“Sería bueno tener más músicos enfocados en sus músicas interiores y no en las músicas exteriores”

A treinta años de A un millón de años blues, CARCA vuelve sobre una obra que nunca quiso responder a una moda ni reconstruir el pasado

✎ Carlos Noro

Hay discos que pertenecen inevitablemente al tiempo que los vio nacer. Basta con escuchar apenas unos compases para reconocer una época, una tecnología, una forma de producir canciones o incluso una manera de vestir el rock. Son obras que terminan convertidas en documentos de su tiempo. Y existen otras, mucho menos frecuentes, que parecen escapar a esa lógica. No porque hayan anticipado el futuro, sino porque nunca aceptaron dialogar únicamente con el presente. A un millón de años blues, segundo trabajo solista de CARCA, integra esa categoría incómoda de discos que resisten las etiquetas. Treinta años después de su publicación sigue siendo una obra difícil de clasificar, demasiado extraña para ser leída como un simple homenaje al rock argentino clásico y demasiado personal para quedar atrapada dentro del movimiento con el que muchas veces se intentó explicar la escena alternativa de mediados de los noventa.

No deja de resultar paradójico que mientras buena parte del rock argentino de aquellos años buscaba romper definitivamente con el pasado, abrazando nuevas tecnologías, otros formatos de canción y una estética más cercana a la electrónica, la psicodelia o el pop experimental, CARCA parecía moverse en una dirección completamente distinta. Sin embargo, reducir A un millón de años blues a una reivindicación de Pescado Rabioso, Color Humano, Pappo’s Blues o Vox Dei sería una simplificación tan injusta como creer que el disco fue concebido como un ejercicio deliberado de arqueología musical. Treinta años más tarde, el propio músico desarma esa lectura y propone otra bastante más compleja.

La excusa para volver sobre aquella obra aparece con la celebración del aniversario en La Trastienda (pactada para el 9 de octubre), un regreso que invita inevitablemente a revisar un álbum que con el paso del tiempo adquirió estatus de culto. Pero, curiosamente, las respuestas de CARCA nunca miran hacia atrás con nostalgia. En ningún momento aparece la intención de reconstruir una fotografía de 1996 ni de explicar el proceso de grabación desde el recuerdo sentimental. Todo lo contrario. Sus reflexiones hablan del presente, de cómo entiende hoy la creación artística y de por qué considera que el disco sigue teniendo sentido en una época atravesada por la inmediatez, los algoritmos y la obsesión por la perfección técnica.

Quizás la primera sorpresa sea descubrir que ni siquiera acepta una de las definiciones más repetidas sobre A un millón de años blues: la de ser un disco adelantado a su tiempo. La idea, lejos de seducirlo, le parece insuficiente. Para él, la verdadera explicación es otra. No cree haber anticipado nada; simplemente sostiene que la obra nunca respondió a una moda determinada. “Cuenta con el prodigioso don de ser atemporal, anacrónico. Nunca persiguió ningún modelo de estética que pudiera caducar ni corresponder a una moda o a un espacio-tiempo determinado. Con más o menos experiencia adquirida en el proceso, tranquilamente podría haber sido un disco compuesto, arreglado y producido en el 2026”.

Esa afirmación cambia por completo el eje de la conversación. Porque si A un millón de años blues todavía resulta vigente no es por haber acertado una tendencia futura, sino precisamente por haberse mantenido al margen de cualquier tendencia. Su verdadera modernidad reside en haber desconfiado de la idea misma de actualidad. Mientras otros discos intentaban dialogar con el presente inmediato, éste parecía buscar una conversación mucho más larga, menos condicionada por las urgencias de la industria y más vinculada con una manera de pensar la música como un territorio donde el tiempo deja de ser un factor determinante.

El azar como método: cuando la obra termina siendo más inteligente que el artista

Durante años, una de las historias más repetidas alrededor de A un millón de años blues fue la utilización de una vieja máquina de cuatro canales similar a las que habían marcado buena parte de la producción del rock argentino entre fines de los años sesenta y comienzos de los setenta. La anécdota terminó convirtiéndose casi en un mito fundacional del disco. Como si aquella tecnología hubiera explicado por sí sola un sonido que todavía hoy conserva una personalidad inconfundible. Sin embargo, al escuchar a CARCA, esa interpretación comienza a desarmarse rápidamente. No porque niegue la importancia de aquella herramienta, sino porque entiende que el verdadero centro del proceso creativo estuvo en otro lugar.

