sin sonar liviana. Tiene ironía, pero también canciones. Tiene juego, pero también una comprensión profunda de cómo se construye un estribillo, cómo se sostiene un riff y cómo se convierte una referencia en identidad.

Los bises fueron casi una confesión. S & M Party recuperó el pulso más primitivo de la banda, antes de que llegaran tres versiones que terminaron de convertir el cierre en una celebración torcida: Pretty Please Me, de THE QUICK; Crazy Horses, de THE OSMONDS; y Deuce, de KISS. Esta última fue presentada como el primer tema que uno de ellos vio en vivo en su vida, y la banda la tocó con todas las coreografías posibles, abrazando sin pudor la fantasía kissera. No fue un chiste contra KISS, sino un homenaje con sonrisa enorme. Incluso desde el universo más pesado y viscoso de MELVINS, Dale Crover también pareció disfrutar ese amor por la banda de Gene Simmons y Paul Stanley como parte natural del ADN de la noche.

Ese cierre explicó, quizás mejor que cualquier análisis, qué es REDD KROSS: una banda que une a THE BEATLES con KISS, el punk con el power pop, el garage con el glam, la adolescencia con la experiencia, la burla con la emoción. Como si toda su obra intentara sostener una juventud imposible, no desde la negación del tiempo, sino desde una manera de seguir jugando con él. Ahí estuvo el corazón del concierto: en esa capacidad de sonar veteranos y juveniles a la vez, expertos y desfachatados, históricos y todavía un poco irresponsables.

La primera visita de REDD KROSS a la Argentina dejó la sensación de un encuentro tardío, pero no nostálgico. Esa es la diferencia. La banda no se presentó como una pieza de museo alternativo ni como un nombre para tachar de una lista de pendientes. Sonó activa, ajustada, graciosa, pesada cuando debía serlo y luminosa cuando el repertorio pedía abrir las ventanas. En tiempos donde muchas leyendas vuelven apenas para administrar su pasado, REDD KROSS mostró algo más valioso: que todavía puede hacer del culto una fiesta, de la rareza una forma perfecta de pop y de la adolescencia una religión eléctrica.

Tambien te va a interesar:

Publicado el 26 junio, 2026

Publicado el 26 junio, 2026

Publicado el 23 junio, 2026