Ploho convirtió Uniclub en una escena de extraña familiaridad: rusas y rusos recién llegados, argentinos cantando en una lengua ajena, baile, pogo y una melancolía de precisión milimétrica. El trío siberiano mostró cómo el post-punk puede mirar una ciudad agotada y, al mismo tiempo, hacer que el cuerpo se mueva.
✎ Carlos Noro
Ploho significa “mal” o “malamente”, según el contexto. La palabra parece nombrar una condición antes que una identidad: una manera de estar en el mundo con el desencanto cerca, sin convertirlo en pose. El trío viene de Novosibirsk, Siberia, y trabaja sobre una combinación de post-punk, coldwave, new wave y rock ruso. Su relación con otros conocidos de aquel país, Molchat Doma funciona como referencie y tiene un capítulo concreto: ambas bandas grabaron juntas “Po krayu ostrova” en 2019. Aunque Ploho despliega una personalidad propia: sus canciones pueden ser frías y sombrías, pero tienen un pulso roquero que las empuja hacia adelante. En esa música, estar mal no implica detenerse; a veces significa seguir caminando con el ritmo bien marcado.
Hasta pocos minutos antes del comienzo, Uniclub tenía poca gente. Entonces entró de golpe un grupo numeroso de rusas y rusos y la sala cambió de paisaje. Lo más extraño —y también lo más fascinante— era mirar al costado y verlos bailar, disfrutar y cantar sus canciones con una familiaridad que contrastaba con las conversaciones en una lengua que para la mayoría de los argentinos resultaba incomprensible. Cuando empezó el show, esa diferencia dejó de funcionar como distancia: rusos y argentinos compartieron el baile, el pogo y los estribillos; muchos locales cantaban de oído, siguiendo las melodías y persiguiendo las sílabas de un idioma ajeno. Ploho llegaba desde Novosibirsk, a unos 16.280 kilómetros en línea recta de Buenos Aires. De pronto, esa distancia dejó de ser un dato geográfico y se volvió parte de la escena: mirar alrededor y encontrar a personas que disfrutaban esa música con una cercanía propia hacía que el recital tuviera algo irreal y, a la vez, profundamente concreto.
La imagen tuvo algo de espejo para la propia música de Ploho. Sus canciones suelen mirar desde cierta distancia: describen vínculos, recuerdos y ciudades con una voz contenida, como si la emoción necesitara tiempo para atravesar una capa de frío. En Uniclub, esa reserva no levantó una pared entre la banda y el público; al contrario, volvió más intensa la respuesta. Mientras la voz parecía guardar algo para sí, los cuerpos encontraban una forma de contestarle. La melancolía dejó de pertenecer solamente a quien entendía las palabras o conocía cada canción: pasó de la música a la sala, del ruso al movimiento, de la escucha individual a esa experiencia compartida en la que nadie necesita dominar del todo un idioma para reconocer su tristeza.
La precisión de Ploho nace del equilibrio entre sus tres integrantes. Viktor Uzhakov, voz y guitarra, ocupa el centro sin convertirlo en un pedestal. Su canto no busca el desgarro ni fuerza la expresividad: mantiene una distancia deliberada que hace que cada frase parezca llegar desde un lugar reservado, casi como un pensamiento que el cantante no termina de decir en voz alta. En la guitarra, Uzhakov construye motivos austeros y melódicos; no necesita llenar cada espacio ni exhibir virtuosismo, porque su aporte está en hacer que una línea sencilla vuelva, se desgaste y termine cargándose de otro sentido. Esa economía es esencial: la emoción no aparece subrayada desde afuera, sino que parece crecer dentro de la propia canción, en aquello que se repite y en lo que queda sin resolver.
Andrei Smorgonsky, desde el bajo, aporta la tracción que impide que esa contención se convierta en inmovilidad. Su instrumento no es apenas un cimiento para que la guitarra se destaque: muchas veces parece llevar el hilo que une la melodía con el cuerpo del público. El bajo ordena el pulso, sostiene la marcha y le da a la música una gravedad física; incluso cuando las canciones se demoran en la nostalgia, algo sigue empujando desde abajo. Ahí se entiende por qué el sonido de Ploho puede invitar al baile y al pogo sin abandonar su carácter sombrío. El movimiento no desmiente la tristeza, sino que la transporta: hace que la emoción avance, que circule entre las personas y que la aparente frialdad de la banda tenga una respuesta caliente en la sala.
Igor Starshinov, en los sintetizadores, completa esa arquitectura y le da profundidad. Sus teclados no funcionan como simple decoración retro ni como una cita superficial a los años ochenta: abren un horizonte alrededor de las canciones, las suspenden en un espacio frío y, al mismo tiempo, les aportan una dimensión envolvente. Pueden oscurecer una melodía o dejarla flotando sobre la base rítmica, como si el paisaje se extendiera más allá de lo que la guitarra alcanza a contar. Entre los tres, Ploho consigue una perfección melancólica: cada pieza parece encontrar su lugar exacto, pero el resultado conserva nervio, aspereza y capacidad de sorpresa. El control no pule la emoción hasta borrarla; la contiene, la demora y la prepara para que, cuando finalmente se abra, el efecto sea más intenso.