En una época donde la producción musical parece orientada a eliminar cualquier margen de error, corregir cada detalle y controlar absolutamente todas las variables, CARCA reivindica exactamente el camino inverso. Su relato no habla de una planificación obsesiva ni de una búsqueda estética cerrada de antemano. Habla de accidentes, de improvisaciones, de decisiones tomadas en el momento y de circunstancias que escapaban por completo a la voluntad de quienes estaban grabando. La tecnología, lejos de imponer un resultado, terminó siendo apenas uno de los elementos que participaron de un proceso mucho más imprevisible.

Por eso relativiza el lugar casi sagrado que muchas veces se le adjudica a aquella grabadora. “No sé si fue tan importante, porque depende de una subjetividad demasiado delicada”, explica. Para él, lo verdaderamente determinante fue “un hermoso azar entre la tecnología, los músicos y los productores”. Y enseguida aparece una idea que atraviesa toda su manera de entender la creación artística: “A un millón de años blues dependió muchísimo de factores ajenos a nuestra voluntad”. Errores, improvisaciones técnicas, problemas de cableado y decisiones que jamás habían sido pensadas terminaron moldeando una obra que, vista desde hoy, parece sorprendentemente coherente. “Nunca hubo un diseño de producción, ni una meta sonora o estética. Simplemente nos dedicamos a grabar y luego contemplamos lo que habíamos hecho.”

La frase resulta especialmente interesante porque pone en crisis una idea muy instalada dentro de la producción contemporánea: la de que un disco es, ante todo, la ejecución de un plan. En el universo creativo de CARCA, la lógica parece funcionar exactamente al revés. Primero aparece la experiencia; después, si existe, llega la interpretación. La obra no nace de un concepto previo sino que termina revelando un concepto cuando ya está terminada. Hay una enorme confianza en el accidente como parte constitutiva del hecho artístico, una filosofía que recuerda más a ciertos procedimientos del jazz, del surrealismo o incluso de la pintura expresionista que a la lógica habitual del rock de estudio.

Quizás por eso también rechaza otra de las lecturas que históricamente acompañaron al disco: la de haber sido concebido como un regreso consciente a los años setenta. Es cierto que en A un millón de años blues sobrevuelan ecos de Pescado Rabioso, Color Humano, Billy Bond y La Pesada, Pappo’s Blues o incluso de cierto progresivo argentino. Pero una cosa es que esas referencias aparezcan inevitablemente en la escucha y otra muy distinta pensar que fueron el objetivo de la obra.

Para CARCA, la búsqueda nunca consistió en reconstruir un pasado idealizado. De hecho, sostiene que esa explicación termina simplificando un proceso mucho más complejo. “No creo que hayamos encontrado el final de ninguna búsqueda. Encontramos lo que el azar, entre lo humano y lo técnico, nos devolvió. Ahí encontramos cobijo para nuestra satisfacción y nuestro orgullo.” Y enseguida marca una diferencia fundamental: “Nunca buscamos hacer un disco que tuviera referencias con la música de ese momento, pero tampoco con la música del pasado”. Incluso va un paso más allá y desafía una de las ideas más repetidas sobre el álbum: “Es fácil relacionarlo con los setenta, pero no encuentro un disco de esa década que tenga estas características sonoras. La poesía puede ser otra discusión”.

La aclaración no es menor. Porque obliga a escuchar A un millón de años blues desde otro lugar. Quizás el disco nunca intentó sonar como el rock argentino clásico. Tal vez lo que recuperó fue otra cosa mucho más difícil de reproducir: una ética de trabajo. Una forma de entrar al estudio sin un mapa definitivo, dejando que la intuición, la convivencia entre músicos y hasta los errores terminaran construyendo una identidad imposible de planificar. En ese sentido, el álbum no funciona como un ejercicio de nostalgia sino como una reivindicación de la incertidumbre, una palabra cada vez menos frecuente en una industria que suele privilegiar la previsibilidad sobre el descubrimiento.

La legitimidad, la música interior y un disco que sigue haciendo preguntas

Con el paso de los años, A un millón de años blues dejó de ser solamente un disco singular dentro de la discografía de CARCA para transformarse en una obra cuya influencia fue creciendo de manera silenciosa. Nunca ocupó el lugar de un éxito masivo ni necesitó hacerlo. Su recorrido fue otro: el de esos álbumes que parecen encontrar a sus oyentes con el tiempo, a medida que el ruido de la época se disipa y las canciones empiezan a ser escuchadas por lo que verdaderamente son. En ese proceso de resignificación hubo un dato que para el músico continúa teniendo un valor imposible de exagerar: el reconocimiento de dos artistas que representan universos casi opuestos dentro de la historia del rock argentino.

