Don’t stop candombe

Una carta de amor y despedida a Ruben Rada

✎ Carlos Rodríguez Puente (desde Montevideo)

Montevideo recibe con agüita en el asfalto.

La noche del miércoles 25 de agosto las esquinas mantuvieron la vigilia en tambores. Los autos con las ventanillas bajas y los estéreos altos. Las ventanas de las casas. Las conversaciones. La gente que salía a la vereda como quien sale a mirar pasar a alguien de la familia. Alguna lluvia madrugal acompañó el abrazo de despedida a Rubén Rada.

El cielo del miércoles estuvo azul.

El del jueves está gris.

Será cierto nomás lo que escribió Jaime Roos. Se fue un pedazo del cielo del Uruguay.

Es que hay muertes que ocurren en una habitación y otras que salen a la calle. La de Rada definitivamente salió. Se metió en Barrio Sur y Palermo. Bajó por Isla de Flores. Se quedó en las esquinas. Entró en los patios, en los bares, en las casas. Caminó de la mano de los tambores. La ciudad, durante unas horas, pareció encontrar una manera de llorar que se parecía mucho a la manera en que Rada había vivido.

Bailando.

Porque el tipo había dejado escrito cómo quería que lo despidieran. No quería solemnidad. Todo lejos de una ciudad vestida de negro. Quería música. Quería plena. Que alrededor de su cuerpo siguiera ocurriendo la vida.

Y Montevideo, que conoce de memoria el idioma de sus muertos, entendió.

Al día siguiente, en el Palacio Legislativo, miles de personas fueron a despedirlo. Llegaron veteranos que lo habían escuchado desde los años de El Kinto. Llegaron jóvenes que acaso lo descubrieron mucho después, cuando Rada ya era una especie de patrimonio vivo, una presencia que parecía haber estado siempre ahí. Llegaron familias enteras. Niños con pequeños tambores cruzados sobre el pecho. Mujeres bailando. Hombres llorando a escondidas. Hombres llorando sin esconderse.

Llegaron también los músicos.

Los que compartieron escenario con él. Los que viajaron desde Buenos Aires. Los que cruzaron el río para decir presente. Natalia Oreiro y Ricardo Mollo, León Gieco, Dante Spinetta y tantos otros.
Hubo coronas de la familia Páez y hasta del black stone Bernard Fowler.

Y estuvieron, sobre todo, los músicos uruguayos. Casi podría decirse que estaba ahí una parte entera de la música que Rada ayudó a inventar.

Ese es un punto importante: Están los artistas que dejan canciones. Y los que dejan descendencia.

Rada dejó las dos cosas: canciones que vamos a seguir cantando dentro de treinta, cincuenta, cien años. Y una manera de entender la música. Una manera de caminarla. De mezclarla. De jugar con ella. De hacer que el candombe pudiera conversar con el rock, con el jazz, con el funk, con la canción, con el mundo, sin pedir permiso y sin dejar de ser profundamente uruguayo.

Muchos de los que estaban ahí aprendieron casi todo de él.

A tocar.
A escuchar.
A animarse.

A ser negros, blancos, mestizos, montevideanos, rioplatenses, universales.

A entender que la música también podía ser una casa.

Por eso la despedida tuvo algo de reunión familiar.

Como si todos aquellos que alguna vez habían recibido una palabra, una melodía, una carcajada, un consejo, una invitación a tocar, hubieran vuelto a la casa del padre.

Hay una imagen de la película Pantera Negra que me vuelve estos días. Cuando muere T’Challa, Wakanda se reúne. El reino entero se detiene alrededor de su ausencia. Hay dolor, hay silencio, pero también hay una certeza: aquello que hacía fuerte a ese hombre ya no le pertenece solamente a él.

Algo parecido pasó con Rada.

Montevideo perdió a uno de sus grandes hombres y, al mismo tiempo, descubrió que Rada estaba repartido por todas partes.

En los tambores.
En las voces.
En los músicos.
En los que bailan.
En los que escriben canciones.

En los que alguna vez sintieron que una canción decía algo que ellos todavía no sabían cómo decir.

Quizá por eso su muerte duele de esta manera.

Porque no murió solamente un músico.

Murió alguien que habíamos incorporado a la geografía sentimental.

Y entonces pasa esto.

Una mañana el mate tiene su montañita y el humo sube despacio.

La agenda queda completamente pausada, desarmada. Suena un campanario misericordioso en la Ciudad Vieja. Afuera, Montevideo tiene los ojos hinchados.

Y uno entiende que hay días en los que escribir no es un trabajo.

Es una manera de abrazar.
Entonces escribo.
Otra vez.

Una carta de amor a los párpados hinchados de este lugar.

Porque se nos adelantó Rubén Rada.

Hermosura de la vida.

Te despido, te abrazo y te lloro como se despide, se abraza y se llora a un padre.

Pienso en todos los que estuvieron ahí. En los músicos que llegaron desde lejos. En los que crecieron bajo tu influjo. En los que aprendieron de vos incluso sin conocerte personalmente. En los que todavía van a descubrirte cuando nosotros ya no estemos.

Pienso en los tambores de anoche.
En el agua sobre el asfalto.
En las vecinas bailando.
En los repiques.
En los autos con las ventanillas bajas.

En Montevideo haciendo lo que mejor sabe hacer cuando la tristeza es demasiado grande: convertirla en ritmo.

Y pienso que quizá la muerte sea esto también.

Dejar de estar en un cuerpo para empezar a estar en los demás.

Una parte de este cronista se queda en Montevideo.

No vuelve más.

Anda guardadita en el viento de los tambores.

En el baile pícaro de las vecinas.
En el toque audaz de los repiques.
En esa música que ahora sigue sonando un poco más lejos, un poco más arriba.

Como si el Negro hubiera agarrado el cielo azul del miércoles, se lo hubiera puesto debajo del brazo y se hubiera ido bailoteando.

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Publicado el 22 agosto, 2026

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