“Gor’kyi opyt” (“Experiencia amarga”) abrió el recorrido con una síntesis de ese universo: asumir que algo se perdió, cargar con lo aprendido y seguir adelante, aun cuando el paso no conduzca a una reparación completa. “Tantsy v temnote” (“Bailes en la oscuridad”) expuso otra cara de la misma sensibilidad. En su título conviven dos movimientos centrales de Ploho: la sombra y el baile, la reserva emocional y la necesidad de moverse. En vivo, esa contradicción se volvió una escena palpable; la oscuridad no exigía quietud, sino que parecía ofrecer el espacio donde el baile podía volverse más intenso. El público tomó esa invitación sin necesidad de resolver la distancia entre la letra y quienes la escuchaban: la canción hizo de esa distancia una parte de su propio ritmo.
El paisaje de Ploho aparece con especial claridad en canciones como “Gorod ustal” (“La ciudad está cansada”), “Stroitel’nyi kran” (“Grúa de construcción”) y “Novostroiki” (“Edificios nuevos”). Sus títulos dibujan una geografía de concreto y transformación: grúas que levantan nuevas construcciones, ciudades que siguen creciendo, personas que recorren espacios familiares aunque ya no los sientan propios. Novosibirsk y Buenos Aires tienen historias, escalas y climas diferentes; el puente entre ambas no depende de volverlas iguales. Está en la experiencia urbana que las canciones permiten reconocer: las construcciones que cambian el horizonte, las calles y los viajes cotidianos, los edificios donde transcurren vidas privadas, el cansancio de habitar una ciudad que nunca termina de detenerse. En Buenos Aires, las imágenes de Ploho podían llegar desde una geografía remota y, sin embargo, encontrar eco en una ciudad que también conoce la fatiga de sus habitantes y la intimidad de sus paredes. La música no borraba los kilómetros: hacía que por un momento se volvieran audibles.
“Molodost’” (“Juventud”) desplazó esa mirada desde la ciudad hacia el tiempo personal. No presenta la juventud como una postal intacta a la que se puede regresar, sino como algo que ya empieza a alejarse mientras todavía se está viviendo. Los rostros y las experiencias se acumulan en la memoria; la canción parece aceptar que no se puede ser más joven que ahora, precisamente cuando ese ahora ya comienza a convertirse en pasado. En “Vlast’” (“Poder”), en cambio, el foco se amplía hacia una desconfianza más colectiva, mientras “Pustota” (“Vacío”) condensa en una sola palabra una sensación persistente del repertorio. Ploho puede moverse de lo íntimo a lo político y de ahí a la vida urbana sin cambiar de universo porque sus canciones encuentran esos planos en una misma experiencia cotidiana, donde el desgaste de una relación, el de una ciudad y el de una época conviven sin necesidad de ser explicados por separado.
A mitad del show, “Stroitel’nyi kran” se volvió un punto de quiebre. El empuje de la canción hizo explotar el clima: la tensión se acumuló con un dramatismo creciente y encontró ahí uno de los momentos trascendentales del recital. El público respondió con el cuerpo, y el pogo apareció como una salida natural para una energía que la banda venía reuniendo bajo la superficie. La grúa del título dejó de ser una imagen quieta en el paisaje y pareció avanzar, pesada y mecánica, arrastrando consigo todo lo que hasta entonces se mantenía contenido. En ese momento se entendió que la precisión de Ploho no enfría la experiencia: la prepara para que la intensidad encuentre dónde estallar. La canción no rompió el clima del recital, sino que llevó hasta el límite la tensión que lo había sostenido desde el comienzo.
El recorrido sentimental volvió al frente con “Serdtse poluchaet nozh” (“El corazón recibe un cuchillo”), un título que convierte la herida en una imagen directa, y se prolongó con “Ne budem proshchat’sya” (“No nos despediremos”). Ploho evita que esas palabras se conviertan en consignas fáciles: la voz conserva su distancia, los instrumentos no abandonan su pulso y la emoción queda suspendida entre el dolor y la posibilidad de seguir. Cuando llegó “Novostroiki” (“Edificios nuevos”), la ciudad volvió a cerrar el círculo. La construcción continúa, la vida sigue dentro de sus edificios y el paisaje cambia, aunque no siempre aparezca un lugar más amable para quienes lo habitan.
El final terminó de borrar la distancia entre el escenario y el público. Andrei Smorgonsky entregó su bajo a la gente y luego lo recuperó entre quienes lo rodeaban. Viktor Uzhakov, por su parte, hizo stage diving: se lanzó desde el escenario hacia el público y quedó sostenido por la multitud. La escena invirtió el equilibrio medido que había organizado buena parte del show: el bajo que hasta entonces guiaba el pulso pasó a manos de la gente, mientras el cantante confiaba su cuerpo a la sala. Después de una noche atravesada por el ruso, el español y esa mezcla improvisada de quienes cantaban como podían, el gesto tuvo una claridad inmediata. Músicos y público compartían el mismo espacio y, literalmente, se sostenían entre sí.
Ploho propone una melancolía cuidadosamente construida: la voz y la guitarra de Uzhakov la contienen y le dan forma; el bajo de Smorgonsky la pone en marcha; los sintetizadores de Starshinov la expanden hasta volverla atmósfera. En Uniclub, ese equilibrio convivió con una sala que bailaba, pogueaba y cantaba en ruso, en español o en una mezcla improvisada de ambos. La perfección del grupo no consistió en borrar las asperezas, sino en organizar sus tensiones hasta que la tristeza, el pulso, la extrañeza y el movimiento encontraran su lugar. La música venía de Novosibirsk, a más de 16.000 kilómetros; durante un rato, su paisaje también pudo ser compartido en Buenos Aires.