Resulta difícil encontrar puntos de contacto entre Luis Alberto Spinetta y Pappo si se los piensa únicamente desde la superficie. Durante décadas fueron presentados como dos maneras distintas de entender la guitarra, la poesía, el blues, el rock y hasta la figura misma del músico. Sin embargo, ambos coincidieron en valorar A un millón de años blues. Esa coincidencia dice tanto del disco como de quienes supieron reconocerlo. Porque, más allá de sus diferencias estéticas, los dos compartían una sensibilidad muy precisa para detectar cuándo una obra estaba diciendo algo auténtico.

Para CARCA, aquella legitimación permanece intacta. No habla de consagración ni de éxito. Habla, sencillamente, de orgullo. “Significó lo que puede significar para cualquier persona que se dedica a esta alquimia de juntar palabras, melodías y ritmos. Cualquier autor o compositor que haya recibido en vida la venia de esos dos grandes entiende perfectamente la magnitud del asunto. Fue un orgullo absolutamente motivador.”

La palabra “alquimia” no aparece de manera casual. De algún modo resume todo lo que vino diciendo a lo largo de la conversación. Nunca habla de fórmulas, de recetas ni de procedimientos repetibles. Habla de una combinación irrepetible de elementos donde la voluntad del artista convive permanentemente con aquello que no puede controlar. Esa misma idea explica por qué, treinta años después, sigue rechazando cualquier intento de convertir A un millón de años blues en una pieza de museo o en un documento generacional. El disco continúa vivo precisamente porque permanece abierto, porque todavía admite nuevas lecturas y porque nunca agotó las preguntas que lo hicieron posible.

Quizás la mejor prueba de esa vigencia aparezca cuando se le propone un juego imposible: imaginar que entra a una disquería de usados y encuentra A un millón de años blues sin saber que es un disco suyo. La respuesta vuelve a correr el eje. No habla del orgullo por la obra realizada ni del paso del tiempo. Tampoco aprovecha la ocasión para revisar decisiones o corregir errores. Lo primero que aparece es una alegría inesperada: la de pensar que todavía existen músicos dispuestos a escapar de las fórmulas establecidas.

“No me sorprendería”, responde. “Me brindaría cierta felicidad encontrar una obra así en otro artista porque sentiría que somos más los que queremos torcer el camino de todo aquello que no emociona, que no conmueve, que no revoluciona el avispero, incluso incomodando.” La frase funciona casi como un manifiesto estético, pero enseguida aparece otra idea todavía más profunda, una que excede completamente a A un millón de años blues y termina definiendo toda una manera de entender la creación artística: “Sería bueno tener más músicos enfocados en sus músicas interiores y no en las músicas exteriores”.

Hay algo profundamente contracultural en esa afirmación. En una época donde buena parte de la producción musical parece condicionada por las tendencias, los algoritmos, las plataformas y la necesidad de responder rápidamente a los movimientos del mercado, CARCA propone exactamente lo contrario: mirar hacia adentro. La expresión “música interior” no alude únicamente a un estilo ni a una forma de composición. Habla de una actitud frente al arte. De la decisión de construir una obra desde aquello que todavía no tiene nombre, antes que desde lo que ya fue legitimado por la escena, por la industria o por el gusto dominante.

Tal vez ahí resida la verdadera explicación de por qué A un millón de años blues sigue despertando interés tres décadas después. No porque haya envejecido bien —una expresión que suele aplicarse a las obras que logran adaptarse al paso del tiempo—, sino porque nunca aceptó pertenecer por completo a una época. Su vigencia no proviene de haber anticipado el futuro ni de haber reconstruido el pasado con precisión arqueológica. Proviene, más bien, de haber entendido que las obras realmente perdurables son aquellas que nacen de una búsqueda genuina y no de una respuesta calculada.

La próxima celebración del disco en La Trastienda probablemente reúna a varias generaciones alrededor de canciones que ya forman parte del paisaje del rock argentino. Pero reducir ese encuentro a un aniversario sería quedarse apenas con la superficie del acontecimiento. Más que celebrar los treinta años de un álbum, la oportunidad invita a comprobar que todavía existen discos capaces de seguir haciendo preguntas. Y quizás la más importante de todas sea la misma que CARCA deja flotando, casi sin proponérselo, al final de esta conversación: en tiempos donde casi todo parece pensado para sonar hacia afuera, ¿cuántos artistas siguen teniendo el coraje de escuchar, antes que nada, su propia música interior?

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